Sandra, una joven diseñadora floral con un pasado que la persigue, se aferra a la idea de reencontrarse con Guillermo, su primer amor. La vida los separó abruptamente años atrás, dejándola con un vacío y preguntas sin respuesta. Ahora, el destino los cruza de nuevo en la vibrante escena artística de la ciudad. Guillermo, un exitoso arquitecto, carga con sus propias cicatrices y la culpa de una partida inesperada. A medida que sus caminos se entrelazan, el deseo de revivir su pasión es innegable.
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Capitulo 14
Esa misma noche, Guillermo llegó de nuevo a su apartamento, cansado y con la mente llena de conflictos. Esperaba encontrarlo vacío, pero Zaira lo estaba esperando en la sala, sentada en el mismo sofá donde él había hablado con Sandra días atrás. Tenía una copa de vino en la mano y una sonrisa tranquila en los labios, pero sus ojos brillaban con esa intensidad que siempre lo ponía en alerta.
—Llegas tarde, amor —dijo ella, sin levantarse—. He estado esperándote. Tengo entendido que tuviste una noche muy ocupada ayer.
Guillermo se quedó quieto en la entrada, sintiendo cómo le subía la tensión al cuerpo.
—Solo estuve trabajando —respondió él, intentando mantener la calma—. Tenía que terminar unos planos en el estudio.
—¿Ah sí? —Zaira inclinó la cabeza con curiosidad—. Qué interesante. Porque me contaron que no estabas solo. Que pasaste la noche acompañado. Y no precisamente por socios de negocios.
Las palabras cayeron como una losa. Guillermo sintió que se le helaba la sangre. No sabía cómo, pero ella lo sabía.
—No sé de qué hablas —mintió, aunque su voz ya no sonaba tan segura.
—No finjas, Guillermo —dijo ella, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—. Hablo de Sandra. La florista. Sé que fuiste a su gala, que bailaste con ella, y que luego te fuiste juntos. Tengo ojos y oídos en todas partes, ¿lo olvidas?
Guillermo se sentó frente a ella, sintiéndose acorralado. Ya no tenía sentido negarlo.
—Solo hablamos de negocios, Zaira. Ella está trabajando para nosotros.
—¿Negocios? —ella se rió suavemente, pero sin alegría—. Por favor, Guillermo. No me trates como a una tonta. Sé lo que hay entre ustedes. Siempre lo supe. Pero quiero que tengas algo muy claro.
Se levantó y caminó lentamente hacia él, deteniéndose justo frente a su rostro. Su voz se volvió más baja, más fría, cargada de una amenaza que no necesitaba ser explícita para ser aterradora.
—Yo te elegí a ti. Te saqué de situaciones difíciles, te ayudé a levantar tu empresa, te di el estatus y la seguridad que tienes hoy. Y a cambio, tú me prometiste tu lealtad. Nuestro matrimonio no es solo un contrato entre dos personas, es un acuerdo entre familias, entre imperios. Si tú decides romperlo, no solo te pierdes a mí. Pierdes todo. Tu empresa, tu reputación, todo lo que has construido. Y también... —se detuvo, sonriendo con malicia— ...las consecuencias no solo caerán sobre ti. ¿Crees que esa pequeña florista podrá sobrevivir si decido que no tiene lugar en esta ciudad?
Guillermo sintió un escalofrío. Era exactamente lo que su padre le había dicho años atrás. Ella estaba usando las mismas cartas, jugando con los mismos miedos.
—No te atrevas a tocarla —advirtió él, con rabia contenida.
—¿Yo tocarla? —Zaira fingió sorpresa—. Yo no hago nada, Guillermo. Solo me ocupo de lo que es mío. Tú eres mi prometido. Y nadie, nadie, se interpone en lo que me pertenece. Te lo digo como una advertencia, porque te quiero y no quiero que te metas en problemas. Pero si sigues viéndola... si sigues jugando con fuego... tendrás que aceptar las consecuencias. Para todos.
Se giró y volvió a sentarse, como si el tema ya estuviera cerrado.
—Ahora vamos a cenar —dijo, volviendo a su tono habitual—. Tenemos que hablar de los preparativos de la boda. No hay tiempo para distracciones innecesarias.
Guillermo se quedó allí, inmóvil, sintiendo que las cadenas que lo ataban se apretaban cada vez más. La presión era insoportable: por un lado, el amor de su vida que esperaba respuestas, y por otro, una mujer que tenía el poder de destruirlo todo, incluida a Sandra. Por primera vez, sintió que realmente no tenía salida.
Guillermo apretó los puños, tratando de controlar la ira que le recorría el cuerpo.
—¿Me estás amenazando, Zaira? —le preguntó con voz grave.
Ella lo miró con dulzura falsa, inclinando ligeramente la cabeza.
—Yo solo te estoy recordando la realidad, mi amor. Tú sabes perfectamente lo que está en juego. No me obligues a tomar medidas que ninguno de los dos querría.
—Sandra no tiene nada que ver con esto —insistió él.
—Todo lo que tenga que ver contigo, tiene que ver conmigo —respondió ella con firmeza—. Así que elige sabiamente, Guillermo. Por tu bien... y por el de ella.