Cicatrices que arden
Fueron inseparables… hasta que el mundo los rompió.
Ahora, entre peleas y destino, sus caminos vuelven a cruzarse.
Porque hay amores que no se olvidan…
aunque duelan como una herida abierta.
Un vínculo imposible de romper.
Un amor que nunca dejó de arder.
NovelToon tiene autorización de Luna Aoul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: Promesas que no se olvidan
El ruido de la ciudad parecía lejano… como si el mundo no importara en ese momento.
Los autos pasaban a lo lejos, la gente seguía con sus vidas, las luces parpadeaban en las ventanas… pero ahí, en ese rincón olvidado, el tiempo parecía detenido.
Kakucho miraba el cielo, apoyado contra una pared desgastada.
Sus ojos, normalmente firmes, reflejaban algo más que cansancio… reflejaban recuerdos.
Recuerdos que no podía borrar.
Recuerdos que dolían.
El viento sopló suave, moviendo apenas su cabello oscuro. Por un instante cerró los ojos… como si quisiera escapar.
Pero no podía.
Nunca podía.
—Siempre estás pensando demasiado —dijo una voz detrás de él.
El corazón de Kakucho se tensó apenas… pero no se dio vuelta.
No hacía falta.
—Izana…
El nombre salió bajo, casi como un suspiro que llevaba años guardado.
Pasos lentos.
Firmes.
Conocidos.
Izana se acercó despacio, con esa sonrisa tranquila… pero peligrosa. Esa sonrisa que podía ser consuelo… o destrucción.
Se detuvo a su lado, como si nunca se hubieran separado. Como si el tiempo, las peleas, la sangre y las decisiones… no hubieran existido.
—Sigues igual —murmuró Izana—. Siempre esperando algo… o a alguien.
Kakucho apretó los puños.
No quería reaccionar.
No quería caer otra vez.
—Y tú sigues huyendo.
Silencio.
El viento pasó entre ellos, llevándose palabras que ninguno se atrevía a decir.
Pero el silencio entre ambos… gritaba más fuerte que cualquier discusión.
Izana inclinó la cabeza, observándolo con esos ojos violetas que parecían ver más allá de todo. Más allá de su orgullo. Más allá de sus heridas.
—¿Huir? —repitió en voz baja—
Yo nunca huyo… yo solo dejo atrás lo que ya no importa.
Las palabras fueron suaves… pero cortaron como cuchillas.
Kakucho sintió un nudo en el pecho.
Sabía que Izana decía eso para herir.
Siempre lo hacía.
—Entonces… ¿yo tampoco importo?
Por primera vez… la sonrisa de Izana desapareció.
Un segundo.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
El mundo pareció detenerse.
Porque Kakucho lo vio.
Esa grieta.
Esa pequeña verdad que Izana siempre ocultaba.
Izana dio un paso adelante y apoyó su brazo sobre los hombros de Kakucho, como en la infancia… como si nada hubiera cambiado. Como si aún fueran esos niños que corrían sin miedo.
—Tú… —susurró cerca de su oído—
eres lo único que nunca pude dejar atrás.
El corazón de Kakucho latió con fuerza.
Demasiado fuerte.
Porque sabía la verdad.
Izana no decía esas cosas por amor…
…sino porque no sabía vivir sin él.
Y eso era aún más peligroso.
Un recuerdo cruzó su mente sin permiso.
Dos niños.
Risas.
Un cielo despejado.
—¡Kakucho, ven! —gritaba un pequeño Izana, con los ojos brillando—
¡Si saltas conmigo, no te va a pasar nada!
Kakucho dudaba, mirando la distancia.
—Es muy alto…
Izana sonrió.
—Entonces confía en mí.
Y saltaron.
Juntos.
Siempre juntos.
Kakucho abrió los ojos de golpe, regresando al presente.
Nada era igual.
Ya no eran niños.
Ya no había saltos inocentes.
Ahora… cada paso podía destruirlos.
—No deberías estar aquí —dijo Kakucho finalmente, separándose un poco—. Esto ya no es como antes.
Izana lo miró en silencio.
Y luego… sonrió.
Pero esta vez… había algo distinto.
Algo más oscuro.
—Nunca fue como antes, Kakucho —respondió—. Tú eres el único que sigue viviendo en ese recuerdo.
Eso dolió.
Porque era verdad.
Kakucho apretó la mandíbula.
