Kael, el rey de los lobos, huye de un destino impuesto… pero no puede escapar de su propia oscuridad.
En el mundo humano conoce a Lía, la única capaz de activar un vínculo prohibido por la diosa de la luna.
Cuando la sombra del pasado, el consejo y una guerra ancestral los persiguen, el amor se vuelve una amenaza.
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CAPÍTULO 24: LA MONTAÑA DE LOS LOBOS
La lluvia no cesaba.
Caía con fuerza sobre la montaña, golpeando las rocas, las raíces y los árboles gigantes que parecían extenderse hasta tocar las nubes.
La torre plateada brillaba en la cima.
Lejana.
Fría.
Imponente.
Como un faro construido para dioses antiguos.
O para monstruos.
Lía levantó lentamente la mirada.
La luz atravesaba la tormenta y se reflejaba en sus ojos.
Por alguna razón, podía sentirla.
No solo verla.
La torre la estaba llamando.
La marca en su clavícula ardía cada vez que observaba aquella luz.
Como si algo dentro de ella reconociera el camino.
Como si el trono supiera exactamente dónde estaba.
Detrás de ellos, el puerto ya había desaparecido entre la niebla y la lluvia.
Ahora solo existía la montaña.
Y la cacería.
Cientos de ojos dorados brillaban entre los árboles de la ladera.
Quietos.
Silenciosos.
Esperando.
Lobos de distintas manadas.
Cazadores.
Ejecutores.
Bestias atraídas por el olor de la sangre real.
Kael caminaba delante de ella.
Tenso.
Cada músculo de su cuerpo parecía preparado para atacar.
El viento agitaba su ropa mojada.
La herida de plata en su hombro seguía abierta, aunque él fingiera que no dolía.
Ragnar avanzaba unos pasos más arriba.
Moviéndose como si conociera cada roca de aquella montaña.
Como si hubiera nacido allí.
Probablemente así era.
—No te separes de mí —dijo Kael sin mirar atrás.
Su voz salió baja.
Grave.
Protectora.
Lía apretó más fuerte la daga antigua.
La hoja plateada emitía un brillo tenue bajo la lluvia.
—No pienso quedarme atrás.
Ragnar soltó una risa seca.
—Eso espero, reina.
La palabra ya no le provocó rechazo.
Seguía sintiéndose extraña.
Pesada.
Pero ya no imposible.
Kael observó los árboles de la ladera.
—La ruta principal está perdida.
Señaló hacia el sendero ancho que subía directamente a la montaña.
Docenas de ojos brillaban allí.
Esperándolos.
—Nos matarían antes de cruzar el primer tramo.
Ragnar dio un paso adelante.
—Conozco otro camino.
Kael lo miró de inmediato.
—El sendero oeste.
Ragnar asintió.
—Más empinado.
Más estrecho.
Más peligroso.
Sonrió apenas.
—Por eso nadie lo usa.
Lía levantó la vista hacia la pared de roca cubierta de niebla.
—Perfecto.
Kael la observó un segundo.
Había algo diferente en ella.
La chica asustada del loft parecía cada vez más lejana.
Ahora había fuego en sus ojos.
Determinación.
Algo más fuerte que el miedo.
El ascenso comenzó.
El bosque los tragó casi de inmediato.
La oscuridad entre los árboles era espesa.
Las ramas húmedas golpeaban sus rostros mientras avanzaban.
El suelo era barro resbaladizo mezclado con piedras afiladas.
Cada paso podía terminar en una caída.
Cada sombra parecía esconder algo vivo.
La lluvia hacía que el aire oliera a tierra mojada y peligro.
Lía respiraba rápido.
Pero seguía avanzando.
La torre aparecía entre los árboles cada ciertos segundos.
Siempre arriba.
Siempre lejos.
Como una promesa imposible.
Como una amenaza.
Ragnar levantó una mano.
—Escuchen.
Todos se detuvieron.
Silencio.
Solo lluvia.
Solo viento.
Entonces…un crujido.
A la derecha.
Después otro.
Más cerca.
