"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
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Capítulo 11: El eco del pasado
Capítulo 13: El eco del pasado
El hospital se sumió en una calma tensa tras la cirugía. Elena caminaba por el pasillo con un ramo de flores que temblaba en sus manos. Al llegar a la puerta de la habitación de Ciela, se detuvo en seco. A través del pequeño cristal, vio a Beatriz sentada al borde de la cama de su hija, peinándole el cabello con una delicadeza que solo una madre que ha recuperado lo perdido puede tener.
Elena sintió una punzada de dolor, no de odio, sino de una inmensa culpa. Entró lentamente.
—Beatriz... —susurró Elena.
Beatriz se tensó. Sus ojos, que habían visto el infierno en la oficina de Valenzuela, se clavaron en la mujer que había criado a su hija. El silencio fue eterno, cargado de veinte años de historias robadas.
—No vine a quitarte tu lugar —dijo Elena, dejando las flores en una mesa con manos torpes—. Solo vine a darte las gracias por salvarla. Valenzuela nos dijo que habías rehecho tu vida, que estabas en otro país y que no querías que nadie te buscara porque tenías una nueva familia. Nos hizo creer que si te contactábamos, arruinaríamos tu felicidad y la estabilidad de Ciela. Fuimos cobardes por creerle, pero nunca quisimos que sufrieras.
Beatriz suspiró, y por primera vez, su mirada se suavizó.
—Ustedes le dieron el amor que yo solo podía darle a las paredes de mi celda, Elena. No puedo odiarlas por amarla, pero no me pidan que olvide que me quitaron el derecho de verla crecer.
Mientras tanto, en la cafetería, Lucía compartía un café con Miriam. Lucía parecía estar procesando todo con una madurez asombrosa. A pesar de la sombra de su origen, ver a su madre libre le había devuelto un brillo a los ojos que antes no tenía.
—¿Sabes qué es lo más extraño, Miriam? —dijo Lucía, mirando por la ventana—. Que ahora que sé la verdad, ya no tengo miedo. Valenzuela era una sombra que siempre sentí sobre nosotros, pero ahora que tiene un nombre y una cara, ya no me asusta. Lo único que quiero es que mi mamá no tenga que bajar la cabeza nunca más.
—Eres valiente, Lucía —respondió Miriam, admirando la entereza de la joven—. Mucho más de lo que yo fui durante años, callando lo que sospechaba de mi propio padre.
El drama subió de tono cuando Alberto, el abuelo, intentó entrar a la habitación de Beatriz. Diego lo detuvo en el pasillo, pero Beatriz, al escuchar su voz, se levantó de la silla con una fuerza que nadie esperaba. Salió al pasillo, con la bata del hospital y la mirada encendida.
—¡Vete de aquí, Alberto! —sentenció Beatriz. Su voz no tembló.
—Hija, solo quería ver cómo estabas... hice lo que hice para proteger el nombre de la familia... —balbuceó el anciano, tratando de tocarle el brazo.
—¿Qué familia? —lo interrumpió ella—. ¿La que vendió a mi primera hija? ¿La que me dejó en manos de un violador para no enfrentar un chisme en el pueblo? Tú no tienes hija, ni nietas. El perdón es algo que se gana, y tú gastaste todas tus oportunidades hace veinte años. Si te acercas a Lucía o a Ciela, yo misma me encargaré de que pases tus últimos días donde pertenece la gente como tú: en la oscuridad.
Alberto retrocedió, viendo por primera vez que la niña sumisa que él dominaba había muerto. Beatriz cerró la puerta en su cara, marcando una línea de fuego que nadie cruzaría.
En la habitación de al lado, Anais despertó con su bebé en brazos. El pequeño JB (llamado así por las iniciales de su madre) dormía plácidamente. Anais miró a Miriam, que entraba a verla.
—Miriam... ¿viste a Ciela? ¿Está bien? —preguntó Anais con voz débil pero esperanzada.
—Está bien, Anais. Las tres estamos bien —respondió Miriam, sentándose a su lado—. Pero las cosas van a cambiar. Julián, el padre de Ciela, ha enviado abogados. Quieren silenciar a Beatriz.
Anais apretó a su bebé contra su pecho.
—Que lo intenten. Ahora somos tres primas, dos hermanas y una madre que no tiene nada que perder. Si Julián quiere guerra, nos va a encontrar unidas.
El suspenso regresó cuando, al salir del hospital, Diego notó que un coche de lujo, con vidrios polarizados, lo seguía a distancia. No eran los matones de Valenzuela; era algo mucho más sofisticado. Julián no iba a dejar que su "error de juventud" arruinara su imperio en las caleras, y estaba dispuesto a usar todo su poder para que Beatriz y sus hijas desaparecieran de nuevo, esta vez de forma legal y definitiva.
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¿Quién le habrá metido tantas ideas malas sobre Julián a la familia?
¿Será Julian tan malo así?