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La Venganza De Los Beltrán

La Venganza De Los Beltrán

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Venganza / Completas
Popularitas:790
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Scarlett, Santiago y Ángel eran tres hermanos unidos por algo más fuerte que la sangre: el amor y la lealtad. Vivían una vida tranquila, lejos de problemas, en una casa humilde donde las risas de sus padres llenaban cada rincón. Scarlett era inteligente y valiente; Santiago, serio y protector; y Ángel, el menor, noble pero impulsivo. Nunca buscaron enemigos ni conflictos, pero una noche todo cambió. Unos hombres desconocidos entraron a su hogar y asesinaron brutalmente a sus padres frente a ellos. Desde ese instante, el dolor se convirtió en odio. Los tres hermanos hicieron una promesa sobre las tumbas de sus padres: encontrar a los culpables y cobrar venganza, aunque eso significara perderse a sí mismos en el camino.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: La noche en que caí Narra Ángel

Todo salió mal por una sola cosa: confianza.

Cinco años moviéndonos con cuidado, cinco años haciendo todo calculado, cinco años creyendo que ya sabíamos cómo funcionaba este mundo… y al final bastó un error pequeño para que todo explotara.

Todavía recuerdo esa noche perfectamente.

La lluvia caía fuerte sobre la ciudad y el ambiente ya se sentía raro desde temprano. Había algo en el aire que no me gustaba, como cuando uno siente que algo va a pasar aunque no tenga pruebas.

Pero ignoré esa sensación.

Y ese fue mi primer error.

Scarlett siempre decía que los presentimientos existen por algo. Victoria decía que el problema no era el miedo, sino no escucharlo. Santiago pensaba distinto: él confiaba más en los hechos que en las emociones.

Yo estaba en medio de los tres.

Y esa noche… decidí actuar como si nada.

El trabajo parecía sencillo. Solo tenía que supervisar un movimiento pequeño. Nada enorme. Nada fuera de lo común. Uno de nuestros contactos había organizado una entrega y Santiago me mandó a revisar que todo estuviera tranquilo.

—Vas, miras y regresas —me dijo antes de salir.

—Sí, sí, tranquilo —respondí.

Scarlett me miró desde la mesa.

—No te confíes.

Rodé los ojos.

—Parece que fuera nuevo en esto.

Ella no respondió.

Y ahora entiendo por qué.

Salí con dos escoltas en una camioneta negra. Todo parecía normal al inicio. Las calles estaban mojadas, llenas de reflejos de luces y tráfico lento por la lluvia.

Uno de los escoltas revisaba constantemente alrededor.

—Todo tranquilo —dijo.

Yo asentí.

Pero seguía sintiendo esa incomodidad en el pecho.

Llegamos al punto acordado: una bodega vieja en una zona industrial casi vacía a esa hora.

No me gustó desde que la vi.

Demasiado silencio.

Demasiado vacío.

—Esto parece película mala —murmuré.

Uno de los escoltas soltó una risa leve.

Entramos.

El contacto todavía no llegaba.

Eso fue raro.

Siempre llegaban antes.

—¿Dónde está ese tipo? —pregunté mirando el reloj.

Nadie respondió.

Y entonces escuché el sonido.

Sirenas.

Lejos al principio.

Pero acercándose rápido.

Muy rápido.

Los escoltas se tensaron de inmediato.

—Mierda… —susurró uno.

Mi corazón empezó a golpear fuerte.

—¿Qué pasa?

El otro escolta miró hacia afuera por una rendija.

Y se quedó congelado.

—Nos vendieron.

El aire se me fue del cuerpo.

Las sirenas ya estaban demasiado cerca.

Luces azules y rojas iluminaron las paredes de la bodega.

—¡Salidas! —gritó uno de los escoltas.

Todo pasó rápido después de eso.

Demasiado rápido.

Gritos afuera.

Puertas golpeándose.

Órdenes.

Yo intenté pensar, pero el ruido me estaba consumiendo la cabeza.

—¡Muévanse!

Corrimos hacia la parte trasera de la bodega, pero ya había gente ahí.

No teníamos salida fácil.

