Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Las Cosas Que Sí Importan”
📖 CAPÍTULO 18
“Las Cosas Que Sí Importan”
La madrugada se sentía extrañamente tranquila.
Como si la ciudad estuviera cansada también.
Nicolás iba mirando por la ventana del carro mientras Julián manejaba en silencio.
Las luces pasaban lentas.
Borrosas.
Lejanas.
Y él no podía dejar de pensar en una sola frase:
"Ya no estamos hablando de algo lejano."
El médico la dijo tranquilo.
Profesional.
Pero esas palabras…
le habían cambiado el mundo.
Antes la enfermedad era una sombra.
Ahora…
era una cuenta regresiva.
Julián estacionó frente a la casa.
Apagó el carro.
Pero ninguno se bajó de inmediato.
Silencio.
Del pesado.
—¿Va a decirle a su mamá? —preguntó Julián finalmente.
Nicolás tardó en responder.
—No sé cómo.
—Con la verdad.
Nicolás soltó una risa pequeña.
Sin humor.
—La verdad últimamente me está destruyendo la vida.
Julián lo miró serio.
—No.
Pausa.
—La mentira fue la que se la dañó durante años.
Golpe limpio.
Y otra vez…
tenía razón.
Nicolás bajó la mirada.
Qué cansancio daba empezar a entender todo tarde.
—Descanse un rato —dijo Julián—. Mañana piensa mejor.
Nicolás asintió.
Pero sabía que no iba a dormir.
Entró a la casa despacio.
Todo estaba oscuro.
Silencioso.
Hasta que vio una luz encendida en la cocina.
Su mamá.
Dormida sobre la mesa.
Esperándolo.
El pecho se le apretó.
No por la enfermedad.
Por amor.
Se quedó quieto mirándola unos segundos.
Había algo devastador en eso.
En darse cuenta de cuántas veces ella estuvo ahí…
mientras él estaba perdido en otras cosas.
Se acercó despacio.
—Ma…
Ella despertó de inmediato.
Asustada.
—¿Nicolás?
Lo vio.
Y enseguida notó la cara.
—¿Qué pasó?
Ahí estaba otra vez.
La verdad.
Esperando salir.
Nicolás se sentó frente a ella lentamente.
Y por primera vez desde que todo empezó…
se sintió como un niño.
Asustado.
—Me hicieron más exámenes…
Su mamá no habló.
Solo lo miró.
Esperando.
—Y estoy empeorando.
Silencio total.
Ella bajó la mirada.
Cerró los ojos apenas.
Como si necesitara un segundo para sostenerse.
Nicolás sintió ganas de retirar las palabras.
Pero ya era tarde.
—¿Qué dijeron exactamente? —preguntó ella con la voz baja.
—Que el corazón se está deteriorando más rápido.
La mano de su mamá tembló apenas sobre la mesa.
Y eso…
le rompió algo por dentro.
Porque toda la vida creyó que ella era fuerte para todo.
Y ahora estaba viendo el miedo en sus ojos.
—Pero todavía estoy aquí —dijo rápido—. Todavía puedo hacer cosas.
Ella levantó la mirada.
Y esa mirada…
lo destruyó.
Porque estaba llena de amor.
Y de terror.
—Mi hijo… —susurró.
Nicolás tragó saliva.
Ella se levantó.
Rodeó la mesa.
Y lo abrazó fuerte.
Como cuando era pequeño.
Y él…
por fin dejó de sostenerse.
Las lágrimas llegaron solas.
Silenciosas.
Porque estaba cansado.
Muy cansado.
—No quiero dejarla sola… —dijo con la voz rota.
Su mamá cerró los ojos fuerte.
—No piense en eso.
—Pero sí pienso.
Pausa.
—Todo el tiempo.
Ella le sostuvo la cara entre las manos.
—Escúcheme bien.
Nicolás levantó la mirada.
—Usted no se me va a morir antes de vivir de verdad.
Golpe directo al alma.
Porque eso era exactamente lo que sentía.
Que apenas ahora estaba entendiendo la vida.
Y podía perderla.
Su mamá respiró profundo.
Intentando ser fuerte.
—¿Sabe qué quiero yo?
Nicolás negó despacio.
—Quiero verlo tranquilo.
Pausa.
—Quiero verlo feliz aunque sea un poquito.
Las lágrimas volvieron a subirle.
Porque toda la vida creyó que necesitaba plata, fiesta, ruido, gente…
Y al final…
lo único importante era esto.
Un abrazo.
Una casa.
Alguien esperándolo despierto.
Qué cosa tan simple.
Y qué difícil le había quedado entenderlo.
Más tarde…
Nicolás estaba sentado en su cuarto.
Con la lista en las manos.
La leyó completa otra vez.
Arreglar lo de mi mamá
Decirle la verdad a Valeria
Dejar de vivir como un imbécil
No morirme solo
Hacer que algo valga la pena
Dejar de esconderme
Respiró profundo.
Y agarró el esfero.
Escribió otro punto.
Aprender a quedarme.
Se quedó mirando la frase.
Porque toda su vida había sido experto en irse.
De lugares.
De personas.
De sentimientos.
Y tal vez…
amar de verdad era exactamente lo contrario.
Quedarse.
Aunque diera miedo.
Aunque doliera.
El celular vibró.
Valeria.
"¿Está despierto?"
Nicolás sonrió apenas.
"Sí."
Pasaron pocos segundos.
"¿Puedo verlo mañana?"
El corazón le golpeó fuerte.
Todavía.
A pesar del miedo.
A pesar de todo.
"Claro."
Tres puntos aparecieron.
"Tengo miedo…"
Esa frase…
le apretó el pecho más que cualquier diagnóstico.
Porque él también lo tenía.
Mucho.
Pero respondió:
"Yo también."
Y después de unos segundos…
otro mensaje apareció.
"Entonces no me deje sentirlo sola."
Nicolás cerró los ojos.
Y entendió algo importante.
Tal vez el amor no era salvar a alguien.
Tal vez era simplemente acompañarlo mientras todo se caía.
Y por primera vez en días…
el miedo no se sintió tan vacío.
Porque ahora…
ya no estaba solo dentro de él.
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