Cicatrices que arden
Fueron inseparables… hasta que el mundo los rompió.
Ahora, entre peleas y destino, sus caminos vuelven a cruzarse.
Porque hay amores que no se olvidan…
aunque duelan como una herida abierta.
Un vínculo imposible de romper.
Un amor que nunca dejó de arder.
NovelToon tiene autorización de Luna Aoul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: A veces quedarse… también es castigo
La celda estaba en silencio.
Pero no era un silencio tranquilo.
Era un silencio pesado… denso… de esos que no te dejan pensar con claridad, porque cada segundo parece amplificar lo que llevas dentro.
Kakucho estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared fría y la cabeza apenas inclinada hacia adelante, como si el peso de sus propios pensamientos fuera demasiado para sostenerlo erguido.
El tiempo ahí dentro no avanzaba igual.
Se arrastraba.
Se estancaba.
Se repetía.
Cada sonido se sentía más fuerte.
Cada respiración más pesada.
Cada recuerdo más presente.
Sus manos descansaban sobre sus rodillas, pero sus dedos se movían levemente, tensándose, relajándose, volviendo a tensarse, como si su cuerpo no supiera cómo quedarse quieto cuando su mente no dejaba de girar.
Izana.
Ese nombre volvía una y otra vez.
Su rostro.
Su voz.
Sus palabras.
Ese último momento.
Ese “no”.
Kakucho cerró los ojos.
—…idiota…
La palabra salió en un susurro quebrado, casi inaudible, como si ni siquiera tuviera la fuerza para decirlo en voz alta.
Pero no sabía si lo decía por Izana.
O por él mismo.
Porque ahora…
todo tenía sentido.
Todo pesaba más.
Todo dolía distinto.
El sonido de unos pasos interrumpió el silencio.
Firmes.
Lentos.
Acercándose.
Kakucho no levantó la mirada enseguida.
Pero sabía.
Sabía quién era.
—Kakucho…
La voz de Chifuyu Matsuno llegó desde el otro lado de las rejas, suave pero cargada de algo que no intentaba ocultar: preocupación.
Kakucho levantó la mirada despacio.
Sus ojos estaban cansados.
Pero atentos.
—Viniste…
No fue sorpresa.
Fue una afirmación tranquila.
Chifuyu se acercó más, apoyando una mano contra las rejas, observándolo con detenimiento, recorriendo con la mirada cada golpe, cada marca, cada señal de lo que había pasado.
—¿Cómo estás? —preguntó, aunque la respuesta estaba frente a él.
Kakucho soltó una leve risa sin humor.
—Encerrado…
Pausa.
—¿Cómo crees que estoy?
El intento de sarcasmo no logró ocultar el cansancio.
El desgaste.
Chifuyu suspiró suavemente.
—Podemos sacarte de acá —dijo después de unos segundos, con un tono más firme—. Solo hay que pagar la fianza.
Kakucho negó lentamente.
—No.
La respuesta fue simple.
Pero definitiva.
Chifuyu frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—No tengo el dinero.
—Lo conseguimos —insistió—, no es imposible.
—No.
Esta vez fue más firme.
Más cerrado.
Chifuyu lo miró fijo.
—Kakucho…
—No quiero salir.
El silencio cayó.
Pesado.
Esa frase no tenía sentido.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó, incrédulo.
Kakucho bajó la mirada.
—Esto está bien.
—No, no lo está.
—Sí.
Pausa.
—Es lo mínimo.
Las palabras fueron tranquilas.
Pero cargadas.
Chifuyu entendió.
Y eso lo molestó más.
—No tenías que hacer esto solo —dijo, con un tono más tenso—. Podías haber venido conmigo, podías haber pensado un segundo antes de ir a buscar problemas.
Kakucho negó.
—No.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque esto… —levantó un poco la mirada, sosteniéndola apenas—
es lo que merezco.
Chifuyu apretó los dientes.
—No digas eso.
—Me fui.
Pausa.
—Lo dejé.
El aire se volvió más pesado.
—Eso no significa que tengas que destruirte —respondió Chifuyu, más firme.
Kakucho soltó una pequeña risa.
—Ya lo hice.
Silencio.
Y entonces…
Chifuyu habló.
—Izana despertó.
El tiempo se detuvo.
Literalmente.
Kakucho no se movió.
No parpadeó.
No respiró por un segundo.
—…qué…
La palabra salió baja.
Insegura.
Como si tuviera miedo de haber escuchado mal.
—Despertó —repitió Chifuyu—. Está consciente.
Kakucho bajó la mirada.
