Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 17: Lo que no se toca
Todo volvió o eso parece.
El timbre suena a la misma hora.
Los estudiantes caminan igual.
Los salones se llenan.
Los pasillos respiran normal.
Demasiado normal.
Como si nada hubiera pasado.
Como si las muertes… no hubieran dejado huella.
Pero sí dejaron.
Solo que no se ve.
Se siente.
En el aire.
En las pausas.
En las miradas que se evitan.
Nuevo director.
Nueva cara.
Nueva voz.
Mismas paredes.
Mismos secretos.
Y nosotros…
seguimos aquí.
Yo limpio.
Como siempre.
El trapeador se arrastra lento.
Pero ya no soy el mismo.
Algo cambió.
No afuera.
Adentro.
—Te gusta… —susurra la voz.
Cierro los ojos un segundo.
—No.
—Sí.
Daniela.
Siempre Daniela.
—La miras diferente.
—No.
—La buscas.
Silencio.
Aprieto el palo del trapeador.
—Es parte del trabajo.
Risa.
Suave.
Molesta.
—Claro…
Pausa.
—Por eso sabes a qué hora sale.
—Por eso sabes dónde se queda más tiempo.
—Por eso la esperas.
Trago saliva.
—No la espero.
—La deseas.
Silencio.
Pesado.
—Cállate.
—No puedes confiar en ella.
Esa frase lo cambia todo.
Me pone a pensar a dudar de ella.
—¿Por qué?
—Porque es como tú.
Pausa.
—O peor.
El pasillo se siente más frío.
—Ella mata.
—Tú también.
Silencio.
—Ella no es lo que dice ser.
—Tú tampoco.
Respiro hondo.
—No la conoces.
—Tú tampoco.
Un silencio, largo.
—Te va a romper.
—Ya estoy roto.
—Más.
Esas palabras … se queda.
—Aléjate.
—No.
—Aléjate.
—No puedo.
Silencio.
—Entonces te va a doler.
Cierro los ojos.
Y por primera vez… no niego.
Ella está en su oficina.
Sola.
Como siempre.
Pero no tranquila.
Nunca lo está.
Se sienta.
Mira el escritorio.
Pero no ve nada.
Porque está pensando.
En él.
—Otra vez… —susurra.
La voz aparece.
No igual.
No clara.
Pero está.
—No deberías.
Ella aprieta los dedos.
—No es eso.
—Sí es eso.
Silencio.
—Es un riesgo.
—Todo lo es.
—Él no está bien.
—Yo tampoco.
Pausa.
—Eso no lo hace seguro.
Ella respira lento.
—No lo hace peligroso.
—Lo hace impredecible.
Silencio.
—Te mira diferente.
Ella cierra los ojos.
—Lo sé.
—Y a ti te gusta.
Silencio.
No responde.
Eso responde todo.
—No puedes confiar en él.
—No confío en nadie.
—Pero lo dejas acercarse.
—Demasiado.
Ella abre los ojos.
—No se ha acercado.
—No físicamente.
- Al menos no como yo quiero..
Silencio.
—Eso es peor.
El aire se vuelve más pesado.
—Te reconoce.
—Te entiende.
—Te ve.
Un silencio...
—Eso es peligroso.
Ella traga saliva.
—No me vas a controlar.
—No.
Pausa.
—Pero puede romperte.
Silencio.
—Ya estoy rota.
La voz se queda en silencio.
Por primera vez.
El pasillo.
Otra vez.
Siempre el mismo.
Pero no.
No hoy.
Hoy se siente distinto.
Más lento.
Más denso.
Yo estoy ahí.
Ella también.
No es casualidad.
Nunca lo es.
Caminamos.
En direcciones opuestas.
Pero sabemos.
Siempre sabemos.
El momento llega.
Y nos detenemos.
A la misma distancia.
Ni cerca.
Ni lejos.
Exacta.
Levantamos la mirada.
Al mismo tiempo.
Y todo…
se detiene.
No hay voces.
No hay ruido.
No hay nada.
Solo eso.
La mirada.
Fija.
Directa.
Sin miedo.
Sin máscara.
Ella no aparta los ojos.
Yo tampoco.
Y en ese instante…
sabemos.
Sin hablar.
Sin movernos.
Sin tocar.
Que algo cambió.
No es deseo.
No es cariño.
No es confianza.
Es otra cosa.
Más oscura.
Más fuerte.
Más peligrosa.
Una conexión inexplicable.
Sin palabras solo miradas.
Reconocimiento.
Un siilencio invade el ambiente.
El mundo sigue.
Pero no importa.
Porque ahí…en ese segundo largo… nos entendemos.
Ella inclina la cabeza apenas.
No es saludo.
No es gesto.
Es aceptación.
Yo respiro.
Pero no normal.
Más lento.
Más pesado.
Como si ese momento…
pesara.
Las voces regresan.
De golpe.
—Aléjate… —susurra Daniela.
—Esto no está bien…
Ella también escucha.
Se nota.
Sus ojos cambian apenas.
—No…
dice su voz interna.
—No sigas…
Pero no nos movemos.
Seguimos ahí.
Mirándonos.
Como si el resto no existiera.
Como si el tiempo no importara.
Como si ya hubiéramos cruzado algo…
sin darnos cuenta.
Sin tocar.
Sin hablar.
Pero cruzado.
Y eso…
no tiene vuelta atrás.
Finalmente…
ella se mueve.
Un paso.
Luego otro.
Pasa a mi lado.
Sin tocarme.
Pero lo siento.
El aire cambia.
Su presencia se queda.
Un segundo más de lo normal.
Yo no me muevo.
No puedo.
Porque si lo hago…
rompo algo.
Algo que apenas empezó.
Ella sigue caminando.
No mira atrás.
Pero sabe.
Yo también sé.
Esto no es normal.
Esto no es sano.
Esto no es seguro.
Pero tampoco…
se detiene.
—Te va a destruir… —dice Daniela.
Yo sonrío.
Leve.
Oscuro.
—Tal vez.
Pausa.
—O tal vez no.
Silencio.
Y por primera vez…
no quiero que la voz tenga razón.
En su oficina…
ella se detiene.
Cierra la puerta.
Apoya la espalda.
Cierra los ojos.
Respira.
Pero no se calma.
—Esto es un error…
dice la voz.
Ella abre los ojos.
Mira al frente.
Pero no ve la oficina.
Lo ve a él.
—Sí.
Susurra.
—Lo es.
Pausa.
Larga.
—Pero ya empezó.
Silencio.
Y afuera…
el pasillo vuelve a la normalidad.
Como siempre.
Pero no es cierto.
Nada lo es.
Porque ahora…
hay algo entre ellos.
Algo que no se dijo.
Algo que no se tocó.
Pero que existe.
Y crece.
En silencio.
Como todo lo peligroso.
Como todo lo que… no se puede detener.
-Daniela...
No sigas, te vas arrepentir....