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Hasta Que El Tiempo Se Rompa

Hasta Que El Tiempo Se Rompa

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Reencarnación / Vampiro
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Dania B

dioses, vampiros y amor

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capitulo 2: el precio de una sonrisa

Alfred no era de los que se quedaban a desayunar. En cuanto recuperó la conciencia y el ardor en su costado se volvió un latido soportable, se marchó. Un "gracias" seco fue todo lo que dejó antes de desaparecer en la bruma de la madrugada, dejando a Shion con una sensación extraña en el pecho y una mancha de sangre en el sofá.

Sin embargo, el silencio de su mansión le resultó insoportable esa noche.

Acostumbrado a que cada gesto en la familia Namikaze fuera una jugada de ajedrez, la imagen de Shion curándolo sin pedirle ni el apellido lo perseguía. Volvió al día siguiente, y al siguiente. Aparecía en la puerta de Shion con su ropa de diseñador, incómodo, serio, esperando que en cualquier momento ella le extendiera una factura o le pidiera un favor político.

—¿Qué es lo que realmente quieres? —le espetó Alfred una tarde, después de seguirla desde la escuela hasta su casa.

Shion se detuvo frente a su puerta y lo miró de reojo, notando su presencia desde hacía tres calles.

—Quiero que dejes de esconderte detrás de los arbustos. Das miedo —respondió ella con una naturalidad que lo dejó mudo—. No quiero nada de ti, Alfred. Entra si quieres té, o vete a tu casa.

Durante dos semanas, el muro de Alfred empezó a agrietarse. Entre las bromas pesadas de Mizuki y la calma de Minori, el "niño rico" empezó a soltarse. Descubrió que podía reír sin calcular quién lo escuchaba. Empezó a hablar de sus viajes, de cómo tocaba el piano para escapar de la realidad y de lo mucho que, muy en el fondo, admiraba la perfección inalcanzable de su hermano mayor, Usui.

El nido de víboras

Mientras tanto, en la mansión Namikaze, el aire se podía cortar con un cuchillo.

Yaquimura bajaba las escaleras con una elegancia impecable, pero su rostro era una máscara de irritación. Al pie de la escalera estaba Usui. Tenía la camisa desabrochada, el cabello revuelto y esa sonrisa sarcástica que tanto odiaba Yaquimura. Acababa de salir de su habitación con una de las sirvientas, y el olor a perfume y tabaco lo rodeaba.

—¿Buscando a nuestro hermano pequeño, Yaqui? —se burló Usui, apoyándose en la barandilla—. Ha estado saliendo mucho. Quizás encontró algo más interesante que tus lecciones de etiqueta.

Yaquimura lo ignoró, apretando los puños.

—Alfred ha faltado a sus clases de piano. Ha estado frecuentando un barrio que no está a nuestro nivel. Yo me encargaré de esto.

El choque de dos mundos

Yaquimura no era sutil. Investigó. Cerró el restaurante donde Minori trabajaba y, con una sola llamada, hizo que la policía detuviera a Mizuki bajo cargos falsos. Quería demostrarle a esa chica, Shion, que jugar con un Namikaze tenía un precio.

Esa tarde, Shion caminaba bajo la lluvia, con la cabeza martilleando por las pesadillas de alas cortadas y el dolor de tener a su hermano en una celda. Entonces, lo vio. Yaquimura la esperaba cerca de su casa, vestido con un traje que costaba más que toda la calle.

—Aléjate de mi hermano —dijo Yaquimura, extendiéndole un sobre lleno de billetes—. Considera esto una compensación por las molestias.

Shion ni siquiera miró el dinero. Siguió caminando, rozando el hombro de Yaquimura.

—Quédate con tu papel. No puedes comprar lo que no entiendes.

La paciencia de Yaquimura se rompió. La sujetó del brazo y la pelea estalló. No fue una batalla de técnicas ninja complejas, fue algo crudo y emocional. Yaquimura lanzaba golpes cargados de un odio que no era para ella, sino para su propia soledad.

—¡¿Por qué?! —gritó él, lanzando un puñetazo que Shion no esquivó. El golpe impactó en su hombro, pero ella no retrocedió—. ¡Él sonríe contigo! ¡Conmigo solo tiene silencios!

En lugar de devolver el golpe, Shion dio un paso adelante y lo rodeó con sus brazos. Un abrazo firme, casi forzoso. Yaquimura se quedó rígido, intentando zafarse, pero ella era como una raíz de hierro.

—Porque tú lo ves como un Namikaze —susurró Shion al oído del chico que temblaba de rabia—. Yo solo veo a Alfred. Y a ti... a ti nadie te ha dicho que está bien dejar de ser perfecto un momento, ¿verdad?

Yaquimura se detuvo. Sus manos, que antes eran puños, cayeron a los lados. Se quedó quieto, procesando un calor que no había sentido nunca en su fría mansión.

La verdad sale a la luz

Tres días después, Alfred se escapó de su castigo y corrió a casa de Shion. La encontró con moretones y cortes, herencia de su pelea con Yaquimura.

—¿Qué te pasó? —preguntó Alfred, aterrado.

—Tu hermano tiene una mano pesada —bromeó ella débilmente.

Esa misma tarde, Yaquimura llegó a la casa. No venía a pelear. Venía a pedir perdón. Al entrar, encontró a Alfred ayudando a Shion. El silencio fue pesado, pero Minori, con una sabiduría que superaba cualquier título nobiliario, simplemente puso dos tazas de té sobre la mesa.

—Siéntense —dijo Minori—. Si van a ser amigos de mi hermana, al menos aprendan a tomar el té sin querer matarse.

Durante esa semana, los Namikaze fueron visitantes frecuentes. Aprendieron que en esa casa pequeña se podía ser real. Hasta que un día, entre tazas de té y risas, Alfred soltó la bomba:

—Somos ninjas del JNC. Y creo que estamos en problemas.

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