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LA HEREDERA DE LA NIEBLA

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Vampiro / Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El latido equivocado

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

El GPS se volvió loco a las 19:43.

Luna golpeó la pantalla del teléfono con el pulgar, maldiciendo en voz baja mientras el coche tragaba los últimos kilómetros de carretera comarcal. El asfalto había muerto hacía diez minutos, sustituido por un camino de grava que crujía bajo los neumáticos como huesos molidos.

—«Señal perdida. Reconectando...» —leyó en voz alta, imitando la voz robótica del navegador—. Genial. Simplemente genial.

El paisaje no ayudaba. Abetos negros se alzaban a ambos lados del camino como centinelas hambrientos, sus ramas entrelazadas formando un túnel que devoraba la poca luz del atardecer. La niebla, espesa y baja, se arrastraba sobre el capó del viejo Honda como si quisiera probar su sabor.

Luna llevaba tres horas conduciendo desde que dejó atrás la civilización. Tres horas sin ver un solo coche. Sin una gasolinera. Sin una maldita alma.

Solo árboles. Y niebla. Y ese silencio que parecía tener peso propio.

—Abuela Margaret —suspiró, apartando un mechón de pelo castaño de sus ojos violetas—. ¿En qué demonios te metiste durante setenta años?

La cabaña apareció sin previo aviso.

El bosque se abrió de repente como una herida y allí estaba: una construcción de madera oscura y piedra musgosa, con el tejado inclinado bajo el peso de décadas de inviernos olvidados. Una chimenea de piedra se alzaba en un extremo, muda y fría. Las ventanas eran ojos vacíos que reflejaban los últimos jirones de luz anaranjada.

Era exactamente igual que en las fotos que el notario le había enviado por correo electrónico. Y al mismo tiempo, completamente distinta.

Luna apagó el motor.

El silencio que siguió fue tan absoluto que oyó el latido de su propio corazón en los oídos. Bum. Bum. Bum. Demasiado rápido. Demasiado consciente.

—Es solo una casa —se dijo, aferrando el volante con ambas manos—. Una casa vieja en medio del bosque. No hay nada que temer.

Pero sus manos no soltaron el volante.

Porque desde el mismo momento en que había cruzado el cartel de «Bienvenidos a Cresta Negra» (un letrero de madera carcomida con la pintura descascarillada), algo había cambiado en su interior. Un zumbido sordo en la nuca. Una presión en el pecho. Como si el aire mismo de este lugar la reconociera.

Como si la hubiera estado esperando.

---

El chirrido de la puerta del coche al abrirse sonó como un disparo en el silencio del claro.

Luna se estiró, haciendo crujir su columna después del largo viaje. El aire olía a tierra húmeda, a pino, a algo metálico que no supo identificar. Y frío. Un frío que no correspondía con la temperatura del termómetro del coche. Un frío que parecía venir de dentro de la tierra.

—Vale, Luna —murmuró, cogiendo la mochila del asiento trasero—. Entras, enciendes la chimenea, buscas algo de comer y mañana decides si esto ha sido la peor idea de tu vida o solo la segunda peor.

Subió los tres escalones de madera que conducían al porche. Cada tabla gimió bajo su peso con una queja larga y lastimera. La puerta principal era maciza, de roble oscuro, con herrajes de hierro forjado que mostraban motivos de hojas entrelazadas.

La llave estaba donde el notario había dicho: bajo una maceta de barro agrietado, junto a la mecedora.

Luna se agachó, levantó la maceta y sus dedos rozaron el metal frío de la llave. Y entonces ocurrió.

El zumbido en su nuca estalló en un grito silencioso.

Se incorporó de golpe, girando sobre sus talones, con la llave apretada en el puño como si fuera un arma. El claro estaba vacío. El bosque, inmóvil. La niebla seguía arrastrándose perezosamente sobre la hierba.

Pero allí, al borde de los árboles, entre las sombras de dos abetos gemelos...

Había una figura.

Alta. Oscura. Perfectamente inmóvil.

Luna parpadeó. El corazón le golpeaba las costillas con fuerza animal.

—¿Hay alguien ahí? —su voz sonó más firme de lo que esperaba, aunque el temblor al final la traicionó.

La figura no respondió. No se movió. Pero Luna supo, con una certeza que le heló la médula, que la estaba mirando. Que la había estado mirando desde mucho antes de que ella saliera del coche.

Viktor.

El nombre apareció en su mente sin que lo convocara. Como un susurro ajeno. Como un recuerdo prestado.

Un viento helado barrió el claro. La niebla se arremolinó. Y cuando se disipó, un segundo después, la figura había desaparecido.

