Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
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Bikini Verde y La Rosa de la Perdición...
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El sol ardía con ferocidad sobre la mansión cuando Luke recibió la orden de posicionarse en la piscina. Asintió con una breve inclinación de cabeza, ajustando el cuello de su camisa blanca bajo el saco negro, y salió de la casa de seguridad con paso firme. El césped del jardín trasero crujió bajo sus zapatos de cuero, el aroma de hierba recién cortada mezclándose con el olor a cloro de la piscina que se acercaba.
Al llegar al perímetro del área de la piscina, su respiración se detuvo por un instante.
Ophelia estaba sola en la orilla, sentada en el borde de la piscina con las piernas sumergidas en el agua azul turquesa. Vestía un bikini de color verde esmeralda que contrastaba con su piel pálida y luminosa, pero sobre él llevaba una falda corta de lino blanco que cubría sus caderas y muslos, dejando al descubierto solo su abdomen tonificado, su cintura delicada y los hombros y brazos esbeltos que se curvaban con gracia cuando movía las manos en el agua. Su cabello rubio ceniza caía en mechones húmedos sobre sus espaldas, y su rostro, iluminado por la sonrisa más radiante que Luke hubiera visto jamás, parecía estar hecho de luz y alegría.
Era una visión que desafiaba toda su moralidad y ética. Su entrenamiento le había enseñado a mantener la distancia, a ver a sus cargos como meros puntos de protección, pero en ese instante, la belleza de Ophelia desarmó cada una de sus defensas. Se posicionó en la sombra de un pino alto, sus ojos escaneando el perímetro con la habitual precisión, pero su atención se desviaba constantemente hacia ella —cómo se movía, cómo reía con la brisa, cómo las gotas de agua brillaban en su piel como diamantes esparcidos por la nieve.
No pasó mucho tiempo antes de que Declan Beaufort llegara al jardín, su presencia imponente y sus movimientos demasiado seguros de sí mismo. Luke observó cómo el hombre se acercaba a Ophelia, cómo sus manos se posaban en su espalda con una familiaridad que no correspondía a la distancia profesional que Luke consideraba adecuada. Cómo se inclinaba demasiado cuando hablaba, cómo sus dedos rozaban la piel de su brazo como si fuera un acto casual, pero que Luke percibió como una invasión calculada.
Una ola de irritación caliente recorrió su cuerpo, tan intensa que tuvo que cerrar los ojos por un instante para recuperar el control. Sabía que no era nadie para interceder, que su rol era el de protector, no el de juez de sus relaciones sociales. Pero algo en la actitud de Declan despertaba en él una furia primitiva, una necesidad de poner distancia entre ese hombre y la mujer que estaba encargado de cuidar.
La tarde se volvió insoportable cuando apareció el otro hombre. Adrian Whitmore era alto, delgado, con el cabello rubio dorado peinado con esmero y ojos grises que parecían evaluar todo a su alrededor. Era la pareja de Ophelia, como le habían dicho, y su comportamiento era aún más provocador: se coló detrás de ella mientras hablaba con sus amigos, sus manos en su cintura, sus labios cerca de su oído, sus movimientos cargados de una sensualidad que parecía estar diseñada para llamar la atención.
Luke sintió cómo su mandíbula se apretaba hasta sentir el dolor en las sienes. Una sirvienta joven se acercó a él con una bandeja de limonada, su rostro sonriente y amable.
—¿Le gustaría algo para beber, señor Easton? —preguntó con voz suave.
Luke aceptó el vaso con agradecimiento, siquiéndose el líquido frío y dulce que al menos lograba calmar un poco la sequedad en su garganta. Conversó con la chica de manera distraída, preguntándole sobre su trabajo en la mansión, pero sus ojos nunca abandonaron a Ophelia, siguiendo cada movimiento, cada gesto, cada sonrisa forzada que la joven dirigía a su pareja.
Fue entonces cuando escuchó el alboroto.
Declan había saltado sobre Ophelia con una carcajada estridente, cargándola por la cintura antes de que ella pudiera reaccionar. Luke vio cómo su rostro se llenaba de sorpresa y algo que parecía ser miedo —ella no quería entrar en el agua, eso era evidente— antes de que ambos se precipitaran al agua con un chapoteo ensordecedor.
El vaso de limonada se deslizó de su mano, rompiéndose en mil pedazos sobre el césped. Sin pensarlo dos veces, Luke se lanzó hacia la piscina con una rapidez que dejaba en evidencia su entrenamiento militar. Los segundos que tardó en llegar a la orilla parecieron una eternidad, sus músculos tensos como cuerdas listas a romperse.
