"Cuatro esposos, cuatro muertes misteriosas, una viuda sospechosa. El detective Eduardo Rizzo se infiltra en la vida de Julieta Vera, la enamora y se casa con ella. Pero cuando la verdad sobre su investigación salga a la luz, ¿podrá su amor sobrevivir al peligro y la traición?"
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Capítulo 22
«Los cuidados de Eduardo»
Julieta no entendía por qué le hicieron ese atentado; aún no comprendía que estaba en peligro. Justo ese día les había dicho a sus escoltas que se adelantaran a Uribelarrea, y solo quedó a cargo de dos de ellos que, como siempre, la seguían a una distancia prudente.
―Eduard, ¿y mis escoltas como están? Ellos venían detrás de mí en su moto, no se si se chocaron también. ―Julieta pregunta preocupada.
―Tranquila, Julieta, ellos se encuentran bien. —Eduardo la tranquiliza, pero en realidad es que los dos escoltas están detenidos y siendo interrogados, pues no detectaron la amenaza que venía hacia Julieta. Y luego del accidente se quedaron sin hacer nada para ayudarla; por eso Eduardo dio la orden de que fueran detenidos y él mismo les haría el interrogatorio.
Se despidió de Julieta para ir a hacer esa diligencia en la comisaría, no sin antes reiterarle su compromiso de ir el lunes a leerles a los niños de la fundación.
Una vez en la comisaría, los dos chicos que se encontraban muy nerviosos, negaron que hayan tenido algo que ver con el atentado a Julieta. Ellos llevaban seis años cuidando a su jefa, por orden del difunto Dante Rinaldi y debían darle cuentas a su hermano. No iban a ser tan tontos de hacer algo por su propia cuenta o por la orden de alguien diferente, entonces ya con esto hay un nuevo sospechoso en la lista: Guido Rinaldi.
Esa tarde la fueron a visitar a Julieta, Betty, Florecita y Maribel. Las tres mujeres estaban muy preocupadas por lo que le pasó a su amiga y se ofrecieron a cuidarla todos los días. Pero Julieta solo aceptó por el fin de semana, argumentando que en la semana necesita a Janna (Betty) en la empresa, a Florecita en la fundación y a Maribel concentrada en sus estudios.
Llega el lunes y ya todos siguen con su rutina, y Julieta no ha podido convencer a Alfonso, su padre, para que se regrese al pueblo.
―Papá, no te preocupes por mí. No puedes descuidar la tienda, ni a los abuelos. Vete, que acá las enfermeras me cuidan y ya contraté a un equipo para que lo hagan cuando me den el alta médica ―Con eso esperaba Julieta darle tranquilidad a su papá, pero no había poder humano que lo convenciera.
―Don Alfonso, hágale caso a su hija, y para que esté más tranquilo, yo me quedo cuidándola. ―Julieta se sorprende ante el ofrecimiento de Eduardo que en ese momento entraba a la habitación.
―Eduard, ¿y tu trabajo? Ya llevas muchos días de retraso en la instalación de la concesionaria. ¿Y tus negocios en Córdoba?, llevas un mes fuera de la ciudad. ―A Julieta no le cabe en la cabeza que ese hombre esté tan tranquilo en Buenos Aires teniendo su negocio en otra ciudad, pero para nada le disgustó la idea de que él la acompañe.
―No te preocupes por eso, Julieta. Tengo a personas muy capacitadas trabajando para mí, por eso estoy tan relajado. Y la concesionaria; ya los autos vienen en camino, creo que la próxima semana están llegando al puerto.
Ya con esta explicación, Julieta quedó más tranquila. Ella no trabaja de esa manera, pues se volvió muy desconfiada en dejar a cargo a alguna persona de sus negocios. Y esto es lo que más le preocupa en estos momentos. ¿Quién se hará cargo de sus negocios mientras esté incapacitada?
Eduardo lo notó y le preguntó, y Julieta le explicó qué era lo que la preocupaba.
