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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

NovelToon tiene autorización de Mahary Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 17

(Narrado por Valeria Varela)

Todavía tenía la carta de Isabella arrugada en la mano, sus palabras llenas de veneno resonando en mi cabeza, diciéndole que él era suyo, que lo que habían compartido era insuperable, que yo nunca podría darle lo que ella le daba. Y lo único que sentía no era rabia, ni miedo, ni dudas… era fuego. Un fuego que me recorría la sangre, que me quemaba por dentro, que me gritaba que tenía que demostrarle, aquí y ahora, que yo era la única, que yo podía hacerlo perder la cabeza, que lo que había entre nosotros era mil veces más fuerte, más intenso, más real que cualquier cosa que esa mujer le hubiera dado alguna vez.

Lo miré parado frente a mí, con los puños apretados, la mandíbula tensa, los ojos oscuros brillando de pura furia por lo que ella había escrito. Se veía tan atractivo así, tan fuerte, tan mío… y la necesidad de borrar cualquier rastro de ella, de que solo pensara en mí, de que me deseara hasta doler, me hizo caminar hacia él sin pensarlo dos veces. Dejé el papel en la mesa de un golpe, me acerqué hasta pegar todo mi cuerpo contra el suyo, y lo miré retadora, con la respiración agitada, sintiendo ya cómo el deseo crecía solo de tenerlo tan cerca.

—¿Te acuerdas de lo que te hacía ella? —le susurré directamente en su oído, con voz ronca, pasando mis manos por debajo de su camisa, rozando su piel caliente y áspera—. ¿Te acuerdas de cómo te tocaba, de cómo se entregaba, de cómo te decía que eras el mejor? Pues escúchame bien, Dante… ahora tú eres mío. Y yo voy a hacerte sentir cosas que ella ni siquiera pudo imaginar. Voy a hacer que te olvides hasta de su nombre. Porque lo que tenemos nosotros… es puro fuego. Y voy a fundirte conmigo hasta que no quede nada más.

No esperé respuesta. Lo tomé de la mano y corrí hacia la escalera, subiendo rápido, sintiendo cómo él venía detrás de mí, respirando pesado, cómo me miraba el cuerpo moverse bajo la tela del vestido, cómo se notaba ya su deseo creciente a través de la ropa, firme, imponente, esperando por mí. Entramos a la habitación y en cuanto cerré la puerta, él me agarró de golpe, me empujó contra la madera y me besó. No fue un beso suave, ni tierno, ni reservado. Fue un beso de hambre, de instinto, de desesperación. Me mordió los labios, buscó mi lengua con la suya con avidez, me apretó las caderas con tanta fuerza que me hizo sentir su posesión, me pegó contra su cuerpo haciéndome sentir todo lo que tenía para darme, todo lo que quería hacerme vivir.

—Te anhelo… te deseo… te necesito… —murmuraba entre besos, arrastrándome hacia la cama, recostándome sobre el colchón como si fuera lo más valioso que tenía—. Me vuelves loco, Valeria. Me matas. Y me importa muy poco lo que diga ella, lo que piense, lo que haya en el pasado. Solo quiero estar dentro de ti. Solo quiero oírte decir mi nombre.

Se abalanzó sobre mí, se puso encima, separó mis piernas con las suyas y me apretó contra el colchón con todo el peso de su cuerpo, haciéndome sentir su calor y su fuerza. Me deshizo del vestido con un movimiento rápido, rompiendo la tela sin importarle nada, y me quedé ahí, desnuda, con la piel sensible y ardiendo, el cuerpo abierto y dispuesto para él, húmeda y temblando solo con que me mirara. Él se quitó la ropa con la misma prisa, tirándola por todos lados, y cuando lo vi… Dios, era imponente, firme, palpitante, esperándome, y sentí un escalofrío de puro placer recorrerme entera. Él me miró con ojos salvajes, bajó una mano y exploró mi intimidad con dos dedos de golpe, sin previo aviso, tocándome con tanta intensidad que arqué la espalda y dejé escapar un grito ahogado.

—Dios… estás tan receptiva… tan lista para mí… —gruñó, moviendo los dedos con ritmo, profundo, tocándome justo donde más me gustaba, haciéndome retorcerme debajo de él—. Estás hecha un desastre de deseo solo con que te toque. ¿Te gusto, verdad? ¿Te gusta cómo te hago sentir, cómo te entrego placer, cómo consigo que te pierdas cada vez que me acerco?

—¡Sí! ¡Sí, Dante, más, más profundo! —grité, agarrándole la muñeca, queriendo que llegara más lejos, más rápido, que me llenara por completo, que me hiciera suya—. Me encanta. Me encanta cómo me tocas, cómo me hablas, cómo me haces sentir que solo existes tú.

Retiró sus dedos de golpe, se los llevó a la boca y saboreó mi esencia, mirándome con esa expresión de placer absoluto que me volvía loca. Luego se acercó de nuevo, me separó bien las piernas, se colocó justo en la entrada de mi cuerpo y me miró fijo, con una sonrisa maliciosa y llena de deseo.

—¿Quieres que te haga mía del todo? ¿Quieres que te haga olvidar todo lo demás? ¿Quieres que nos fundamos hasta que no sepas dónde termino yo y dónde empiezas tú?

—¡SÍ! —le grité, levantando las caderas buscándolo, desesperada por sentirlo—. ¡Hazme lo que quieras, soy tuya, toda tuya, entra ya!

Y entró. De golpe, hasta el fondo, sin detenerse, uniéndose a mí con fuerza, haciéndome gritar su nombre tan fuerte que seguro nos oían hasta abajo. Era inmenso, mucho más de lo que recordaba, y me llenaba por completo, me estiraba con delicia, me hacía sentir plena, ocupada, suya y perfecta a la vez. Empezó a moverse rápido, con un ritmo intenso y salvaje, uniéndonos una y otra vez, chocando su cuerpo contra el mío con una cadencia que me hacía ver estrellas y sentir un dolor dulce y maravilloso.

