Cuando la mafia y el amor se cruzan...
NovelToon tiene autorización de Solecito87 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Furia. Veneno. Promesas
Mansión Mancini – Medianoche
El reloj marcaba las doce en punto cuando Luca irrumpió en el despacho de Vittorio. No esperó ser llamado, ni siquiera golpeó la puerta. La camisa pegada al cuerpo por el sudor, el pecho agitado por la corrida, los ojos inyectados en un rojo feroz. Su rostro era una mezcla perfecta de culpa, miedo y rabia.
Vittorio estaba de pie, junto al ventanal, con un vaso de whisky que aún ni había probado. La oscuridad exterior contrastaba con la luz cálida y tenue del estudio, pero la temperatura subió de golpe.
El cristal voló por el aire antes de que Luca pudiera abrir la boca.
—¡¿Dónde carajo estabas, Luca?! —rugió Vittorio, con voz quebrada por la furia—. ¡¿Dónde mierda estabas cuando se la llevaron?!
—Estaba ahí. Fue un segundo. Me distraje. Recibí una llamada...
—¡¿Una llamada?! ¡Mi hija se esfumó frente a tus narices por una llamada, Luca!
Vittorio lo alcanzó en tres pasos. No lo golpeó, pero su mirada era más letal que cualquier puño.
—¿Tenés idea de lo que pudo pasarle? ¿De lo que puede estar viviendo ahora mismo?
—No la tocaron —dijo Luca, sin retroceder—. Al menos, hasta ahora.
—¡¿Y vos cómo sabés eso?! ¿Estás adentro de esa casa? ¿Leés la mente de ese hijo de puta?
—No —dijo con voz firme—. Pero voy a entrar. Y voy a sacarla.
El silencio fue espeso como sangre seca. Vittorio caminó en círculos, como un león herido dentro de su jaula dorada. Luego se detuvo frente a él.
—Te crié como a un hijo. Te hice mi sombra. Te confié lo más valioso que tengo. Y me fallaste.
—Por eso mismo —repitió Luca, sin desviar los ojos—. Porque sé lo que significa, porque me duele en la carne. Nadie va a traerla de vuelta como yo.
Vittorio lo observó con los dientes apretados. Algo en su mirada tembló. Tal vez dolor. Tal vez la angustia del amor que no sabe cómo proteger.
—Una oportunidad. Solo una —susurró como si escupiera una bala—. Si la tocó, si le hizo daño… lo matás.
—Lo haré.
—Y si no lo hizo… —agregó—. La traés de vuelta. Viva. Completa. Aunque te cueste la vida.
—Aunque me cueste la vida —repitió.
Vittorio bajó la mirada un segundo. Apenas un segundo.
Ese gesto mínimo duró menos de lo que tarda en apagarse una chispa, pero en el ambiente se sintió como una grieta abriéndose en una pared de concreto. Luca lo notó. Siempre lo notaba. Era parte de su oficio y de su maldición: leer lo que otros intentaban esconder.
El despacho seguía en silencio, pero ya no era el mismo silencio de antes. Ahora era más pesado, más definitivo, como si algo irreversible acabara de sellarse entre ambos sin necesidad de palabras.
Luca ajustó la correa del bolso sin apartar la vista de Vittorio. No había dudas en sus movimientos, pero sí una tensión distinta, como si cada segundo que pasaba estuviera contando hacia atrás.
Vittorio volvió a mirar hacia la ventana, donde la ciudad brillaba indiferente, ajena a todo lo que se estaba rompiendo dentro de esa habitación.
Por un instante, ninguno de los dos habló.
Y en ese intervalo breve, casi insignificante, ambos entendieron lo mismo sin decirlo: a partir de ese momento, ya no había margen para errores.
Solo decisiones.
Y consecuencias.
El tipo de decisiones que no se deshacen, no se olvidan… y no perdonan.
—Y si fallás, Luca... no voy a matarte. Él frunció el ceño.
—Voy a hacer que desees estar muerto.
Ubicación desconocida – Penthouse de Dante Salvatore – 2:47 AM
Isabella caminaba de un lado al otro del amplio living como un felino acorralado. El espacio era lujoso hasta lo ofensivo: mármol blanco, cortinas de terciopelo oscuro, esculturas frías que parecían observarla desde sus pedestales. No había barrotes. Pero la libertad tampoco estaba.
Una suave melodía de jazz flotaba desde algún rincón oculto. Y con ella, llegó él.
Dante entró sin prisa, camisa negra abierta en el cuello, los pies descalzos sobre la alfombra gruesa. Su porte era elegante, peligroso, como un depredador que no necesita correr para atrapar a su presa.
—¿No podés dormir? —preguntó, con esa voz grave que parecía susurrar siempre, incluso cuando hablaba.
—¿Te sorprende? —disparó ella, sin detenerse.
—Un poco. Algunos se acostumbran rápido al confort.
—Esto no es confort. Es jaula de oro.
Dante se acercó, copas de vino en mano. Le ofreció una. Ella no se movió.
—No está envenenada. Aunque sería bastante poético, ¿no creés?
—¿Y ahora qué? ¿Jugás a que soy tu invitada?
Él sonrió, dejando la copa sobre una mesita de vidrio.
—Estoy esperando que te relajes. Sos más interesante cuando no gritás.
—¿Disfrutás esto? ¿Tenerme encerrada?
—Disfruto el control.
—Sos un cobarde.
Él alzó una ceja, entretenido.
—¿Por qué? ¿Por no tocarte? ¿Por tratarte con respeto dentro del crimen?
—Porque usás el miedo para conseguir atención.
—Y vos usás la rabia para no admitir que tenés miedo —dijo, acercándose un paso más—. Lo sentí. Cuando dijiste mi nombre por primera vez.
Ella tragó saliva, pero no retrocedió.
—¿Por qué estoy acá, Dante? Decime la verdad. Él bajó la voz, como si confesara un pecado.
—Porque quiero ver hasta dónde llega tu padre. Y porque… —la miró a los ojos— hay algo en vos que me cuesta ignorar. Isabella bajó la mirada por un instante.
—¿Qué es? ¿Qué ves?
—Fuego. El mismo que vi una vez… en alguien que me destruyó. Ella alzó el rostro.
—¿De quien hablas?
Dante no respondió. Solo tomó su copa y bebió, mientras el reloj marcaba las tres.
Mansión Mancini – 3:05 AM
Luca llenó su bolso con precisión. Chaleco, cargadores, navaja. No temía por su vida. Temía por ella.
El rugido de su moto fue lo último que se oyó antes de que la noche volviera al silencio.