Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
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Esperanza 2
Esa noche, Tracy no durmió.
Se quedó junto al bebé, sentada cerca de la cuna, regulando su respiración con la de él, dejando fluir la magia de sanación en pulsos suaves, casi imperceptibles. No había espacio para errores. Cada pequeño cambio en el ritmo del pecho diminuto la mantenía alerta, atenta, completamente presente.
Cerca de la madrugada, el bebé se debilitó.
Su respiración se volvió irregular otra vez, el pulso descendió peligrosamente y Tracy sintió un nudo apretarse en su estómago. Ajustó la magia con cuidado extremo, sin forzar, sin desesperarse. Recordó cada lección, cada paciente, cada noche larga en las salas del templo.
[Resiste. Solo un poco más.]
Pasaron minutos que parecieron horas.
Y finalmente, el pequeño se estabilizó.
No estaba mejor… pero había superado la primera noche.
Eso ya era una victoria.
Cuando el cielo comenzó a aclarar apenas, Tracy salió de la habitación para darse un baño rápido y comer algo. Antes de irse, dejó al bebé al cuidado de dos doncellas. Al verlas, notó en sus rostros la misma tristeza contenida que había visto en los doctores… pero también una chispa de cuidado sincero.
—Volveré pronto.. Si cambia algo, me llaman de inmediato.
Ambas asintieron con solemnidad.
Tracy se encontró con los duques en un pasillo cercano.
Jason Evenson la saludó con un leve gesto de cabeza, tan frío como siempre, pero esta vez hubo algo más en su voz cuando habló..
—Gracias por cuidar al niño.
No fue efusivo.
Pero fue sincero.
Cora, en cambio, se veía exhausta. Sus hombros estaban caídos, el brillo habitual en su mirada casi apagado. Jason no estaba mucho mejor; la rigidez de su postura delataba una noche sin descanso.
Tracy los observó con atención profesional.
—Mi lady.. su maná está bajo.
Jason se tensó de inmediato.
—¿Cómo bajo? —preguntó.
—Lo suficiente como para que deba descansar.. Si sigue así, se agotará por completo.
El duque no lo dudó.
—Volverá a la mansión con Jane.. Ahora.
Cora negó con la cabeza.
—No —dijo—. No puedo irme.
Tracy intervino antes de que la discusión escalara.
—Mi lady.. el bebé va a necesitar ropa muy, muy pequeña. Difícil de conseguir aquí. En el ducado podrán mandar a hacer prendas especiales, mantas adecuadas, incluso cunas adaptadas.
Cora parpadeó.
La idea la alcanzó justo donde más lo necesitaba.
—Puedo… ayudar..
Asintió despacio.
—Está bien.. Me iré. Pero volveré pronto.
Jason la miró con alivio visible, aunque apenas perceptible, y la acompañó a buscar a su hija.. Antes de que se marchara, Cora tomó la mano de Tracy.
—Gracias —le dijo—. Por todo.
Minutos despues cuando el carruaje partió rumbo al ducado, Jason se volvió hacia Tracy.
—Le debo esto —dijo, con voz grave.
—No.. Solo haga lo que debe.
Jason asintió y se alejó, tomando una bandeja de desayuno preparada con cuidado.
Tracy lo observó caminar por el pasillo, directo hacia la oficina cerrada.
Entonces lo entendió.
[Es para el viudo.]
El duque de hielo no sabía consolar con palabras… pero sí sabía permanecer.
Y Tracy, volviendo sobre sus pasos hacia la habitación del bebé, supo que aquella casa estaba sostenida por hilos frágiles, tensos… y que, por ahora, todos dependían de que ninguno se rompiera.
Durante todo el día, Tracy no salió de la habitación.
El mundo exterior dejó de existir.
No hubo horas, ni comidas, ni descanso real. Solo la cuna, el cuerpo diminuto del bebé y el flujo constante de magia que debía mantenerse en un equilibrio casi imposible. Tracy se movía en silencio, ajustando la intensidad de su maná, observando cada cambio en la respiración, cada leve movimiento de los dedos minúsculos.
No hablaba.
No hacía promesas.
Solo permanecía.
El bebé seguía siendo frágil, demasiado pequeño para el peso del mundo que ya lo rodeaba. A ratos parecía dormir, a ratos apenas reaccionaba al contacto. Tracy aprendió a leer señales casi invisibles.. la tensión mínima en el pecho, el ritmo irregular que avisaba cuándo intervenir y cuándo dejar al cuerpo intentar solo.
El cansancio se acumulaba como una marea lenta.
Sus hombros dolían.
Su vista se nublaba por momentos.
Pero no se movió.
Cerca del anochecer, algo cambió.
Tracy inclinó la cabeza, conteniendo la respiración, y acercó el oído con cuidado. El sonido era débil… pero distinto.
Los latidos.
Un poco más audibles.
Un poco más regulares.
No era un gran avance.
No era un milagro.
Pero tampoco había empeorado.
Tracy cerró los ojos por un segundo, permitiéndose ese mínimo alivio. Sus labios se curvaron apenas, en una sonrisa cansada que nadie vio.
—Bien… Así está bien.
Ajustó la magia una vez más, con manos temblorosas pero precisas.
[Un día más. Resiste solo un día más.]
Cuando las luces de los cristales magicos comenzaron a encenderse en los pasillos y la noche cayó sobre la mansión, Tracy seguía allí, sentada junto a la cuna.
Vigilando.
Sosteniendo la vida con la paciencia silenciosa de quien sabe que, a veces, no empeorar… ya es una forma de esperanza.