Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
NovelToon tiene autorización de Adri pacheco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 20
La casa estaba en silencio.
Un silencio pesado… incómodo… de esos que no dejan pensar
con claridad.
Renzo seguía recostado.
Vendado.
Débil.
Pero despierto.
Y pensando demasiado.
Su mirada estaba fija en el techo… pero su mente estaba en otro lugar.
En ella.
Siempre en ella.
—Mía… —murmuró para sí mismo.
Apretó los dientes.
No podía dejarla ahí.
No después de lo que pasó.
No después de Joseph.
Se incorporó lentamente.
—Mierda… —gruñó, llevándose la mano al abdomen.
El dolor seguía ahí.
Pero no era nada comparado con lo otro.
La preocupación.
Hanna
En otra habitación…
Hanna revisaba papeles, teléfonos, rutas.
Milo estaba frente a ella.
—El avión está listo —dijo él—. podemos salir en cualquier
momento.
Hanna negó.
—No todavía.
—¿Por él?
Hanna suspiró.
—Sí.
Milo cruzó los brazos.
—Esto es un riesgo innecesario.
—Todo lo que hacemos es un riesgo.
Silencio.
—Si se enteran que Renzo está en Colombia…
Milo la miró serio.
—No salimos.
Hanna apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—Entonces tenemos que irnos ya.
Hanna dudó.
Un segundo.
—Él no se va a ir sin Mía.
Milo soltó el aire.
—Entonces tenemos un problema.
Renzo entra
—No es un problema.
Ambos giraron.
Renzo estaba en la puerta.
Pálido.
Pero firme.
—Es una decisión.
Hanna lo miró.
—No deberías estar de pie.
—No debería estar en Colombia.
Silencio.
—Pero acá estoy.
Milo negó.
—Esto se está complicando.
Renzo caminó despacio hacia ellos.
—Joseph está acá.
—Lo sabemos.
—Entonces también saben lo que significa.
Hanna lo miró fijo.
—Sí. Significa que tenemos que irnos.
—Significa que Mía no está segura.
Silencio.
—No sin mí.
Hanna suspiró.
—Renzo…
—No.
La cortó.
—No voy a dejarla acá.
—No podés obligarla.
—No quiero obligarla.
Pausa.
—Quiero convencerla.
Milo arqueó una ceja.
—¿Y si no quiere?
Renzo lo miró.
—Va a querer.
—Eso no es seguro.
Renzo apretó la mandíbula.
—Joseph ya la encontró una vez.
Silencio.
Pesado.
—La puede volver a encontrar.
Hanna bajó la mirada.
Sabía que tenía razón.
—Acá… —continuó Renzo— yo no soy nadie.
—No es tan así…
—Sí lo es.
Su voz fue firme.
Real.
—Acá mis enemigos mandan.
—Y yo no puedo protegerla.
Silencio.
—Allá sí.
Hanna levantó la mirada.
—¿Qué estás pensando?
—Que vuelva.
—¿A Italia?
Renzo negó.
—No.
—¿Entonces?
—A su casa.
—¿La de su abuela?
—Sí.
Hanna frunció el ceño.
—¿Por qué ahí?
—Porque ahí puedo cuidarla sin exponerla.
—Renzo…
—Es lo mejor.
—¿Y si no quiere?
Renzo se quedó en silencio unos segundos.
—Voy a hablar con ella.
Casa de Mía
Mía estaba sentada en la mesa.
Con Mercedes.
El ambiente era tranquilo.
Pero ella no lo estaba.
—Te noto distinta —dijo su abuela.
Mía sonrió apenas.
—Estoy bien.
—No me mientas.
Silencio.
—Ese hombre… —continuó Mercedes— ¿es el mismo del que escapaste?
Mía bajó la mirada.
—Sí.
—¿Y por qué lo estás ayudando?
Mía dudó.
—Porque me salvó.
Mercedes suspiró.
—Eso no borra lo que te hizo.
—Lo sé.
—Entonces ten cuidado.
Mía asintió.
—Siempre.
En ese momento…
tocaron la puerta.
Ambas se miraron.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Mercedes.
—No…
Mía se levantó.
Su corazón empezó a latir más rápido.
Algo no se sentía bien.
Caminó hasta la puerta.
La abrió.
Y ahí estaba.
Renzo.
Pálido.
Herido.