Kael giró lentamente la cabeza.
Sus ojos dorados brillaron en la oscuridad.
—Ya vienen.
Las sombras comenzaron a moverse entre los árboles.
Uno.
Tres.
Cinco.
Muchos más.
Los ojos amarillos aparecieron entre la niebla como brasas encendidas.
Lía sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.
El primer lobo salió de entre los arbustos.
Era enorme.
No completamente humano.
No completamente bestia.
Una forma híbrida.
Pelaje oscuro cubriéndole parte del cuerpo.
Garras largas.
Colmillos brillando bajo la lluvia.
Y hambre en los ojos.
—Cazadores de élite —gruñó Ragnar.
El lobo atacó de inmediato.
Kael lo interceptó antes de que alcanzara a Lía.
El choque fue brutal.
Ambos cuerpos se estrellaron contra un árbol.
La madera crujió.
Otro atacante apareció por la izquierda.
Ragnar lo golpeó directamente en el rostro.
El sonido del impacto retumbó entre el bosque.
Lía retrocedió.
Pero un tercer lobo cayó detrás de ella.
Demasiado rápido.
La garra le rozó el brazo.
El dolor ardió de inmediato.
Lía giró por instinto.
La daga antigua brilló.
La hoja atravesó el hombro del atacante.
El lobo rugió y cayó hacia atrás.
La luz lunar recorrió el metal.
Quemándolo desde dentro.
Lía respiró agitada.
Había sangre en sus manos.
Otra vez.
Kael giró apenas hacia ella.
Y por un segundo, incluso en medio de la pelea, apareció orgullo en su mirada.
—Bien.
Pero no había tiempo.
Más sombras descendían entre los árboles.
Docenas.
La montaña entera parecía despertar para detenerlos.
—¡Corre! —rugió Kael.
Los tres comenzaron a subir a toda velocidad.
Las ramas les golpeaban el rostro.
Las piedras resbalaban bajo sus pies.
Los aullidos detrás se multiplicaban.
Lía sentía que la montaña misma los perseguía.
La torre volvió a brillar.
Más fuerte.
La marca ardió otra vez.
Como si algo allá arriba estuviera respondiéndole.
Ragnar saltó sobre una roca alta.
—¡Por aquí!
El nuevo sendero era casi vertical.
Una pared inclinada llena de raíces y piedra mojada.
Kael subió primero.
Luego extendió la mano hacia Lía.
Ella intentó avanzar sola.
Pero el barro cedió bajo sus pies.
Resbaló.
Un grito escapó de su garganta.
Kael la sujetó de inmediato por la cintura.
La atrajo hacia él antes de que cayera montaña abajo.
Sus cuerpos chocaron.
La respiración de ambos se mezcló.
El rostro de Kael quedó demasiado cerca.
La lluvia corría por su piel.
Por sus labios.
Por sus ojos dorados clavados en ella.
—Te tengo —susurró.
El mundo desapareció por un segundo.
No había guerra.
No había montaña.
No había cazadores.
Solo esa mirada.
La forma en que la sostenía.
Como si soltarla no fuera una opción.
Lía sintió que el corazón se le aceleraba de otra manera.
Más peligrosa.
Más intensa.
Entonces un rugido salvaje rompió el momento.
Ambos giraron.
Una enorme sombra cayó frente a ellos.
El impacto hizo temblar las rocas.
Lía retrocedió.
El lobo era gigantesco.
Más grande que cualquier otro que hubieran enfrentado.
Pelaje negro empapado.
Músculos enormes.
Una cicatriz cruzándole el ojo izquierdo.
Y una presencia aplastante.
Ragnar endureció el rostro.
—No…
Kael lo reconoció enseguida.
La tensión le atravesó el cuerpo.
—Marek.
El enorme lobo mostró los colmillos.
—Hace tiempo esperaba este día.
Su voz era grave.
Monstruosa.
Los ojos amarillos se clavaron directamente en Lía.
—La heredera no subirá.
Kael avanzó de inmediato.
—Entonces tendrás que pasar sobre nosotros.