Sus manos comenzaron a temblar levemente.
Y algo en su pecho…
se quebró.
Pero no como antes.
Diferente.
—…bien…
Respiró hondo.
—…está bien…
Una pequeña exhalación salió de sus labios.
Cargada.
Pesada.
—…idiota…
Pero esta vez…
no había enojo.
Había alivio.
Uno que dolía.
Chifuyu lo observó en silencio.
—Preguntó por vos.
Eso cambió todo.
Kakucho levantó la mirada de golpe.
—No.
Chifuyu frunció el ceño.
—¿Qué?
—No le digas.
Silencio.
—Kakucho…
—No.
Su voz subió un poco.
—No le digas que estoy acá.
—¿Estás hablando en serio?
—Sí.
—Tiene derecho a saber.
—No así.
Kakucho se acercó a las rejas.
Sus ojos ahora estaban más firmes.
Más claros.
—Acaba de despertar —continuó—
no necesita esto… no necesita verme así… no necesita cargar con esto ahora.
—Necesita la verdad —respondió Chifuyu.
—Necesita estar tranquilo.
Las palabras chocaron.
Se enfrentaron.
—Y si le decís… —bajó la voz—
lo vas a romper otra vez.
Chifuyu apretó los puños.
—No podés decidir eso por él.
Kakucho lo miró.
Directo.
—Ya decidí muchas cosas mal.
Pausa.
—Déjame hacer una bien.
El silencio cayó.
Pesado.
Largo.
Chifuyu no respondió de inmediato.
Porque en el fondo…
lo entendía.
Pero eso no lo hacía más fácil.
—…esto no va a terminar bien… —murmuró finalmente.
Kakucho bajó la mirada.
—Nunca lo hace.
Silencio.
Y en ese momento…
ambos entendieron algo.
Que el problema ya no era solo lo que había pasado.
Sino todo lo que estaban ocultando.
Todo lo que no se estaban diciendo.
Todo lo que tarde o temprano…
iba a explotar.
La noche había caído sobre la ciudad con esa calma engañosa que hacía parecer que todo estaba en orden, que nada se estaba rompiendo en silencio, que nadie estaba sosteniendo algo que en cualquier momento podía quebrarse.
Pero dentro del hospital…
esa calma no existía.
Izana Kurokawa estaba despierto, sentado en la cama con la espalda apenas apoyada contra las almohadas, manteniendo la mirada fija en el techo blanco como si buscara respuestas en un lugar donde sabía que no las iba a encontrar, pero aun así no podía dejar de intentarlo.
El sonido constante de las máquinas llenaba la habitación, marcando cada segundo con una precisión que resultaba insoportable, porque cada bip le recordaba que estaba vivo… pero no completo.
Sus manos descansaban sobre las sábanas, pero sus dedos se movían levemente, tensándose, relajándose, volviendo a tensarse, como si su cuerpo no pudiera quedarse quieto mientras su mente no dejaba de girar.
Había algo mal.
No sabía exactamente qué.
Pero lo sentía.
Y eso lo irritaba.
—…Kakucho…
El nombre salió en un susurro bajo, casi involuntario, como si su mente lo hubiera empujado antes de que pudiera detenerlo.
Frunció levemente el ceño.
Porque no le gustaba.
No le gustaba no saber.
No le gustaba no tener control.
No le gustaba sentir que algo se le estaba escapando.
La puerta se abrió con cuidado.
CLACK.
Chifuyu Matsuno entró despacio, mirando hacia atrás antes de cerrar, como si estuviera haciendo algo que no debía, como si supiera que lo que estaba por decir iba a cambiar todo.
—…Izana…
La voz fue baja.
Casi cautelosa.
Izana giró la cabeza lentamente.
Lo miró.
Y en ese instante…
lo supo.
—Vas a decirme la verdad.
No fue una pregunta.
Fue una afirmación directa, firme, cargada de esa intensidad que no dejaba espacio para mentiras.
Chifuyu se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo el peso de esas palabras caía sobre él, obligándolo a decidir en ese mismo instante.
Respiró hondo.
—…sí.
El silencio que siguió fue denso, pesado, como si el aire mismo se hubiera detenido para escuchar lo que venía.
—Kakucho no se fue.
Las palabras salieron despacio.
Pero firmes.
Izana no reaccionó enseguida.
Solo lo miró.
—Fue a buscar a los que te golpearon.
Eso hizo que algo en sus ojos cambiara.
—…qué…
—Se metió en una pelea —continuó Chifuyu—
y terminó preso.
El ambiente se volvió más pesado.
Más real.
Más difícil de ignorar.