Y ahí entendí la verdad.

Habíamos caído.

El operativo estaba preparado desde antes de que llegáramos.

Alguien habló.

Alguien nos vendió.

Los escoltas intentaron mantener la calma.

—Ángel, no hables más de la cuenta —me dijo uno rápidamente.

Yo apenas podía respirar bien.

Las luces me cegaban.

Los gritos seguían afuera.

Y entonces escuché:

—¡Salgan con las manos visibles!

El silencio entre nosotros duró apenas dos segundos.

Pero se sintió eterno.

Uno de los escoltas golpeó la pared con rabia.

—Nos jodieron…

Yo cerré los ojos un segundo.

Pensé en Santiago.

En Scarlett.

En Victoria embarazada.

En Karina.

Maldición.

Karina.

Lo único que pude pensar fue en ella.

En cómo había tenido miedo desde el inicio.

En cómo quizá ella tenía razón sobre muchas cosas.

Los escoltas me miraron.

—¿Qué hacemos?

Pero yo ya sabía.

No había salida.

Si intentábamos escapar en ese momento, todo iba a empeorar.

Respiré hondo.

—Salimos —dije.

Uno de ellos abrió los ojos.

—¿Seguro?

Asentí lentamente.

—Sí.

Porque ya era demasiado tarde.

Salimos despacio.

Las luces nos apuntaron de inmediato.

Las voces seguían gritando órdenes.

Yo apenas escuchaba bien.

Sentía el corazón explotándome en el pecho.

Nos hicieron arrodillarnos.

El suelo estaba mojado por la lluvia.

Frío.

Humillante.

Y ahí fue cuando lo entendí completamente.

Había caído.

El tombo nos agarró.

Después de años creyendo que controlábamos todo… bastó una noche para demostrar que nadie controla realmente este mundo.

Uno de los oficiales empezó a hablarme, pero sinceramente no escuchaba casi nada.

Mi mente estaba lejos.

Pensando en una sola cosa:

¿Cómo le iba a explicar esto a Santiago?

¿Cómo iba a mirar a Scarlett después de ignorar su advertencia?

¿Cómo iba a reaccionar Victoria ahora que estaba esperando un hijo?

Y peor…

¿cómo iba a mirar a Karina otra vez?

La lluvia seguía cayendo mientras me subían al vehículo.

Todo se veía borroso.

Las luces.

Las calles.

La noche.

Solo había una idea clara en mi cabeza:

todo salió mal porque alguien habló demasiado… y nosotros confiamos demasiado poco en el miedo correcto.

Todo salió mal por una sola cosa: confianza.

Cinco años moviéndonos con cuidado, cinco años haciendo todo calculado, cinco años creyendo que ya sabíamos cómo funcionaba este mundo… y al final bastó un error pequeño para que todo explotara.

Todavía recuerdo esa noche perfectamente.

La lluvia caía fuerte sobre la ciudad y el ambiente ya se sentía raro desde temprano. Había algo en el aire que no me gustaba, como cuando uno siente que algo va a pasar aunque no tenga pruebas.

Pero ignoré esa sensación.

Y ese fue mi primer error.

Scarlett siempre decía que los presentimientos existen por algo. Victoria decía que el problema no era el miedo, sino no escucharlo. Santiago pensaba distinto: él confiaba más en los hechos que en las emociones.

Yo estaba en medio de los tres.

Y esa noche… decidí actuar como si nada.

El trabajo parecía sencillo. Solo tenía que supervisar un movimiento pequeño. Nada enorme. Nada fuera de lo común. Uno de nuestros contactos había organizado una entrega y Santiago me mandó a revisar que todo estuviera tranquilo.

—Vas, miras y regresas —me dijo antes de salir.

—Sí, sí, tranquilo —respondí.

Scarlett me miró desde la mesa.

—No te confíes.

Rodé los ojos.

—Parece que fuera nuevo en esto.

Ella no respondió.

Y ahora entiendo por qué.

Salí con dos escoltas en una camioneta negra. Todo parecía normal al inicio. Las calles estaban mojadas, llenas de reflejos de luces y tráfico lento por la lluvia.