Luna soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sus dedos estaban blancos alrededor de la llave.

—Genial —susurró—. Alucinaciones. Maravilloso. Exactamente lo que necesitaba.

Se obligó a darse la vuelta, a meter la llave en la cerradura, a girarla. El mecanismo cedió con un clic seco y la puerta se abrió hacia dentro, revelando un interior oscuro que olía a madera vieja, a lavanda seca y a algo más. Algo que Luna no quiso identificar.

Entró y cerró la puerta de un portazo.

Apoyó la espalda contra la madera, respirando con dificultad, los ojos violetas muy abiertos en la penumbra.

No vio la figura que seguía al otro lado de la puerta, a escasos centímetros de donde ella se apoyaba. No vio cómo una mano pálida, de uñas perfectamente cuidadas, se posaba sobre la madera exactamente a la altura de su cabeza.

No oyó la voz que susurró, con un acento antiguo y un hambre incontenible:

—Bienvenida a casa, Heredera.

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En el otro extremo del pueblo, en un garaje reconvertido en taller ilegal, Alec Sterling estaba bajo el chasis de una Harley Davidson cuando el olor lo golpeó.

Salió de debajo del vehículo con un movimiento fluido, los músculos de su torso desnudo tensándose bajo la capa de grasa y sudor. Sus fosas nasales se dilataron, filtrando el aire cargado de gasolina y aceite quemado.

Allí estaba. Inconfundible.

Vainilla. Electricidad. Y algo antiguo. Algo que no debería existir.

—Joder —gruñó, pasándose una mano por el pelo revuelto color miel.

Sabía ese olor. Todos los lobos de su manada lo conocían por las historias que los ancianos contaban junto al fuego. El olor de las Brujas de la Niebla. El olor que había traído la ruina a sus antepasados.

El olor que su abuelo Elias había jurado exterminar.

Alec cogió su teléfono del banco de herramientas. Había un mensaje nuevo. De su Beta.

«Alfa. La cabaña de la montaña tiene luz. Ha llegado.»

Sus ojos color miel se oscurecieron hasta el tono del ámbar quemado. Un gruñido bajo retumbó en su pecho.

La Heredera estaba en su territorio.

Y esta vez, a diferencia de 1954, él no iba a permitir que un maldito vampiro o un gánster con traje se le adelantara.

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En el centro del pueblo, en la trastienda de una funeraria que servía de tapadera, Dante Moretti colgó el teléfono de época con una sonrisa fina como el filo de una navaja.

—¿El paquete ha llegado? —preguntó su lugarteniente, un hombre cuadrado con cicatrices en los nudillos.

Dante se ajustó los gemelos de ónix de su camisa blanca. Sus ojos negros, herencia de tres generaciones de hombres que habían hecho pactos con criaturas que no debían existir, brillaron con una luz peligrosa.

—Ha llegado, Gino. Y no es un paquete. Es una llave.

—¿Una llave para qué, jefe?

Dante se puso en pie, alisando su traje de seda negra. Caminó hacia la ventana que daba al bosque, donde la niebla empezaba a tragarse las últimas farolas del pueblo.

—Para la caja fuerte más valiosa de este valle, Gino. La que contiene el poder sobre todo lo que respira... y sobre todo lo que no debería respirar.

Tomó su abrigo largo del perchero.

—Prepara el coche. Vamos a darle la bienvenida a nuestra nueva vecina.

La noche en Cresta Negra acababa de empezar. Y tres depredadores, cada uno desde su reino de sombras, se pusieron en marcha hacia la cabaña de la montaña.

Ninguno sabía que la presa que iban a cazar ya les estaba esperando.

Ninguno sabía que Luna acababa de encontrar, en el cajón de la cocina, el diario de su abuela Margaret. Y que la última página, escrita con letra temblorosa hacía apenas tres semanas, decía:

«Luna, mi niña:

Si estás leyendo esto, ya es demasiado tarde para huir.

No confíes en el vampiro, aunque te ofrezca su sangre.

No confíes en el lobo, aunque te ofrezca su manada.

Y, sobre todo, NO CONFÍES EN EL HOMBRE DEL TRAJE NEGRO.

Ellos creen que eres el premio. No saben que eres el verdugo.

Te quiero. Perdóname.

Margaret.»

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Gloria
Buenas noches autor una pregunta esta es una historia poliamorosa , o ella solo tiene en destinado por así decirlo , lo digo por que no me gustan las historias poliamorosas , yo soy más de la pajarera y ya 🤔🤔🤔🤔
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