Marek soltó una carcajada salvaje.
—Eso pienso hacer.
El lobo atacó.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Kael recibió el primer golpe directamente en el pecho.
Salió despedido contra las rocas.
Ragnar se lanzó sobre Marek.
El choque entre ambos fue brutal.
Garras.
Colmillos.
Golpes.
Las piedras se partieron bajo ellos.
Lía retrocedió.
La daga brillaba en su mano.
Pero Marek era diferente.
Más fuerte.
Más salvaje.
Ragnar logró sujetarlo por el cuello.
Marek lo golpeó con una fuerza monstruosa y lo lanzó contra un árbol.
La madera explotó.
Kael volvió a incorporarse.
Respirando con dificultad.
La herida de plata ardía cada vez más.
Marek sonrió al verlo.
—Sigues débil.
Kael limpió la sangre de su boca.
—Y tú sigues hablando demasiado.
Se lanzó otra vez.
Esta vez ambos rodaron por el barro golpeándose brutalmente.
Lía observaba buscando una oportunidad.
Pero la velocidad de los dos era inhumana.
Marek golpeó a Kael directamente en la herida.
Kael rugió de dolor.
Lía sintió rabia.
Pura.
Violenta.
La marca comenzó a arder.
La energía plateada recorrió sus brazos.
Marek lo notó de inmediato.
Giró hacia ella.
Y sonrió.
—Ahí estás.
La forma en que la miró hizo que algo dentro de Lía cambiara.
Ya no era miedo.
Ya no.
Era furia.
Todo el camino había estado huyendo.
Escapando.
Sobreviviendo.
Pero estaba cansada.
Cansada de correr.
Cansada de que decidieran por ella.
Cansada de que intentaran arrebatarle todo.
La torre brilló detrás de los árboles.
La lluvia giró alrededor de ella.
La energía lunar comenzó a rodear sus manos.
Kael la vio.
—Lía…
Pero ella ya estaba avanzando.
Paso a paso.
Directo hacia Marek.
El enorme lobo mostró los colmillos.
—Por fin.
Lía levantó lentamente la daga antigua.
La hoja brilló como luz pura bajo la tormenta.
Sus ojos se clavaron en los de la bestia.
Y por primera vez habló como alguien nacida para mandar.
—Apártate de mi camino.
Marek rugió.
Y se lanzó sobre ella.
Lía no retrocedió.
La energía explotó alrededor de su cuerpo.
El bosque entero se iluminó de plata.
Kael abrió los ojos.
Ragnar también.
La montaña tembló.
El choque entre Marek y la energía lunar fue brutal.
Una onda de luz recorrió el bosque.
Los árboles se doblaron.
La lluvia salió despedida.
El enorme lobo rugió de dolor.
Lía mantuvo la daga en alto.
La marca brillaba como fuego bajo su piel.
La voz de la bestia lunar retumbó dentro de ella.
—La reina despierta.
Marek intentó avanzar otra vez.
Pero la energía lo golpeó directamente en el pecho.
El monstruoso lobo salió despedido contra las rocas.
El impacto hizo temblar toda la ladera.
Silencio.
Solo lluvia.
Solo respiraciones agitadas.
Marek intentó levantarse.
Pero esta vez había miedo en sus ojos.
Miedo real.
Lía caminó lentamente hacia él.
La energía plateada giraba alrededor de su cuerpo como una tormenta viva.
Kael la observó en silencio.
Había admiración en su mirada.
Pero también preocupación.
Porque cada vez que Lía usaba ese poder…parecía volverse algo más.
Algo antiguo.
Algo imposible de detener.
Marek retrocedió apenas.
Incrédulo.
—No…
Lía se detuvo frente a él.
La lluvia corría sobre su rostro.
Sobre la luz lunar de sus ojos.
Y habló con una voz que ya no parecía completamente humana.
—Dije que te apartaras.
La montaña entera quedó en silencio.
Y entonces…desde lo más alto de la cima…la torre lunar brilló con más intensidad que nunca.
Como si acabara de reconocerla una vez más.