María, enamorada del príncipe de sus sueños como toda doncella, todo a su alrededor caera cuando descubra que no todo lo que creía, era real, y la desilusión la lleva a tomar una decisión, un sacrificio que cambiará su vida y la de todos los reinos.
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CAPÍTULO 20
CAPITULO 20
Jack estaba a punto de preguntarle, comprobar lo que sospechaba, pero no se atrevió, sabía que, si tenía razón y él sentía algo por ella, sus preguntas lo podrían hacer que se encerrara en la negación, algo que no podía permitir, prefirió quedarse callado, esperar a que el tiempo hiciera lo suyo.
Para Jack fue un poco molesto tenerlo encima de él, casi resoplándole en el oído, vigilando sus manos mientras la atendía, parecía un hombre enamorado, cuidando a su mujer enferma.
Jack terminó de curar la herida que se le había infectado, tuvo que ponerle algunos polvos y hierbas que se usaban para ese tipo de infecciones, pero una vez que la revisó, dejándola un poco mejor, se pone de pie, empieza a recoger todas las cosas que había utilizado para curarla, en ese momento empieza a decir. – Alguien tiene que cuidarla toda la noche y el día, lo más seguro es que la calentura regrese, solo hay que estar refrescando su cuerpo con los trapos húmedos, su frente, limpiar sus brazos, para que no la fiebre no suba más de lo necesario.
Aquiles se le quedó mirando a María, que estaba profundamente dormida, ya cubierta con la manta, deseaba tanto poder acariciar su cabello y su rostro, pero ahí estaba Jack diciéndole lo que tenía que hacer; una vez que dejó de hablar, con una seriedad empezó a decir. – No puedo creer que estas mujeres sean tan débiles, enfermarse de esta manera solo por estar en la jaula, es algo tan tonto y una muestra de que no sirven para nada.
Jack estaba terminando de recoger el último frasco, al escuchar lo que le decía, se quedó pensativo y después de un momento le dice. – ella no es tan débil como tú lo crees.
Si se ha enfermado es por la herida de su pierna y estoy casi seguro que se la hizo aquí mismo en el barco; piensa un poco Aquiles, una herida fresca en altamar, sin la higiene adecuada, encerrada en una jaula, en la bodega, donde la humedad es mucho más fuerte, donde sabes que debe haber una o dos ratas, animales que pueden provocar infecciones, a todo eso le agregamos que no estaba comiendo bien y no estaba tomando agua, todo eso ha provocado que sus defensas bajaran.
Antes di que está viva, creo que ella es realmente fuerte y hay algo que necesito preguntarte ¿Por qué la estás cuidando? Tú no eres así, es la primera vez que miro que muestras algo de humanidad hacia alguien que no sea tú mismo.
Es algo tan extraño que tengas a esta jovencita aquí, que tú mismo te estés encargando de cuidarla; yo la verdad estoy curioso por saber ¿Qué pasa por tu cabeza? Tú le hiciste algo realmente malo a la joven como para que te obligue a cuidarla por culpa o te gusta demasiado que no te puedes separar de ella.
Aquiles frunce el ceño y molesto dice. – Estás diciendo tonterías, nada de lo que dices tiene sentido, mejor sal de aquí, deja el medicamento que tengo que darle si le sube la temperatura y déjame en paz.
Jack lo miraba a la cara estaba rojo como un tomate, se miraba avergonzado, como si algo de lo que le preguntó había tocado alguna fibra sensible; no pudo evitarlo al mirarlo tan molesto y nervioso, sonríe divertido de verlo como estaba, pero ya no le dijo nada salió de su camerino para dejarlo solo, tampoco buscaba molestarlo y mucho menos que la tomara contra él.
Aquiles se sentó en la orilla de la cama, acarició su cabeza, al mismo tiempo dijo. – Creo que por mi culpa estás así, seguro te lastimaste en el momento que te caíste y te quejaste del dolor en tu pie cuando te llevaba a encerrar.
Que tonto soy debí detenerme, prestar atención cuando te quejaste y no dejarte encerrada con esa herida, por eso estás así; todo es mi culpa, realmente tampoco me gustaría que mueras, no sé qué demonios tienes María, pero no puedo dejar que nada te pase.
No quería lastimarte de esta manera, pero tú tienes algo que me hace ponerme de malas, sabes molestarme y sacarme de mi estabilidad emocional, eso es algo que no es bueno, ya viste lo que ha pasado, casi te dejo morir en esa jaula; tengo que aprender a controlar mis emociones cuando esté a tu lado o mejor sería que me mantuviera lejos de ti, para que esto no vuelva a pasar.
Aquiles se sentía mal por verla así, tanta era su culpa y su desesperación que se quedó todo el día, toda la noche cuidándola, apenas dejó que Mía lo ayudara un poco, aunque ya en la noche la corrió, para quedarse con María a solas.
La temperatura le regresó más de una vez y eso hacía que Aquiles se alterara mucho, le daba rápido el medicamento, ponía frazadas húmedas en su frente, frotaba sus brazos, su pecho y hasta sus piernas, tuvo que quitarle el pantalón, para poder mantener fresco su cuerpo, bajarle la calentura que no le subía tanto, pero para él cada vez que la sentía caliente era su peor tortura.
Fue una noche tan larga, no pudo dormir nada por estarla cuidando, pero no dejó que la temperatura le subiera ni un poco, apenas la sentía caliente y empezaba con las frazadas mojadas, con el medicamento; él no se dio cuenta ni a que horas salió el sol, porque estaba cuidando a María por la calentura que le empezaba a dar, le había dado un poco más fuerte.
Esta vez la hizo delirar un poco y cuando más desesperado estaba Aquiles por querer bajarle la temperatura, la empezó a escuchar que decía en susurros. – Me gustas mucho, eres hermoso…
¡Me gustas, quiero estar contigo! No me dejes por favor, me haces mucha falta ¡te quiero!
Aquiles sintió que el corazón le saltaba de alegría al escuchar sus palabras, sin querer sonríe y se fue acercando a su rostro, miraba sus labios, en ese momento le dice. – ¿es verdad? ¿yo te gusto? Yo sé que soy hermoso y entiendo que te guste, que me desees en secreto, no debes avergonzarte, solo dime lo que sientes.
Si quieres estar conmigo solo pídelo, puedo dejar que me tengas una vez y no tienes que preocuparte aquí voy a estar cuidándote, no voy a dejar que nada te pase; solo recupérate para que podamos hablar, así poder cumplir tus deseos más lascivos.
Aquiles fue pegando más su rostro al de ella, escucharla decir que le gustaba lo estaba haciendo emocionarse, tanto que solo pensaba en besarla; se acercó, mirando sus labios, dispuesto a dejarse llevar por ese deseo.