Uno de los escoltas revisaba constantemente alrededor.

—Todo tranquilo —dijo.

Yo asentí.

Pero seguía sintiendo esa incomodidad en el pecho.

Llegamos al punto acordado: una bodega vieja en una zona industrial casi vacía a esa hora.

No me gustó desde que la vi.

Demasiado silencio.

Demasiado vacío.

—Esto parece película mala —murmuré.

Uno de los escoltas soltó una risa leve.

Entramos.

El contacto todavía no llegaba.

Eso fue raro.

Siempre llegaban antes.

—¿Dónde está ese tipo? —pregunté mirando el reloj.

Nadie respondió.

Y entonces escuché el sonido.

Sirenas.

Lejos al principio.

Pero acercándose rápido.

Muy rápido.

Los escoltas se tensaron de inmediato.

—Mierda… —susurró uno.

Mi corazón empezó a golpear fuerte.

—¿Qué pasa?

El otro escolta miró hacia afuera por una rendija.

Y se quedó congelado.

—Nos vendieron.

El aire se me fue del cuerpo.

Las sirenas ya estaban demasiado cerca.

Luces azules y rojas iluminaron las paredes de la bodega.

—¡Salidas! —gritó uno de los escoltas.

Todo pasó rápido después de eso.

Demasiado rápido.

Gritos afuera.

Puertas golpeándose.

Órdenes.

Yo intenté pensar, pero el ruido me estaba consumiendo la cabeza.

—¡Muévanse!

Corrimos hacia la parte trasera de la bodega, pero ya había gente ahí.

No teníamos salida fácil.

Y ahí entendí la verdad.

Habíamos caído.

El operativo estaba preparado desde antes de que llegáramos.

Alguien habló.

Alguien nos vendió.

Los escoltas intentaron mantener la calma.

—Patron , no hables más de la cuenta —me dijo uno rápidamente.

Yo apenas podía respirar bien.

Las luces me cegaban.

Los gritos seguían afuera.

Y entonces escuché:

—¡Salgan con las manos visibles!

El silencio entre nosotros duró apenas dos segundos.

Pero se sintió eterno.

Uno de los escoltas golpeó la pared con rabia.

—Nos jodieron…

Yo cerré los ojos un segundo.

Pensé en Santiago.

En Scarlett.

En Victoria embarazada.

En Karina.

Maldición.

Karina.

Lo único que pude pensar fue en ella.

En cómo había tenido miedo desde el inicio.

En cómo quizá ella tenía razón sobre muchas cosas.

Los escoltas me miraron.

—¿Qué hacemos?

Pero yo ya sabía.

No había salida.

Si intentábamos escapar en ese momento, todo iba a empeorar.

Respiré hondo.

—Salimos —dije.

Uno de ellos abrió los ojos.

—¿Seguro?

Asentí lentamente.

—Sí.

Porque ya era demasiado tarde.

Salimos despacio.

Las luces nos apuntaron de inmediato.

Las voces seguían gritando órdenes.

Yo apenas escuchaba bien.

Sentía el corazón explotándome en el pecho.

Nos hicieron arrodillarnos.

El suelo estaba mojado por la lluvia.

Frío.

Humillante.

Y ahí fue cuando lo entendí completamente.

Había caído.

El tombo nos agarró.

Después de años creyendo que controlábamos todo… bastó una noche para demostrar que nadie controla realmente este mundo.

Uno de los oficiales empezó a hablarme, pero sinceramente no escuchaba casi nada.

Mi mente estaba lejos.

Pensando en una sola cosa:

¿Cómo le iba a explicar esto a Santiago?

¿Cómo iba a mirar a Scarlett después de ignorar su advertencia?

¿Cómo iba a reaccionar Victoria ahora que estaba esperando un hijo?

Y peor…

¿cómo iba a mirar a Karina otra vez?

La lluvia seguía cayendo mientras me subían al vehículo.

Todo se veía borroso.

Las luces.

Las calles.

La noche.

Solo había una idea clara en mi cabeza:

todo salió mal porque alguien habló demasiado… y nosotros confiamos demasiado poco en el miedo correcto.

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