Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
** Todas novelas independientes **
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Jane
Cuando Otis cumplió un mes, la duquesa decidió que ese día no pasaría como cualquier otro.
No era una gran celebración, ni una que el ducado anunciara con trompetas, pero para quienes habían contado cada respiración del pequeño, aquel mes era una hazaña digna de recordarse. Cora mandó a preparar un pastel pequeño, sencillo, sin ostentación, cubierto apenas con una capa fina de crema clara y una vela diminuta en el centro.
En la habitación, el ambiente era distinto.
Más liviano.
Tracy sostenía a Otis con cuidado, observando cómo su pecho subía y bajaba con un ritmo que, aunque aún frágil, ya no parecía tan ajeno. Un mes. Treinta días de noches en vela, de miedo, de magia medida con precisión, de esperanza contenida.
—Un mes… —murmuró Tracy, incrédula—. Lo lograste.
Cora sonrió al escucharlo y entró cargando a Jane.
La pequeña estaba a semanas de cumplir un año y era, sin lugar a dudas, una copia exacta del duque Jason. El mismo color de ojos. La misma expresión seria… solo que en versión diminuta y mucho más peligrosa.
Jane observó la habitación con autoridad absoluta.
Y luego miró a su padre.
Jason, que estaba de pie junto a la mesa, se tensó de inmediato.
—¿Qué ocurre? —preguntó, casi en posición de firmes.
Jane no dijo nada. No lo necesitaba. Lo miró.
Un segundo después, Jason ya estaba acercando una silla.
—Así está bien, ¿no? —dijo, acomodándola para que Cora pudiera sentarse con más comodidad.
Tracy tuvo que morderse el labio para no reír.
—Es impresionante.. Tiene su misma cara… y su mismo efecto.
Cora sonrió con orgullo.
—Definitivamente es hija mía.
Colocaron el pastel sobre la mesa. No hubo canciones ni discursos largos. Solo un silencio respetuoso, cargado de significado. Cora encendió la vela y, por un instante, todos miraron la pequeña llama.
—Por Otis —dijo la duquesa—. Porque siga respirando… y creciendo.
Tracy asintió.
—Y porque nunca vuelva a estar solo.
Jason levantó apenas su copa, serio, pero con algo distinto en la mirada.
—Por la vida —añadió.
Jane golpeó la mesa con la manito, como si aprobara oficialmente el brindis.
El pastel se repartió en porciones pequeñas. Jane intentó agarrar la crema con los dedos, Jason intentó impedirlo y fracasó estrepitosamente cuando su hija lo miró otra vez. Tracy observó la escena con una sonrisa suave, sintiendo por primera vez que aquel lugar, marcado por el dolor, también podía albergar algo parecido a la alegría.
Otis dormía, ajeno a la celebración, pero presente en cada gesto.
Un mes.
No era el final de la historia.
Pero era un comienzo.
Mientras Oliver había permanecido en silencio durante toda la pequeña celebración.
Se mantenía a un lado, con la copa entre las manos, observando sin intervenir, como si aún no supiera muy bien qué lugar ocupar en una escena donde la vida insistía en avanzar sin pedir permiso. Sus ojos, cansados y hundidos, seguían cada movimiento de Otis, cada gesto de la duquesa, cada risa breve que escapaba de Tracy.
Cuando Jane estiró la mano y hundió los dedos en el pastel, Oliver alzó apenas una ceja.
—Jane… no —advirtió el duque Jason con voz firme, señalando con el dedo—. Eso no.
Jane lo miró.
No fue una mirada infantil. Fue exactamente la misma que usaba su madre cuando decidía algo.
Jason sostuvo la mirada un segundo… dos…
Y perdió.
La pequeña avanzó sin piedad y estampó la mano llena de crema contra la ropa impecable del duque. Una mancha blanca se extendió sobre la tela oscura.
El silencio duró apenas un latido.
Y entonces, Oliver sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi tímida, pero auténtica. La primera que Tracy le veía desde que lo conoció. No dijo nada, no rió en voz alta, pero algo en su expresión se aflojó, como si por un instante el peso que llevaba en el pecho hubiera cedido.
Jason bajó la vista hacia su ropa, manchada.
Luego miró a Jane.
Y, para sorpresa absoluta de Tracy… sonrió.
No fue una sonrisa amplia ni relajada, pero estuvo ahí. Real. Visible.
Jane, alentada, volvió a mancharlo.
—¡Jane! —reprendió Cora, llevándose una mano a la frente—. No.
La pequeña giró la cabeza, la observó apenas un segundo… y luego volvió a mirar a su padre, buscando refugio.
Jason no dudó. La tomó en brazos y la abrazó con fuerza, protegiéndola como si fuera un escudo viviente.
—Está bien —dijo con voz baja—. Está bien.
Cora suspiró, resignada.
—Eres imposible —le dijo a su esposo.
Tracy observaba la escena con una sonrisa abierta, incapaz de ocultarla.
Nunca había visto al duque sonreír. Nunca lo había visto ceder así. Y mucho menos lo había imaginado cubierto de crema, siendo regañado por su esposa mientras abrazaba a su hija como si fuera lo más valioso del mundo.
[Este hombre parece que siempre quiere matar a alguien…y míralo ahora.]
Oliver bajó la mirada, aún con esa leve sonrisa, y por primera vez en mucho tiempo, respiró sin dolor.
La vida no había sanado todo.
Pero en ese pequeño instante, entre risas contenidas, pastel manchado y un duque derrotado por una niña de menos de un año, algo se había vuelto un poco más liviano.