—Le pidieron fianza…
Pausa.
—Pero decidió quedarse.
Silencio.
—Dijo que era lo mínimo… por haberte dejado.
El mundo pareció inclinarse.
Izana no dijo nada.
Pero su respiración cambió.
—…idiota…
La palabra salió baja.
Pero cargada.
—…yo pensé que…
Se detuvo.
Porque entendió.
Todo.
—…que no vino…
Sus manos se cerraron sobre las sábanas.
—…que no le importaba…
El silencio que siguió fue distinto.
Más profundo.
Y entonces…
algo se rompió.
—¿Dónde está?
La voz de Izana fue baja.
Pero peligrosa.
Chifuyu dudó.
—Izana, estás en—
—¿DÓNDE ESTÁ?
El tono cambió.
Más firme.
Más intenso.
Más… Izana.
Chifuyu apretó los dientes.
—En la comisaría.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces…
Izana se movió.
Se levantó de la cama con un movimiento brusco, ignorando el dolor que recorrió su cuerpo de inmediato, ignorando las protestas físicas que intentaban detenerlo, porque en ese momento nada era más fuerte que lo que estaba sintiendo.
—¡¿Qué haces?! —dijo Chifuyu, sorprendido.
—Voy por él.
Simple.
Directo.
—No puedes ni caminar bien.
—No me importa.
Se quitó los cables con movimientos rápidos, casi torpes, como si el cuerpo no respondiera al ritmo de su decisión, pero aun así no se detuvo.
—No se queda ahí.
La noche lo recibió otra vez.
Pero ya no era la misma.
Ahora estaba cargada de urgencia.
Izana avanzaba rápido, con los pasos firmes a pesar del dolor, con la mirada fija al frente y con algo en los ojos que no era fácil de describir.
Rabia.
Dolor.
Y algo más.
Algo que no iba a admitir.
La comisaría se alzaba fría, iluminada, indiferente a todo lo que estaba pasando afuera, como si fuera solo otro lugar más en la ciudad, pero para Izana, en ese momento, era lo único que importaba.
Entró sin dudar.
—Vengo por él.
El oficial lo miró.
—¿Nombre?
—Kakucho.
El hombre revisó unos papeles.
—Tiene que pagar la fianza.
Izana no dudó.
Sacó el dinero.
Lo dejó sobre el mostrador.
—Aquí.
El oficial lo observó.
Sorprendido.
Pero no preguntó.
—Espere.
Las rejas se abrieron.
El sonido fue seco.
Kakucho levantó la mirada.
Confundido.
—¿Qué…?
—Te vas.
—Pero yo no—
—Alguien pagó.
Silencio.
Kakucho frunció el ceño.
—¿Quién?
—No lo sé.
Pero en el fondo…
sí lo sabía.
Salió.
Miró alrededor.
Esperando.
Buscando.
Pero no lo vio.
Porque Izana ya no estaba.
Se había ido.
Sin esperar.
Sin hablar.
Sin enfrentarlo.
Porque si se quedaba…
no iba a poder controlarse.
Kakucho salió a la calle.
El aire frío lo golpeó de lleno.
Respiró hondo.
Miró alrededor otra vez.
Vacío.
—…quién…
Pero su pecho se tensó.
Porque lo entendió.
Y eso…
dolió.
No volvió al hospital.
No fue a buscarlo.
No lo llamó.
Nada.
Se fue directo a su departamento.
Caminando solo.
Con el cuerpo cansado.
Y el corazón…
más aún.
—…idiota…
Murmuró.
Pero esta vez…
no fue enojo.
Fue algo más.
Algo que todavía no sabía cómo enfrentar.
El departamento estaba en silencio.
No un silencio tranquilo…
sino uno pesado, de esos que se sienten en el pecho, que se quedan en las paredes, que hacen que cada pensamiento suene más fuerte de lo que debería.
Kakucho había llegado hacía un rato, cerrando la puerta detrás de sí con un movimiento lento, como si ese pequeño gesto marcara una distancia más grande de lo que parecía, como si entrar ahí significara volver a estar solo con todo lo que había evitado durante tanto tiempo.
No encendió las luces.
No se movió mucho.
Simplemente caminó unos pasos y se dejó caer en el sillón, apoyando los codos en las rodillas mientras dejaba caer la cabeza entre las manos, respirando hondo, intentando ordenar algo que no tenía orden.
El aire estaba quieto.
Demasiado.
Y eso…
no ayudaba.
Porque en ese silencio…
todo volvía.
La celda.
La pelea.
Las palabras.
Y él.
Izana.
