Todos hemos sido villanos en la historia mal contada de alguien.
Ángela Martinelli Villalba, jamás imaginó que un día sería la antagonista en la vida del hombre al que más amaba. Durante cuatro años fue la esposa leal y profundamente enamorada de Iván Aristeguí, el temido capo de la mafia española, conocido en el bajo mundo como El Rey Rojo. Un hombre que no necesita levantar la voz para imponer respeto; su apellido y su sobrenombre bastan para infundir temor.
Pero una tarde de invierno, las promesas se quiebran.
Darío Aristeguí, primo de Iván, en complicidad con Marina Saldaña, urde una traición perfecta. Con pruebas fabricadas y mentiras cuidadosamente sembradas, acusan a Ángela de deslealtad frente a su esposo. Cegado por la ira y el orgullo, Iván no escucha, no pregunta, no duda. La sentencia sin juicio y la abandona en manos del hombre que más la odia.
Ángela suplica. Implora una oportunidad. Ruega que él la mire a los ojos y le diga de qué la acusa. Pero Iván le da la espalda
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Sin oposición...
Varios se pusieron de pie de inmediato, otros abrieron los ojos con auténtico desconcierto. —¿Angela Martinelli?...
—Imposible...
—Se suponía que estaba muerta...
—Madonna santa...
La sonrisa de Angela Martinelli fue apenas una curva fría en sus labios.
Siguió caminando hasta su asiento, ubicado al otro lado de la cabecera de la mesa, escoltada por dos hombres tan serios, elegantes y peligrosos como ella.
Adriel, un joven apuesto de expresión impenetrable y porte militar impecable, caminaba a su derecha.
A su izquierda iba Ibrain, un hombre mayor, cubierto de canas prematuras y mirada asesina, cuya reputación era incluso más temida que la del joven Adriel.
Ibrain era conocido por todos los presentes en aquella mesa.
Había sido la mano derecha del difunto capo Martinelli y el servidor más leal que tuvo la familia. El mismo hombre que estuvo a punto de morir defendiendo a su jefa cuando la cacería inició en España.
La presencia de ambos detrás de Ángela dejó claro que aquella mujer no había regresado sola.
Había regresado protegida por soldados dispuestos a matar por ella.
Ángela tomó asiento lentamente, no sin antes recorrer la mesa con una mirada calculadora. Observó uno por uno a los presentes, estudiando expresiones, posturas y silencios.
Leía el lenguaje corporal igual que un depredador analiza a su presa antes del ataque.
Miedo, desconfianza, ambición, rechazo, nada escapaba a sus ojos miel endurecidos por el dolor.
Unos ojos masculinos se clavaron en ella con una intensidad capaz de desarmar a cualquier mujer. Pero en Ángela no despertaron absolutamente nada, ni interés, ni nerviosismo, ni curiosidad; implemente los ignoró.
Audrey Monticello inició entonces la reunión con un discurso impecable sobre el legado Martinelli, las responsabilidades del norte y las capacidades que, según él, convertían a su sobrina en la persona ideal para asumir aquel puesto.
—Mi sobrina no solo posee el apellido Martinelli —declaró Audrey con voz firme—. Posee la inteligencia, el carácter y la sangre necesarias para defender los intereses de esta organización. Fue entrenada para liderar y sabrá mantener el norte de Italia más fuerte que nunca.
Los murmullos no tardaron en llenar el salón. Algunos eran de aprobación, otros, de absoluto rechazo.
Y entonces llegó el comentario que hizo que el ambiente se congelara.
—Ay, por favor, capo... —habló un hombre con tono despectivo mientras dejaba su copa sobre la mesa—. Entiendo que te veas en la obligación moral de poner desesperadamente a su frágil sobrina en el poder, pero este no es un cargo para mujeres hormonales y susceptibles. Este puesto requiere temple, autoridad y mano dura, y dudo mucho que esta muchachita con rostro de muñeca de porcelana sea la indicada. Aquí habemos hombres mucho más capacitados que esta mujercita.
El silencio cayó de golpe, varios desviaron la mirada, otros esperaron la reacción de Audrey.
El capo del sur tensó la mandíbula y estuvo a nada de explotar.
Pero Ángela levantó apenas la mirada hacia él y le hizo una pequeña seña silenciosa.
Déjamelo a mí. Audrey comprendió de inmediato y volvió a reclinarse lentamente en su silla, aunque la furia seguía ardiendo en sus ojos.
Entonces, una risa helada escapó de los labios de Ángela. No tenía nada de graciosa.
Sonó como el preludio de algo peligroso. —¿Quién va a impedirme asumir este cargo?... ¿Tú? —preguntó con ironía venenosa mientras lo observaba como si estuviera decidiendo de qué forma desaparecerlo.
El hombre sostuvo la mirada con arrogancia. Error fatal.
Ángela continuó hablando sin permitirle responder. —Tú, Aurelio Conti... la rata de alcantarilla que lleva años desfalcando esta organización. El mismo que vende cargamentos a nuestros enemigos en las sombras mientras públicamente finge preocupación por las pérdidas y los desvíos inexplicables.