Pero de pie.
—Hola… —dijo él.
Mía lo miró.
Sorprendida.
—¿Qué haces acá?
—Necesito hablar contigo
Silencio.
—No es buen momento.
—Nunca lo es.
Mía dudó.
—Pasá.
Dentro
Renzo entró.
Observó el lugar.
Simple.
Tranquilo.
Muy distinto a su mundo.
Mercedes lo miró con desconfianza.
—¿Quién es?
—Abuela… él es…
Mía dudó.
—Renzo.
Mercedes frunció el ceño.
—¿El mismo?
Silencio.
—Sí.
Mercedes lo miró de arriba abajo.
—No me gusta.
Renzo asintió.
—Lo entiendo. Señora _ dice Renzo
—No tenés cara de buen hombre. _ habla mercedes
Mía intervino.
—Abuela…
—Déjame.
Miró a Renzo.
—Pero gracias por salvar a mi nieta.
Renzo la miró serio.
—Siempre lo voy a hacer.
Silencio incómodo.
—Voy a dejar que hablen —dijo Mercedes—. pero no tardes.
Y se fue.
La conversación
Mía cruzó los brazos.
—Decime qué quieres
Renzo la miró.
Directo.
—Que te vayas conmigo.
Silencio.
—No.
Respuesta inmediata.
Sin dudar.
—Mía…
—No.
—Escuchame.
—No hay nada que escuchar.
Renzo avanzó un paso.
—Joseph está en Colombia.
—Lo sé.
—Y te quiere usar.
—También lo sé.
—Entonces entendé…
—No me voy.
Su voz fue firme.
Fuerte.
Renzo apretó los dientes.
—Acá no estás segura.
—Nunca lo estuve.
—Conmigo sí.
Mía soltó una risa sin humor.
—¿En serio?
Silencio.
—¿Después de todo lo que viví con vos?
Golpe bajo.
Pero real.
Renzo no respondió.
—No voy a volver a esa vida.
—No te estoy pidiendo eso.
—¿Entonces qué?
—Que vuelvas a tu casa.
Mía frunció el ceño.
—¿A cuál?
—A la de antes.
—¿La de mi abuela?
—Sí.
—Ya estoy ahí.
—No.
Renzo negó.
—La otra.
Mía lo miró confundida.
—¿Por qué?
—Porque ahí puedo protegerte mejor.
—No necesito que me protejas.
—Sí necesitás.
—No.
—Sí.
Silencio.
Pesado.
—No podés pelear contra Joseph sola.
Mía lo miró fijo.
—Tampoco contigo
Eso dolió.
Pero Renzo no retrocedió.
—Dame esta oportunidad.
—No.
—Solo eso.
—No.
—Mía—
—¡No!
Silencio.
Su respiración agitada.
—No voy a volver a tu mundo.
Renzo la miró.
—No es por mí.
—Todo es por ti para que nadie pueda acerté daño
—No.
—Sí.
Se acercó más.
—Siempre fue así.
Renzo bajó la mirada un segundo.
—Esta vez no.
—No te creo.
Silencio.
—Si te quedás acá…
—Me quedo. _ dice mia
—Te va a encontrar._ habla Renzo
—Que lo haga.
Renzo la miró sorprendido.
—No te importa.
Mía sostuvo su mirada.
—No tengo miedo.
—Mientes
—No.
—Sí.
Silencio.
—Tienes miedo
Mía no respondió.
—Y deberías.
—No voy a huir más.
Renzo la observó.
En silencio.
—Entonces voy a quedarme.
Mía frunció el ceño.
—¿Qué?
—Me quedo en Colombia.
—No podés.
—Ya lo estoy haciendo.
—Es una locura.
—Lo sé.
—Te van a matar.
—Puede ser.
Silencio.
—Pero no te voy a dejar sola.
Mía lo miró.
Confundida.
—¿Por qué haces esto?
Renzo la miró fijo.
—Porque no puedo perderte.
Silencio.
Largo.
Pesado.
Y esta vez…
Mía no supo qué responder.
Afuera…
el peligro seguía creciendo.
Joseph no había terminado.
Hanna preparaba la salida.
Y Renzo…
acababa de tomar una decisión que podía costarle la vida.
Quedarse.
Por ella.
Aunque ella todavía…
no estuviera dispuesta a quedarse por él.