Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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El lo sabía
Sebastián apretó los puños. —Creí que si hablaba, te arrastraría conmigo. Y cuando decidí hacerlo… ya era tarde. --
El silencio se rompió como vidrio.
—Álvaro lo sabía —dijo Amanda de pronto.
Sebastián alzó la mirada, sorprendido. —¿Álvaro?
Mi exnovio —explicó—. Trabaja para la firma que auditoría. Él vino a advertirme. Me dijo que alguien del consejo movía los hilos.
Sebastián soltó una risa breve, amarga. —Entonces el círculo se cerró. --
—¿Quién fue? —preguntó Amanda—. Dame nombres.
Sebastián respiró hondo. —El vicepresidente financiero. Dos miembros del consejo. Y mi padre… permitió que sucediera.
La confesión cayó como una sentencia.
—¿Tu padre? —susurró Amanda.
—Sabía que yo no iba a continuar su legado como él quería —dijo Sebastián—. Prefirió perderme a perder el control. --
Amanda sintió una mezcla de rabia y compasión. Comprendió que Sebastián había crecido rodeado de poder, pero también de traiciones normalizadas. Nada lo justificaba… pero explicaba demasiado.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella ¿Por qué me llamaste? --
Sebastián dio un paso hacia ella, esta vez sin máscaras.
—Porque tengo pruebas. Documentos originales. Grabaciones. Y no puedo usarlas solo.
Amanda lo miró con frialdad.
—¿Quieres que te ayude? --
—Quiero que elijas —respondió Sebastián —. Si esto sale a la luz, la empresa caerá. El apellido Valdés se destruirá. Y tú… quedarás ligada para siempre a esta guerra. --
Amanda cerró los ojos un instante.
Recordó a la mujer que había sido: la que creía que el esfuerzo bastaba, que el amor podía ser seguro, que el poder era neutral. Esa Amanda ya no existía.
Abrió los ojos.
—No lo hago por ti —dijo—. Lo hago por mí. --
Sebastián asintió.
—Eso es lo que siempre admiré. --
—Y esta es la última vez que me expones —continuó—. Si vuelves a intentar usarme, te destruiré yo misma. --
Por primera vez, Sebastián sonrió con algo parecido a respeto.
—Nunca dudaré de que puedas hacerlo. --
Esa noche, Amanda salió del edificio sabiendo que había cruzado un punto sin retorno. El enfrentamiento no había sido solo con Sebastián, sino con la verdad que había evitado durante demasiado tiempo: el poder no corrompe solo a quien lo tiene… sino a quien se queda callado.
El complot estaba descubierto.
Y esta vez, Amanda no sería la víctima silenciosa.
Sería la mujer que encendiera la luz.
El complot comenzó mucho antes de que alguien se atreviera a nombrarlo.
No nació de una sola decisión ni de una reunión secreta a puerta cerrada. Se gestó en silencios prolongados, en firmas automáticas, en acuerdos heredados que nadie se atrevía a cuestionar porque hacerlo significaba romper con una forma de poder que llevaba décadas intacta. Fue una maquinaria lenta, precisa, diseñada para sobrevivir incluso a quienes creían controlarla.
Y cuando empezó a revelarse, no lo hizo con estruendo, sino con grietas.
La primera grieta apareció en un medio digital de circulación moderada. Un artículo breve, cuidadosamente redactado, hablaba de documentos internos filtrados que sugerían una red de decisiones financieras irregulares dentro del grupo Valdés, anteriores y posteriores al cambio de presidencia. No mencionaba nombres completos. No acusaba directamente. Solo insinuaba.
Pero era suficiente.
En cuestión de horas, otros medios retomaron la historia. Analistas, columnistas y expertos comenzaron a debatir públicamente lo que hasta entonces había sido un rumor contenido. El apellido Valdés volvió a ocupar titulares, pero esta vez no como sinónimo de caída aislada, sino como la punta visible de algo mucho más grande.
Amanda lo supo cuando su teléfono no dejó de sonar.
Mensajes. Correos. Llamadas de números desconocidos. Periodistas solicitando declaraciones. Antiguos colegas buscando explicaciones.
Personas que hasta hacía poco habían evitado mirarla ahora querían saber qué sabía… y desde cuándo.
La empresa reaccionó tarde.
Emitió un comunicado tibio, defendiendo la “integridad histórica de la institución” y asegurando colaboración plena con las autoridades. Nadie creyó una palabra. El lenguaje corporativo, pulido y neutro, contrastaba demasiado con la violencia de lo que estaba emergiendo. El padre de Sebastián también había sido citado, pero este ya había abandonado el país desde antes de la caída de la empresa y de su propio hijo que cargara con la culpa.
El señor Valdez solo veía las noticias desde su laptop, de como acusaban a su propio hijo de defraudador, tomo un sorbo de café.
-- Tienes que ser tú, Sebastián el que se sacrifique por mi. --
Entonces llegó la segunda grieta.
Una grabación.
No era clara. No era espectacular. Pero era auténtica. Una conversación privada entre dos miembros del consejo donde se hablaba abiertamente de “sacrificar al heredero” para preservar contratos antiguos y evitar auditorías profundas. El apellido Valdés no aparecía, pero no hacía falta.
La caída de Sebastián dejó de ser vista como un error individual.
Y se convirtió en una jugada.
La opinión pública cambió de tono con una rapidez brutal. Lo que antes era condena, comenzó a transformarse en sospecha. ¿Había sido Sebastián un corrupto… o un chivo expiatorio? ¿Y quiénes se habían beneficiado realmente de su expulsión?
Amanda observaba todo desde una distancia forzada.
Había aceptado colaborar con las autoridades de manera formal. Entregó documentos, correos, cronogramas. No protegió a nadie. Tampoco se expuso más de lo necesario. Cada palabra que pronunciaba estaba calculada, no por frialdad, sino por supervivencia.
Aun así, su nombre apareció.
Primero como nota al pie. Luego como figura clave.
“La ejecutiva cercana al expresidente”.
“La mujer que estuvo en el centro del conflicto”.
No importaba cuántas veces negara cualquier relación impropia. Para la narrativa pública, Amanda representaba algo incómodo: una mujer brillante que había estado demasiado cerca del poder y había sobrevivido.
Y eso, para muchos, resultaba imperdonable.
La tercera grieta fue definitiva.
Un paquete completo de documentos llegó a manos de la fiscalía y, poco después, a la prensa: contratos con fechas alteradas, firmas duplicadas, transferencias trianguladas a través de filiales fantasma. Nombres. Fechas. Cantidades.
Y una constante.
El vicepresidente financiero.
Dos miembros históricos del consejo.
Y, en segundo plano, la figura del patriarca Valdés, que había autorizado silenciosamente decisiones que ahora salían a la luz como piezas de un rompecabezas siniestro.
El complot tenía estructura.
Tenía historia.
Y tenía víctimas.
La caída fue inmediata.
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.