Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 15
El silencio que siguió a la advertencia de Tania no era de paz, sino la tensa calma que precede al desplome de una estructura. Nicolás, de pie en el umbral de la puerta, se giró lentamente. La desesperación que había mostrado momentos antes al ver la foto de Nico se había transformado en algo más oscuro y peligroso: una determinación ciega, la misma que usaba para aplastar a sus competidores en el mercado.
Sus ojos, inyectados en sangre, recorrieron el penthouse una última vez antes de clavarse en Tania con una intensidad posesiva que le erizó la piel.
—Crees que has ganado porque tienes las acciones y porque me tienes acorralado con tus amenazas —dijo Nicolás, y su voz, aunque baja, vibraba con una fuerza atávica—. Pero te olvidas de quién soy. No importa cuántos imperios construyas en el extranjero, esta ciudad respira porque yo lo permito. Y te lo aseguro, Tania: voy a recuperar lo que es mío.
Dio un paso hacia ella, ignorando la distancia que ella intentaba imponer.
—Voy a recuperar a ese niño porque lleva mi sangre y mi destino. Y te voy a recuperar a ti, aunque tenga que quemar cada puente que has construido para alejarte. Me perteneces, Tania. Siempre fue así, y ninguna cantidad de dinero o de odio va a cambiar el hecho de que eres mi esposa.
Tania no parpadeó. Ni siquiera el insulto de la palabra "pertenecer" logró que su máscara de hierro se resquebrajara. En lugar de eso, dejó escapar una risa seca, una nota de absoluta lástima que golpeó a Nicolás más fuerte que cualquier bofetada.
—¿Suyo, señor Durantt? —preguntó ella, enfatizando el título con un desprecio gélido—. Esa es su mayor debilidad: la incapacidad de entender que las personas no son activos fijos en un balance general. Usted habla de "recuperar" como si nosotros fuéramos objetos que olvidó en un almacén y que ahora reclama por derecho de propiedad.
Tania caminó hacia la mesa de mármol y tomó su copa de agua, moviendo sus dedos con una parsimonia insultante.
—Usted ya no es dueño de nada, Nicolás. Ni de esta oficina, ni de mi hijo, ni de mi cuerpo. Pero lo que es más patético... es que ya ni siquiera es dueño de sus propios recuerdos. La Tania que usted "poseía" no existe. Usted la mató hace seis años en aquella acera. La mujer que tiene frente a usted no tiene un solo átomo que le deba algo a su pasado.
Nicolás apretó los puños, los nudillos blancos por la fuerza.
—¿Ah, sí? —siseó él—. ¿Entonces por qué has vuelto? Si de verdad no te queda nada de nosotros, te habrías quedado en Singapur. Has vuelto por mí, Tania. Has vuelto porque el odio es lo único que te mantiene conectada a la vida que te quité. Me odias porque todavía me sientes.
Tania se acercó a él, deteniéndose a solo unos centímetros. Pudo oler el tabaco y el perfume caro de Nicolás, una mezcla que antes la hacía sentir segura y que ahora le provocaba una náusea profunda. Lo miró directamente a los ojos, con una claridad que lo dejó desnudo.
—He vuelto por justicia, no por pasión. He vuelto para demostrarle a esta ciudad que los gigantes de barro se desmoronan cuando alguien se atreve a soplar. Y si cree que mi odio es un vínculo, se equivoca. Mi odio es simplemente el combustible para el motor que lo va a destruir. Usted no es un recuerdo, Nicolás; es una deuda que estoy terminando de cancelar.
Nicolás la sostuvo de la mirada un segundo más, buscando algún rastro de duda, pero solo encontró un vacío infinito. Sin decir una palabra más, se giró y salió del penthouse. El sonido de sus pasos se desvaneció en el pasillo, dejando tras de sí un rastro de promesas rotas y una declaración de guerra que no admitía tregua.
Tania escuchó el cierre metálico del ascensor. En ese instante, la rigidez de sus hombros cedió ligeramente. Soltó un suspiro largo, dejando que la tensión saliera de su cuerpo en una exhalación temblorosa. Se acercó al gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de la metrópolis. Abajo, las luces de los autos parecían ríos de lava recorriendo las venas de una ciudad que pronto ardería bajo su mando.
Sus dedos rozaron el cristal frío. A lo lejos, la Torre Durantt se alzaba como un monumento a la arrogancia, con su logo iluminado desafiando a la noche.
—Crees que la guerra es por el niño, Nicolás —susurró Tania para la estancia vacía—. Pero la guerra es por el futuro que me robaste. Y aún no has visto nada.
Se giró hacia su escritorio y tomó su teléfono satelital. Marcó un número internacional.
—Marcus, activa la fase dos —dijo con voz firme, sin una pizca de duda—. Quiero que las auditorías de los puertos se filtren a la prensa mañana a primera hora. No quiero que los Durantt tengan tiempo de respirar. Y Marcus... asegúrate de que mi hijo esté bajo doble vigilancia. Nicolás ya sabe quién es. La fiera ha despertado, y ahora es mi turno de enseñarle cómo caza una verdadera depredadora.
Colgó el teléfono y volvió a mirar por la ventana. Su reflejo en el cristal le devolvió la imagen de una mujer que ya no necesitaba que nadie la salvara. El tablero estaba puesto, las piezas se movían según su voluntad y el primer jaque ya había sido entregado. Tania sonrió, una expresión hermosa y letal, mientras la ciudad a sus pies esperaba el siguiente paso de su plan maestro. La declaración de guerra estaba firmada con sangre y ambición, y ella no pensaba detenerse hasta que el imperio Durantt no fuera más que una nota a pie de página en su propia historia de éxito.