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Solo un peón en el tablero
Pasaron dos días largos, pesados y angustiosos desde aquel intento fallido de asesinato y desde aquel momento tan especial y tierno que habíamos compartido en las escaleras. La tensión en todo el castillo seguía estando al máximo nivel, todo el mundo caminaba con el ojo avizor y las armas listas, pero ahora teníamos al enemigo principal dentro de casa, encerrado bajo llave, aunque hasta ese momento se mantenía hermético y no soltaba prenda alguna.
Sin embargo, todos sabíamos que la resistencia física y mental de cualquier ser humano tiene un límite, y al final, por muy fuerte que sea el espíritu, el cuerpo termina cansándose y cediendo ante el dolor extremo. Después de mucho insistir, de aplicar métodos de presión cada vez más fuertes y de ir quebrando su voluntad poco a poco, día tras día, finalmente llegó el momento en que no pudo aguantar más.
—¡Basta ya! ¡Paren, por favor! ¡Ya está bien! ¡Yo hablaré! ¡Lo diré todo! —gritó finalmente con la voz totalmente ronca, rota y llena de un dolor inmenso, rompiéndose así su silencio de piedra que había durado tanto tiempo.
Inmediatamente nos avisaron y bajamos corriendo nosotros también a los calabozos, llenos de una esperanza enorme y de muchísima ansiedad contenida. ¡Por fin iba a hablar! ¡Por fin iba a decir el nombre! ¡Por fin sabríamos la verdad de una vez por todas!
—Habla ahora mismo y sin rodeos —ordenó Kaelen con voz seria, autoritaria y fría, parándose justo frente a él—. Dinos quién es tu amo, quién te paga y quién te envía, y te prometo que te dejaremos tranquilo y te daremos una muerte digna si es lo que quieres.
El hombre estaba hecho un desastre físico; estaba cubierto de heridas abiertas, de moretones, de sangre seca y sudor, pero ahora sus ojos ya no tenían ese brillo desafiante de antes, ahora estaban llorosos, llenos de miedo y de una derrota absoluta.
—Es... es alguien muy, muy poderoso, mi Señor —balbuceó con muchísima dificultad, costándole un mundo formar cada frase—. Nos pagan muchísimo oro, monedas de oro puro, por hacer el trabajo sucio y por obedecer ciegamente. Nos dan las órdenes precisas, nos dicen exactamente a quién atacar, cuándo y cómo, pero... pero nosotros, los que ejecutamos, nunca vemos su cara real. Nunca sabemos quién es verdaderamente ni cómo se llama.
—¿Qué es lo que estás diciendo exactamente? —le pregunté yo acercándome con el ceño fruncido y llena de confusión—. ¿Cómo es posible y lógico que trabajes para alguien, que arriesgues tu vida por él, y no tengas ni la menor idea de quién está al mando?
—Es así como funciona, señora, se lo juro por Dios y por mi vida —insistió el prisionero moviendo la cabeza con desesperación y rapidez—. Él es muy listo y muy cauteloso. Usa siempre intermediarios, mensajeros anónimos, nos manda notas secretas, paga todo a través de terceras personas que tampoco saben nada. Nosotros en el fondo solo somos simples mercenarios, solo somos manos ejecutoras, herramientas baratas que se usan y se tiran. A nosotros solo nos llega la orden directa de "matad al Duque" o "acabad con la Duquesa", pero nosotros no sabemos absolutamente nada del porqué, ni sabemos qué intereses ocultos tiene, ni quién es él en realidad. Es como una sombra misteriosa que nos mueve a todos pero que nunca jamás se muestra ni da la cara.
Sentí en ese mismo instante cómo se nos caía el alma a los pies y una sensación terrible de impotencia nos invadía a los dos.
—Ah, conque así son las cosas... —dijo Kaelen despacio, masticando cada palabra con voz grave y llena de una frustración enorme—. Entonces tú no eres nada importante, Elena. Tú eres simplemente un peón, una pieza pequeña y desechable en este tablero gigante. Un simple soldado de alquiler que obedece órdenes sin tener ni la más remota idea de la estrategia mayor ni de quién mueve realmente las fichas.
—Exacto, su Excelencia, tiene toda la razón —respondió el hombre bajando la cabeza totalmente avergonzado y derrotado—. Solo me contrataron específicamente para esta misión de matarlo a usted. No sé dónde se esconde Valeria, no sé quién ordenó realmente la puñalada en el mercado, no sé absolutamente nada del broche ni de la orden del Fénix de Plata ni de planes secretos. Yo solo sé que quien manda y paga todo esto es alguien que tiene muchísimo dinero y muchísimo poder político, pero su identidad real y su nombre... eso está guardado bajo siete llaves y yo, desde luego, no tengo la llave para abrirlo.
—¡Maldición, maldición y mil veces maldición! —gritó Kaelen lleno de una rabia contenida y terrible, dando un puñetazo fortísimo contra la pared de piedra que hizo temblar el lugar—. ¡Todo este esfuerzo inmenso, toda esta tortura, todo este tiempo perdido y todo este dolor para terminar sabiendo que solo eres un títere más, un simple cobarde que obedece! ¡Ese bastardo astuto se está burlando abiertamente de nosotros en nuestra propia cara!
Era la pura y cruda realidad. Habíamos logrado que por fin hablara, sí, habíamos roto su silencio obstinado, pero la información valiosa que nos dio fue mínima, básica y casi inservible. Solo nos confirmó con palabras lo que ya sospechábamos desde el principio: que hay un cerebro muy poderoso detrás de todo, pero que es tan listo, tan cuidadoso y tan maquiavélico que usa a gente ignorante como este pobre hombre para hacer todo su trabajo sucio y luego los desecha sin correr él ningún riesgo personal.
El misterio seguía ahí, intacto, profundo y oscuro como el primer día. El nombre verdadero del culpable seguía siendo un secreto absoluto impenetrable. Teníamos al asesino material preso, al que blandió el arma y quiso matarnos, sí, pero el cerebro, la mente maestra, el verdadero monstruo que orquestaba todo, seguía libre, feliz, oculto y totalmente seguro en su sombra.
—Llévenselo de mi vista ahora mismo —ordenó Kaelen con voz helada, cansada y llena de decepción mirando a sus guardias—. Enciérrenlo para siempre en el hoyo más profundo o hagan lo que quieran con él. Ya no nos sirve de absolutamente nada más. No sabe nada importante, no nos puede dar lo que necesitamos.
Salimos de aquel lugar horrible dejando atrás el sufrimiento y la oscuridad. Teníamos un sabor amargo, de fracaso y de rabia en la boca. Habíamos ganado una pequeña batalla, es cierto, habíamos sobrevivido al ataque, pero la guerra real seguía exactamente igual de difícil, igual de oscura y igual de peligrosa que antes.