Los murmullos estallaron otra vez alrededor de la mesa.
El rostro del hombre perdió color. —¿Qué demonios estás diciendo?...
Ángela soltó una carcajada corta y cruel. —Estoy diciendo que estoy aquí para poner orden... y empezaré por ti, maldito vendido.
Todo ocurrió demasiado rápido; con una agilidad impecable, desenfundó una de sus armas doradas y disparó directo entre las cejas de Aurelio.
El estruendo retumbó en el salón.
El cuerpo del hombre cayó hacia atrás pesadamente mientras la sangre comenzaba a extenderse sobre la alfombra oscura.
Un humo fino escapó del cañón del arma aún sostenida por la mano firme de Ángela. Nadie se movió, nadie respiró.
El terror se instaló alrededor de la mesa. Ángela levantó lentamente la mirada hacia los demás hombres presentes.
El arma seguía en su mano.
Su rostro no mostraba emoción alguna. —¿Alguien más aquí quiere cuestionar mi derecho a asumir este trono?... —preguntó con una calma aterradora—. ¿O poner en duda mis capacidades?
Sus ojos recorrieron uno a uno a los presentes, bastó aquella mirada fría y letal para que todos comprendieran la verdad.
La heredera Martinelli no había llegado a pedir respeto, había llegado a imponerlo.
Ángela continuó sentada tranquilamente mientras el silencio se apoderaba del enorme salón, nadie se atrevió a hablar, nadie se atrevió siquiera a respirar demasiado fuerte.
El cuerpo aún tibio del hombre que había osado desafiarla seguía tirado sobre el mármol como un recordatorio brutal de lo que acababan de presenciar.
Al otro extremo de la mesa, Audrey Monticello sonrió con un orgullo. Su sobrina estaba más que preparada para asumir el puesto que durante años había permanecido vacío: la jefatura absoluta del norte de Italia.
Varios hombres asintieron con respeto, otros bajaron la cabeza, algunos simplemente guardaron silencio.
Porque aunque a muchos no les agradaba la idea de que una mujer gobernara una de las organizaciones criminales más poderosas de Europa, ninguno era lo bastante estúpido para desafiar a la hija del difunto Martinelli y sobrina directa de Monticello.
Eso era una sentencia de muerte, acababan de comprobarlo.
Entre todos ellos, hubo uno que no apartó la mirada ni un solo segundo.
Matteo De Luca.
Sentado con una postura relajada y peligrosamente confiada, observó a Ángela con intensidad, apoyando apenas un brazo sobre la silla mientras una sonrisa lenta y torcida aparecía en sus labios.
Era un hombre difícil de ignorar.
Alto, elegantemente brutal y con ese atractivo oscuro que parecía hecho para destruir vidas.
Su cabello negro estaba peinado hacia atrás de forma descuidada; la barba perfectamente delineada endurecía todavía más unas facciones masculinas y peligrosas. Los tatuajes que escapaban por debajo del cuello de su camisa negra hablaban de violencia, poder y pecados que seguramente jamás confesaría.
Pero eran sus ojos los que realmente intimidaban. Fríos, calculadores, ojos de depredador. El tipo de hombre que sonreía antes de apretar el gatillo.
Matteo no era simplemente otro capo sentado en aquella mesa.
Era el “Lobo Nero”.
El hombre encargado de controlar todas las rutas clandestinas de armas, inteligencia y lavado financiero de la organización italiana en Europa. Nada cruzaba las fronteras sin que él lo supiera. Nadie movía dinero, mercancía o información sensible sin pasar primero por sus manos.
Incluso muchos capos le temían.
Porque Matteo De Luca no heredó el poder.
Lo arrancó con sangre.
Mientras observaba a Ángela sostener el control de aquella sala llena de asesinos experimentados, comprendió algo que no esperaba.
Hacía muchísimo tiempo que una mujer no captaba su atención de una manera tan visceral y genuina.
Ella era un imán peligroso, frío, mortal. Matteo, apenas la vio, supo exactamente lo que quería.
No le importaba quién era, ni dónde había estado todos esos años, ni por qué aquella era la primera vez que la veía.
Porque aunque cada mirada, cada gesto y cada parte de esa mujer gritara NO TE ACERQUES…
Él ya había decidido hacerlo y cuando Matteo De Luca decidía algo, no existía absolutamente nada capaz de hacerlo desistir.
Ángela sintió aquella mirada, por supuesto que sí, era imposible no hacerlo.
Aquellos ojos parecían atravesarla completa, intentando leer cada cicatriz escondida bajo su piel.
Pero ella ya no era una presa.
Era una cazadora.
Y las cazadoras decidían cuándo alguien merecía su atención.
Por eso ignoró deliberadamente la intensidad de Matteo, manteniendo el rostro impasible mientras tomaba una copa de vino como si aquel hombre no representara ningún peligro...