―Para que estés más tranquila, el próximo fin de semana viajo a Bariloche, El Calafate y Ushuaia, y verifico cómo van las obras. —Eduardo se comprometió a hacer ese viaje.
―Ay, Eduard, gracias. La verdad es que no tengo a quién más acudir. ―Y es verdad, Julieta no se relaciona con nadie, y no conoce a alguien que le genere confianza, por eso todo lo hace ella sola.
―No te preocupes, yo me encargo. ―Y así Eduardo pasó de socio de Julieta a cuidador y mano derecha de ella.
Esa tarde Eduardo se dirigió a la fundación. Cuando pasó al área de la guardería, los niños lo miraban extrañados y reacios a acercarse a él.
―Hola, niños, mi nombre es Eduard, pero me pueden llamar tío Eddie. La tía Juli está enfermita y no podrá leerles el cuento en unas semanas, así que me envió a mí para que la reemplazara Espero que lo haga parecido a como les lee Juli. ¡¡¡Así que listos!!! Vamos a la sala de lectura.
Los niños, no muy convencidos, siguieron a Eduardo, mientras que algunos preguntaban preocupados a él o a Florecita por la tía Juli, que si se encontraba bien.
Una vez en la sala de lectura, Eduardo se sentó en donde se sienta Julieta cuando les va a leer a los niños y abrió el libro en la página que le indicó en que iban.
🫅🏻 «El siguiente planeta estaba habitado por un bebedor. Esta visita, aunque muy corta, sumió al principito en una gran melancolía.
—¿Qué haces ahí? —preguntó al bebedor que estaba sentado en silencio frente a un gran número de botellas vacías y otras tantas llenas.
—¡Bebo! —respondió el bebedor con aire sombrío.
—¿Por qué bebes? —volvió a preguntar el principito.
—Para olvidar.
—¿Para olvidar qué? —investigó el principito sintiendo compasión.
—Para olvidar que siento vergüenza —confesó el bebedor agachando la cabeza.
—¿Vergüenza de qué? —volvió a preguntar el principito, deseoso de ayudarle.
—¡Vergüenza de beber! —concluyó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio.
Y el principito, turbado, se alejó diciendo: No hay la menor duda: las personas mayores son muy, muy extrañas…»
Así siguió Eduardo leyendo, cambiando las voces cuando hablaba el principito y cuando hablaba el borracho. Esto hizo que los niños le prestaran atención a lo que leía.
Este día hizo que Eduardo se sintiera tan bien como no lo hacía en mucho tiempo. La paz que había perdido, fue encontrada en esos seres inocentes que se deleitaron en un acto tan sencillo como lo es leerles un cuento.
―¡Adiós, tío Eddie! ―Se despidieron de él en coro y dándole muchos abrazos. Hasta la pequeña Luna le dio un beso baboso.
―Tititi ti. ―Decía la tierna bebé.
Eduardo no veía la hora de que fuera miércoles para ir de nuevo a la fundación a leerles a los niños.
Ese martes llegó temprano al hospital para cuidar a Julieta; esta ya estaba bañada y las enfermeras la tenían sentada en una silla para empezar a movilizarla, pero esto le había causado mucho dolor a pesar de los calmantes qué le suministran.
Al verla, Eduardo supo que estaba con dolor y rápidamente se acercó a las enfermeras.
―Señoritas, ¿no ven que ella tiene dolor? Debieron esperar a que yo llegara para movilizarla. ―Eduardo las regañó y las dos enfermeras, después de disculparse, salieron casi corriendo de la habitación.
―Eduardo, no debiste hablarles así. Ellas solo hacen su trabajo. ―Julieta lo reprende y Eduardo hace cara de cachorro regañado.
―Lo siento, Julieta. Es que me da angustia verte así adolorida. Has pasado por mucho y no es justo. —Eduardo en realidad está preocupado; en esta ocasión no es actuación de su papel de detective, en realidad se preocupa por Julieta.
Tomó unas almohadas y las puso en la espalda de Julieta, cerciorándose de que haya quedado bien cómoda.