Ophelia se había sujetado a la escalera metálica de la piscina, tosiendo con fuerza mientras el agua salía de sus pulmones. Su falda blanca se había adherido a su cuerpo, transparente por el agua, y el bikini verde resaltaba cada curva de su figura con una claridad que Luke intentaba ignorar pero que se grababa en su mente con una intensidad dolorosa.
—¿Está bien? —preguntó, su voz más áspera de lo que había planeado, agachándose en la orilla.
Ella apenas pudo asentir, su cuerpo temblando ligeramente mientras seguía tosiendo. Sin permitir que ella respondiera, Luke pasó sus manos por debajo de sus axilas con cuidado pero firmeza, levantándola del agua con una facilidad que revelaba su fuerza contenida. La colocó delante de él, sujetándola por los hombros mientras sus ojos escaneaban su cuerpo en busca de daños —rasguños, moretones, cualquier señal de que algo no estaba bien.
—Estoy… estoy bien —susurró Ophelia, sus labios temblando por el frío o por la emoción—. Solo fue un juego, Luke. Declan siempre es así.
Luke no respondió. En ese momento, Adrian Whitmore se acercó con paso rápido, su expresión preocupada pero con un brillo de posesividad en sus ojos grises.
—Ophelia, cariño, ¿te has hecho daño? —preguntó, intentando acercarse a ella.
Luke levantó la vista hacia él, y la mirada que le dirigió era tan fría y cargada de ira que el hombre se detuvo en seco. No necesitó decir nada; su presencia hablaba por sí misma, una muralla de protección que nadie podía cruzar sin permiso.
Sin decir palabra más, Luke cargó a Ophelia en sus brazos con la misma facilidad con la que habría levantado un arma pesada. Ella se aferró a su cuello por instinto, sus manos pequeñas y frías presionándose contra la piel de su cuello expuesto, y Luke sintió cómo una corriente eléctrica recorría su cuerpo desde el punto de contacto hasta la médula espinal.
La llevó hasta una zona apartada de la casa, una pequeña sala de descanso con ventanales que daban al jardín pero que permanecía fresca y oscura. La sentó sobre una mesa de madera pulida, apoyándola con cuidado mientras continuaba revisando su estado.
—Estoy bien, realmente —insistió Ophelia, pero su voz temblaba ligeramente—. Solo me entró agua por la nariz.
Luke no la escuchó. El ambiente en la habitación se había vuelto hostil e íntimo al mismo tiempo, cargado de una tensión que parecía palpable en el aire. Se inclinó hacia ella para ver mejor su rostro, y en ese instante, el perfume sutil de Ophelia —jazmín, almizcle y un toque de melocotón maduro— envolvió sus sentidos con una fuerza abrumadora.
Las gotas de agua recorrían su cuerpo como ríos diminutos, trazando caminos por sus curvas sutiles, resaltando la delicadeza de sus hombros, la firmeza de sus pechos, la suavidad de su abdomen. Y entonces, justo en el borde de su cadera, donde la tela del bikini se unía con la piel mojada, vio algo que le robó el aliento: un pequeño tatuaje de una rosa silvestre, con pétalos finos y delicados que parecían haber sido dibujados directamente sobre su piel.
La imagen se quemó en su mente como un sello de fuego. Sus pensamientos, que hasta entonces había mantenido bajo control férreo, comenzaron a desbordarse —imágenes, sensaciones, deseos que no tenía derecho a sentir. Sintió cómo la sangre se precipitaba hacia sus sienes, cómo su respiración se volvía más rápida y agitada, cómo la necesidad de tocarla, de sentir la piel mojada bajo sus dedos, se volvía casi insoportable.
Con un esfuerzo titánico, se alejó de ella hasta que la distancia entre ellos era suficiente para recuperar el control. Se giró hacia la ventana, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba expulsar de su mente la visión de aquella rosa en su cadera, el aroma de su perfume, la sensación de su cuerpo en sus brazos.
—Quédese aquí hasta que se seque —dijo, su voz tan grave y controlada que apenas se reconocía a sí mismo—. Enviaré a alguien a traerle ropa seca. No vuelva a la piscina hoy.
Sin esperar una respuesta, salió de la habitación con paso rápido, cerrando la puerta con cuidado detrás de él. Se apoyó contra la pared del pasillo, luchando por recuperar la compostura que hasta entonces le había caracterizado. Sabía que había cruzado una línea —que sus sentimientos por Ophelia habían pasado de la simple protección profesional a algo mucho más peligroso, algo que podría poner en riesgo su trabajo, su honor y, lo que era más importante, la seguridad de la mujer que había jurado cuidar.
Pero en su interior, en el lugar más profundo y oscuro de su ser, sabía que ya no podía volver atrás. Que la rosa en la cadera de Ophelia Montgomery se había convertido en un faro en la oscuridad de su existencia, una promesa de belleza y dolor que estaba dispuesto a seguir, aunque eso significara quemarse en el intento.