Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Shhh...
La enorme residencia de la familia Yakuza Takahashi permanecía envuelta en la impecable perfección que caracterizaba a las familias poderosas de Tokio. Todo allí parecía cuidadosamente calculado; los jardines iluminados con precisión, la madera oscura perfectamente barnizada, el silencio elegante de los pasillos y el aroma tenue a incienso mezclándose con el de las flores frescas.
En el despacho principal, Akane Takahashi permanecía sentada frente a sus padres con la espalda recta y las manos elegantemente acomodadas sobre sus piernas. Vestía un delicado kimono color marfil bordado con detalles plateados y, como siempre, parecía la definición perfecta de disciplina y obediencia.
Su padre la observaba fijamente desde el otro lado de la mesa baja.
—Viajarás a Alemania una semana antes de la boda —dijo con voz firme—. Quiero que todo salga perfecto cuando llegues junto a los Becker.
Akane inclinó apenas la cabeza.
—Sí, padre.
La madre de Akane le sirvió más té con movimientos delicados antes de hablar:
—Recuerda quién eres y lo que representas. No solo serás esposa de Cedric Becker. Serás el rostro de esta alianza.
Akane asintió nuevamente.
—Lo entiendo.
Su padre la estudió en silencio unos segundos más.
—Los alemanes son orgullosos. Poderosos. Y los Becker no aceptan debilidad. Necesito que seas inteligente.
—Lo seré.
—Y necesito que ese matrimonio funcione.
Akane sostuvo la mirada de su padre sin vacilar.
—Funcionará.
Él pareció satisfecho con la respuesta.
—Bien. Quiero herederos fuertes. Quiero estabilidad entre ambas organizaciones. Y quiero que Cedric Becker comprenda que unirse a nuestra familia fue la mejor decisión de su vida.
Akane volvió a asentir obediente, perfecta. Exactamente lo que se esperaba de ella, pero por dentro… por dentro algo muy distinto se movía.
Porque mientras escuchaba hablar de alianzas, negocios y poder, la imagen de Cedric aparecía inevitablemente en su cabeza.
Alto.
Imponente.
Peligrosamente atractivo.
Con esa mirada castaña intensa capaz de intimidar incluso a hombres mucho más viejos que él.
Su madre pareció notar el ligero brillo en los ojos de su hija.
—¿Qué piensas?
Akane bajó la mirada apenas.
—En que espero estar a la altura de la familia Becker.
Su padre soltó una pequeña risa seca.
—Lo estarás. Eres una Takahashi.
La conversación continuó todavía varios minutos más entre detalles de seguridad, protocolos y preparativos para la boda hasta que finalmente Akane recibió permiso para retirarse.
Cuando salió del despacho y las puertas se cerraron detrás de ella, la expresión dócil desapareció lentamente de su rostro.
Caminó por el largo pasillo iluminado tenuemente hasta llegar a su habitación y apenas entró encontró a su hermana menor sentada junto a la ventana.
La joven levantó la mirada inmediatamente.
—¿Entonces sí vas a hacerlo?
Akane dejó escapar una pequeña exhalación mientras comenzaba a quitarse algunos accesorios del cabello.
—Sí.
—¿De verdad vas a casarte con un hombre que apenas conoces?
Akane se giró apenas hacia ella.
—Es lo que me corresponde hacer.
Su hermana negó de inmediato.
—Yo no podría.
Akane arqueó apenas una ceja.
—¿No podrías qué?
—Casarme así. Sin amor.
El silencio llenó la habitación unos segundos.
Akane caminó lentamente hasta el enorme espejo y comenzó a deshacer con calma el cinturón de su kimono.
—El amor no siempre es lo más importante.
—Para mí sí lo sería.
Akane sonrió apenas, ñero aquella sonrisa tenía algo frío y calculador.
—Entonces busca un hombre que te ame —dijo con un toque apenas sarcástico—. Pero sobre todo asegúrate de que sirva para algo más que solo amor. Que beneficie a la familia. Que fortalezca la organización.
Su hermana frunció ligeramente el ceño.
—Hablas exactamente igual que mamá.
Akane soltó una pequeña risa suave mientras comenzaba a guardar algunas cosas dentro de una elegante maleta abierta sobre la cama.
—Porque mamá entiende cómo funciona este mundo.
Su hermana la observó unos segundos más antes de preguntar:
—¿Y al menos te gusta?
Akane se detuvo apenas y por primera vez en toda la noche, algo genuino apareció en su expresión.
—Sí.
Su hermana pareció sorprendida.
—¿Sí?
Akane sonrió lentamente mientras recordaba a Cedric.
—Es… demasiado atractivo.
La menor soltó una pequeña risa.
—Eso no basta para casarse.
—Tal vez no —respondió Akane mientras seguía acomodando ropa—. Pero ayuda bastante.
Y entonces empezó a hablar de la altura de Cedric, de la forma en que se veía usando traje, de lo intimidante y elegante que resultaba al mismo tiempo, de su voz grave, de sus ojos, de la seguridad que irradiaba incluso en silencio y mientras hablaba, la emoción en su tono comenzaba a hacerse evidente.
Su hermana la observó con atención.
—Te gusta mucho más de lo que quieres admitir.
Akane no respondió inmediatamente, simplemente cerró una de las maletas con suavidad.
—Voy a convertirme en su esposa. Claro que me interesa agradarle.
Pero si hermana seguía sin verse convencida y Akane lo notó.
—No me mires así.
—Solo creo que mereces algo más que un matrimonio político.
Akane soltó una pequeña exhalación divertida.
—En nuestro mundo nadie obtiene todo lo que quiere.
Su hermana guardó silencio unos segundos antes de levantarse lentamente.
—Aun así… espero que seas feliz.
Akane la observó salir de la habitación sin responder y cuando volvió a quedarse sola, caminó lentamente hasta la cama dejando escapar un suspiro, porque felicidad no era exactamente la palabra que usaría.
Pero sí sentía expectativa, deseo, curiosidad y una peligrosa necesidad de que Cedric terminara perteneciéndole completamente.
La noche avanzó lentamente sobre la residencia Takahashi.
Horas después, Akane ya descansaba sobre la enorme cama, parcialmente dormida entre las sábanas de seda, cuando de pronto una mano cubrió su boca bruscamente.
Ella abrió los ojos de golpe.
El corazón disparado.
Un cuerpo masculino se inclinó rápidamente sobre ella.
—Shhh… —susurró una voz masculina cerca de su oído—. No grites. Soy yo.
Akane reconoció inmediatamente aquella voz y forcejeó apenas hasta que la mano abandonó finalmente su boca.
—¿Estás loco? —susurró furiosa incorporándose rápidamente—. ¿Qué haces aquí?
La figura masculina soltó una pequeña risa baja mientras permanecía sentado sobre el borde de la cama.
—Tenía ganas de verte.
Akane lo miró indignada.
—Si mi padre te encuentra aquí te matará.
—Exageras.
—¡No exagero! —susurró con furia contenida—. Y si descubren que entraste a mi habitación de esta forma, a mí me irá peor.
Él volvió a reírse suavemente.
Y aunque las sombras de la habitación impedían ver claramente su rostro, la manera en que la observaba estaba cargada de deseo.
Akane retrocedió apenas.
—Debes irte.
—No quiero.
—No estoy jugando.
—Yo tampoco.
Ella negó inmediatamente.
—No.
Pero él no pareció escucharla, se inclinó hacia ella lentamente y antes de que Akane pudiera apartarse por completo la besó desesperadamente.