se trata sobre una joven de 25 años que sufre al lado de su madre maltratos y abusos hasta que finalmente fallece por una enfermedad terminal y renace en su novela favorita como la villana de la historia
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capítulo 19
Después de caminar varias horas por el pasillo del palacio finalmente llegan a su habitación matrimonial que estaba impregnada de una calidez.
La habitación se sumergió en un silencio cargado de electricidad, donde solo el crujir de la leña y el pulso acelerado de ambos marcaban el ritmo. La luz de la luna, plateada y fría, se filtraba por los ventanales, perfilando la imponente silueta de Hades mientras se giraba hacia ella.
—Este espacio es tanto tuyo como mío, Elizabeth. Sé que el día ha sido agotador —dijo él con una voz que buscaba ser el refugio que ella necesitaba. Se inclinó y le dio un beso en la frente, un gesto cargado de una ternura solemne—. Así que descansa, yo estaré en mi oficina.
Pero Elizabeth no estaba dispuesta a dejar que la noche terminara en soledad. Con un movimiento ágil y decidido, lo acorraló contra el poste tallado de la cama, acortando cualquier distancia de seguridad.
—Un momento... ¿Me vas a dejar sola en nuestra noche de bodas? —le espetó ella, clavando sus ojos en los de él con un brillo desafiante—. No me digas que te da vergüenza, Hades, después de que querías llegar más lejos de un beso en el jardín de mi familia —añadió con un descaro que hizo que el aire entre ambos se volviera denso.
Hades dejó escapar una risa ronca, una vibración profunda que delataba que su autocontrol acababa de romperse por completo. Su mano subió por la nuca de Elizabeth, enredando los dedos en su cabello con una urgencia contenida.
—¿Vergüenza? —susurró él, su aliento rozando el lóbulo de su oreja—. Confundes mi respeto con debilidad, esposa mía. Si supieras lo que me ha costado mantenerme a distancia hoy, no me tentarías de esta manera.
Sin esperar respuesta, la atrajo hacia sí y la empezó a besar apasionadamente, un beso que sabía a libertad y a un deseo largamente reprimido. Sus manos bajaron firmes por su espalda, reclamando cada centímetro de su piel.
Con una fuerza elegante, la levantó en vilo y la recostó suavemente en la suave cama de seda, siguiendo sus labios sin perder el contacto ni un segundo. Se situó sobre ella, apoyando su peso en los codos para observarla bajo la luz lunar, con una mirada que prometía que esa noche, Elizabeth no solo recuperaría su hogar, sino que descubriría que el fuego de Hades era el único capaz de protegerla para siempre.
El sol de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas de lino, bañando la habitación con un tono dorado y pacífico. Elizabeth abrió los ojos lentamente, sintiendo una calidez en el pecho que no recordaba haber experimentado en años. Por un momento, se quedó inmóvil, disfrutando del silencio. Sin embargo, en cuanto intentó impulsarse para incorporarse y salir de las sábanas de seda, su cuerpo le envió una señal inmediata.
Un fuerte dolor punzante en las caderas y la espalda la hizo soltar un pequeño gemido y dejarse caer de nuevo contra las almohadas. No era un dolor de enfermedad, sino la respuesta física a la intensidad de la noche anterior; sus músculos, tensos por meses de estrés y la reciente agitación, protestaban ante el más mínimo movimiento.
Elizabeth se quedó mirando el techo tallado, con las mejillas encendiéndose en un rubor profundo al recordar la pasión con la que Hades la había reclamado. Cada fibra de su cuerpo parecía llevar la huella de sus manos y de la fuerza con la que él la había sostenido.
Al girar la cabeza con cuidado, notó que el lado de la cama de Hades estaba vacío, aunque el calor aún persistía en las telas. Antes de que pudiera intentar levantarse de nuevo, escuchó el sonido suave de la puerta de la habitación abriéndose.