—¡Eres mía! ¡Solo mía! —me decía, profundizando cada movimiento, mirándome a los ojos, sudando, con la cara roja de placer y esfuerzo—. ¡Esto es lo que te doy yo! ¡Esto es lo que ella nunca pudo tener! ¡Nunca pudo tenerme así, unido a ella hasta el fondo, haciéndola sentir como a una reina! ¡Grita, Valeria, grita que te gusta, grita que me amas, grita que eres mía!

Enlacé mis piernas alrededor de su cintura, lo apreté con fuerza, permitiéndole llegar más hondo todavía, sintiendo cómo me golpeaba justo en el punto exacto que me hacía perder la cabeza. Mis manos se aferraron a su espalda, dejé huellas con mis uñas, recorrí sus hombros y su piel, dejando marcas que le recordarían mañana esta noche, marcas que decían: aquí estuve yo, aquí te marqué, aquí te hice mío. Él no paraba, seguía y seguía, con un ritmo incesante, sudando, dejando escapar sonidos guturales de placer, diciendo cosas llenas de deseo al oído, diciéndome lo mucho que quería hacerme suya, lo mucho que quería dejarme llena de él, lo mucho que le gustaba verme así, despeinada, desnuda, hecha un desastre de placer debajo de su cuerpo.

—¡Más, Dante, más! ¡No pares, por favor, no pares! —le supliqué, sintiendo que el momento culminante llegaba ya, fuerte, inmenso, que me iba a hacer estallar—. ¡Dame todo, quiero que te quedes conmigo, quiero que me llenes por completo!

Entonces cambió de posición rápido, me dio la vuelta de golpe, me puso sobre mis rodillas, elevó bien mi cuerpo y se unió a mí de nuevo, esta vez todavía más profundo, con más fuerza, golpeando suavemente mis caderas con sus manos grandes y firmes, dejando su huella en mi piel.

—¡Mira cómo nos unimos! —me gritó, empujando con tanta fuerza que me movía toda sobre la cama—. ¡Mira cómo te hago mía! ¡Ella nunca me tuvo así, nunca me hizo sentir este fuego, esta necesidad de estar unido a ti todo el día! ¡Eres lo mejor que he tenido, lo mejor que voy a tener! ¡Voy a amarte así hasta que te olvides de tu propio nombre!

Me agarró del cabello con una mano, echó mi cabeza hacia atrás y me besó el cuello mordiendo suavemente mi piel, haciéndome gritar de placer y emoción mezclados. Yo me movía al mismo ritmo que él, buscando cada uno de sus movimientos, empujando yo también hacia atrás para que la unión fuera total, para que me hiciera suya de verdad. Todo lo que había pasado, la carta, Isabella, las amenazas… todo se desvaneció. Ya no existía nada más que él, su cuerpo, su calor, su presencia firme y dulce dentro de mí, haciéndome sentir viva, haciéndome sentir que yo era la dueña de todo.

Y entonces llegó. Sentí cómo todo estallaba por dentro, cómo un placer inmenso me recorría entera, cómo me contraía alrededor de él, apretándolo fuerte, inundándolo todo de mi propio goce, gritando tan fuerte que me quedé sin voz, retorciéndome, temblando, casi llorando de pura dicha. Él no paró, siguió uniéndose a mí más rápido, más fuerte, aprovechando cada una de mis reacciones, perdiéndose también en su propio placer, hasta que de repente dio un grito fuerte, se arqueó todo encima de mí, me agarró con fuerza y se quedó conmigo, dejando su esencia dentro, llenándome por completo. Sentí cómo me llenaba, cómo su calor se quedaba conmigo, cómo me dejaba marcada, unida, empapada de él. Se quedó ahí un momento, unido hasta el fondo, gimiendo bajito, respirando muy fuerte, sudando sobre mi espalda, aplastándome contra el colchón, haciéndome sentir que no había lugar para nada más que nosotros dos.

Se dejó caer a mi lado, me jaló hacia él, me apretó contra su pecho, y nos quedamos ahí, desnudos, sudados, pegados, hechos un desastre hermoso, con el cuerpo lleno de marcas, caricias y recuerdos, todo impregnado de nosotros, de nuestro olor, de nuestro calor. Me miró a los ojos, y ya no había rabia, ni dudas, ni recuerdos de nadie más. Solo había fuego. Solo había amor intenso, fuerte, verdadero.

—¿Te das cuenta? —me dijo bajito, pasando la mano por mi cabello despeinado, acariciando mi cara llena de satisfacción—. Ella no es nada. Nunca fue nada. Porque lo que acabamos de hacer… eso es solo nuestro. Eso es lo que ella nunca va a poder quitarme. Eres mía, Valeria. Y hoy te lo he demostrado, a ti y a mí mismo, de la forma más intensa y más hermosa que existe.

Lo besé, esta vez despacio, saboreando todavía todo lo que habíamos vivido, sintiendo cómo todo mi cuerpo me dolía deliciosamente, cómo todo él estaba dentro de mí, en mi piel, en mi sangre, en mi alma. Isabella podía escribir lo que quisiera, podía amenazar, podía decir que tenía secretos… pero nada importaba. Porque acabábamos de sellarlo todo. De la forma más profunda, más ardiente, más real posible.

Y supe, mientras me abrazaba y me llenaba de besos y caricias lentas, que ahora sí… estábamos listos para lo que viniera. Porque nada, ni nadie, podía separar a dos personas que se querían con tanta fuerza, y que se entregaban el uno al otro con tanta pasión.

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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