—¿Y tú qué? ¿Prefieres esto? ¿Prefieres estar rodeado de caos, de gente que solo te sigue por miedo?
Izana no respondió de inmediato.
Miró al frente… como si las luces de la ciudad fueran más interesantes que esa conversación.
—El miedo… —murmuró—
es lo único que no traiciona.
Kakucho frunció el ceño.
—Eso no es cierto.
Izana lo miró.
—¿Ah, no?
Hubo un silencio pesado.
Tenso.
Cargado de todo lo que no decían.
—La gente se va —continuó Izana—. Cambia. Te deja atrás. Te olvida… o te reemplaza.
Sus ojos perdieron brillo por un instante.
—Pero el miedo… siempre se queda.
Kakucho sintió un vacío en el pecho.
—No todos se van…
Izana lo interrumpió.
—Tú te quedaste —dijo en voz baja—. Pero incluso tú… estás dudando.
Eso fue un golpe directo.
Kakucho desvió la mirada.
Porque no podía negarlo.
Porque sí… dudaba.
Dudaba de Izana.
De sus decisiones.
De su camino.
Pero nunca…
Nunca había dudado de lo que sentía.
—No es lo mismo —murmuró Kakucho.
Izana dio un paso más cerca.
Demasiado cerca.
—Claro que lo es.
Sus ojos se encontraron.
Y por un segundo… todo desapareció.
El ruido.
La ciudad.
El pasado.
Solo ellos dos.
Como siempre.
—Si te pido que vengas conmigo —susurró Izana—
¿lo harías?
El corazón de Kakucho se detuvo.
Esa pregunta…
Esa maldita pregunta.
Porque ya sabía la respuesta.
Y también sabía… que no debía decirla.
—Izana…
—Respóndeme.
Su voz no era agresiva.
Pero era firme.
Necesitaba saber.
Kakucho cerró los ojos.
Recordó todo.
Las risas.
Las peleas.
La sangre.
Las promesas.
—No puedo —dijo finalmente.
Silencio.
Pesado.
Irrompible.
Cuando Kakucho abrió los ojos… Izana ya no sonreía.
Pero tampoco parecía sorprendido.
Solo… vacío.
—Ya veo… —murmuró.
Se alejó un paso.
Luego otro.
Como si esa distancia fuera necesaria para no romper algo más.
—Al final… —continuó—
tú también elegiste.
Kakucho dio un paso adelante.
—No es así.
—Sí lo es.
Izana lo miró una última vez.
Y esta vez… no había calidez.
Solo una tristeza que no sabía cómo expresar.
—Elegiste un mundo donde yo no existo.
Eso… fue lo que terminó de romperlo.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Kakucho.
Pero Izana ya se había dado vuelta.
—Entonces demuéstralo.
Sus palabras quedaron en el aire.
—La próxima vez que nos veamos… —dijo sin mirarlo—
no será como hoy.
Kakucho sintió un escalofrío.
—Izana…
Pero no hubo respuesta.
Solo el sonido de sus pasos alejándose.
Lentos.
Firmes.
Definitivos.
Kakucho se quedó solo.
Otra vez.
Miró el lugar donde Izana había estado.
Y apretó los puños con fuerza.
Porque entendía lo que eso significaba.
La próxima vez…
No serían dos amigos hablando.
Serían enemigos.
Y aun así…
Aun así, su corazón latía con la misma fuerza de cuando eran niños.
—Eres un idiota… —murmuró para sí mismo.
No sabía si hablaba de Izana…
…o de él mismo.
En algún lugar de la ciudad…
Izana se detuvo.
No miró atrás.
No podía.
—Kakucho… —susurró.
Por primera vez en mucho tiempo…
Su sonrisa desapareció por completo.
Y en su lugar…
quedó algo más peligroso que el odio.
Dolor.

💕💕💕💕...... 💕💕💕💕...... 💕💕💕💕.....
Dos almas marcadas por el pasado…
una promesa que nunca murió…
y un encuentro que lo cambia todo.
Cuando el destino los vuelve a cruzar, ya no son los mismos.
El cariño se mezcla con el dolor…
y lo que alguna vez fue hogar, ahora amenaza con destruirlos.
Porque a veces…
las personas que más amas,
son las que más te duelen.
¿Qué pasa cuando elegir significa perderlo todo?
Si te gustó, deja un mensaje
con cariño Luna Auol 🌸