—…idiota…
Murmuró, pero esta vez no había enojo en su voz, sino algo más pesado, algo que se sentía en el pecho y no en la garganta.
Cerró los ojos.
Y por un momento…
solo respiró.
Pero no duró mucho.
Porque entonces…
TOC… TOC…
El sonido en la puerta rompió el silencio de golpe.
Kakucho levantó apenas la cabeza.
Se quedó quieto.
Como si no estuviera seguro de haber escuchado bien.
—…
TOC… TOC…
Otra vez.
Más claro.
Más real.
Su cuerpo se tensó.
No quería abrir.
No quería ver a nadie.
No quería hablar.
No quería enfrentar nada.
Pero en el fondo…
sabía.
Sabía quién era.
Y eso…
lo complicaba todo.
Se quedó sentado unos segundos más, dudando, peleando consigo mismo, intentando convencerse de que podía ignorarlo, de que podía quedarse ahí y dejar que ese sonido desapareciera.
Pero no lo hizo.
Porque no podía.
Porque había algo dentro suyo que ya no respondía a la lógica.
Suspiró.
Se levantó lentamente.
Cada paso hacia la puerta se sintió más pesado que el anterior, como si su propio cuerpo dudara de lo que estaba haciendo, como si avanzar significara aceptar algo que no estaba listo para enfrentar.
Se detuvo frente a la puerta.
Su mano quedó suspendida en el aire por un segundo.
Respiró hondo.
Y abrió.
La puerta se abrió despacio.
Y ahí estaba.
Izana Kurokawa.
De pie.
Frente a él.
Con la mirada fija.
Con el rostro serio.
Con el cuerpo todavía marcado por lo que había pasado.
El tiempo se detuvo.
Literalmente.
Kakucho no dijo nada.
No pudo.
Solo bajó la mirada.
Como si no pudiera sostener la suya.
Como si no tuviera derecho.
Como si todo el peso de lo que había pasado cayera en ese instante sobre sus hombros.
—…idiota…
La voz de Izana rompió el silencio.
Pero no fue dura.
No fue fría.
Fue baja.
Cargada.
—…no tenías que terminar así…
Y antes de que Kakucho pudiera reaccionar…
Izana dio un paso adelante.
Y lo abrazó.
Sin aviso.
Sin preguntar.
Sin dudar.
El impacto no fue físico.
Fue emocional.
Kakucho se quedó rígido un segundo.
Como si no supiera qué hacer.
Como si su cuerpo no pudiera procesar ese contacto.
Pero duró poco.
Porque al siguiente instante…
respondió.
Sus manos se movieron solas.
Se aferraron a la ropa de Izana.
Con fuerza.
Como si soltarlo no fuera una opción.
Como si ese abrazo fuera lo único que lo sostenía.
—…idiota…
Murmuró Kakucho, con la voz quebrada.
—…no tenías que venir…
Izana apretó un poco más el abrazo.
—Claro que sí.
Pausa.
—Siempre voy a venir.
El silencio que siguió fue distinto.
No pesado.
No incómodo.
Sino cargado de todo lo que no necesitaban decir.
Kakucho apoyó la frente en su hombro.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no intentó contenerse.
—…pensé que no te importaba…
La confesión salió baja.
Sincera.
—Pensé que… no habías venido…
Izana no respondió de inmediato.
Solo lo sostuvo.
—Fui —dijo finalmente—
solo que llegué tarde.
Eso dolió.
Pero no como antes.
—…yo me fui…
—Lo sé.
—…te dejé…
—Lo sé.
Pausa.
—…y aun así viniste…
Izana apoyó su mentón sobre la cabeza de Kakucho.
—Siempre.
El abrazo no se rompió.
No lo necesitaban.
Porque en ese momento…
no había orgullo.
No había distancia.
No había excusas.
Solo ellos.
Y todo lo que no habían sabido decir antes.
💕💕💕💕..... 💕💕💕💕..... 💕💕💕💕.....
A veces no hacen falta palabras…
solo una puerta que se abre…
y todo lo que sentías vuelve de golpe.
Kakucho quiso huir…
quiso quedarse en silencio…
pero hay personas que no puedes evitar.
Izana apareció…
sin avisar… sin dudar…
y lo abrazó como si nunca se hubiera ido.
Porque aunque se lastimen…
aunque se alejen…
siempre terminan volviendo el uno al otro.
Y en ese abrazo…
no hubo orgullo…
no hubo reproches…
solo lo que nunca dejaron de sentir.
Si te gustó, deja tu mensaje
y dime qué parte te hizo sentir más
con cariño Luna Auol 🌸