romance, contrato, amor, diversión
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CAPÍTULO 11: Harina, besos y un flechazo inesperado
Mientras Alexander se encerraba en su oficina a intentar concentrarse (aunque su mente no dejaba de repetir la escena de Elena con el contador del piso 12), Liam cumplía una misión especial en las calles de Manhattan. Elena lo había convencido de que, para que el compromiso fuera creíble, necesitaban un pastel real para una sesión de fotos que tendrían pronto.
—Ve a la pastelería "El Rincón de Sofi", Liam —le había dicho Elena esa mañana—. Dile que vas de mi parte. Ella es mi mejor amiga, la que viste en la gala del Met. No dejes que su carácter te asuste; es que tiene mucha pasión por lo que hace.
Liam llegó al acogedor local. Al entrar, el aroma a chocolate y mantequilla lo envolvió. Al fondo, una mujer joven salía de la cocina secándose las manos en un delantal lleno de harina. Tenía el cabello castaño recogido y una mancha de crema justo en la mejilla. Al ver a Liam, se detuvo en seco.
Liam, acostumbrado a las mujeres de la alta sociedad, se quedó mudo. Había algo en la mirada directa y trabajadora de Sofía que le resultó fascinante.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó Sofía, reconociéndolo de inmediato como el socio del "Pirata".
—Vengo de parte de Elena —dijo Liam, recuperando su sonrisa de galán—. Me dijo que eres la mejor arquitecta de dulces en Nueva York.
Sofía soltó una carcajada que hizo que Liam se olvidara de su traje de mil dólares.
—¡Esa Elena! Pasa, "Señor Socio". Si vienes por el pastel de la mentira esa que tienen montada, ponte cómodo.
Mientras hablaban de sabores, Liam no podía dejar de mirarla. Ella hablaba con las manos, gesticulaba con fuerza y, en un momento, un mechón de cabello le cayó sobre los ojos. Sin pensarlo, Liam se acercó y se lo acomodó. El tiempo se detuvo. Sofía se quedó callada, mirando a Liam con una intensidad que lo dejó sin aliento.
—Tienes... harina aquí —susurró Liam, señalando la mejilla de ella, aunque era una excusa para no alejarse.
—Es gajes del oficio —respondió Sofía, con un brillo travieso en los ojos—. Pero gracias... Liam.
Mientras tanto, en el piso 50, Alexander salió de su oficina y encontró a Elena intentando nivelar un archivador con unos cartones doblados.
—Davenport —dijo él, tratando de sonar severo—. ¿Dónde está Liam? Tenemos que revisar la agenda.
Elena levantó la vista con una sonrisa maliciosa.
—Lo mandé al "Rincón de Sofi". Creo que a estas alturas ya debe haber descubierto que el chocolate amargo no es lo único que te puede acelerar el pulso en esa pastelería.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada, jefe. Solo que hoy el aire está cargado de azúcar —Elena se acercó a él y le arregló la solapa del saco—. ¿Usted qué dice? ¿Cree en los flechazos a primera vista?
Alexander la miró fijamente. En ese momento, no pudo evitar recordar el primer día. La puerta abriéndose de golpe y Elena entrando, no con una guitarra, sino con aquellas bandejas repletas de cupcakes. Recordó el ruido del metal contra el suelo, la crema volando y aquel cupcake de fresa que terminó destruido sobre su zapato de diseño. Había sido un desastre total, pero también el momento en que su mundo gris se llenó de olor a fresa.
—Creo —susurró Alexander, atrapando la mano de Elena sobre su pecho— que hay personas que llegan para arruinarte la paz con un desastre de crema y azúcar... y que, por alguna razón, después de eso no quieres que se vayan nunca.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. El "Pirata" estaba bajando la guardia.
—Cuidado, Alexander —murmuró ella con ternura—. Que si se queda sin paz, le va a tocar aprender a vivir en mi terremoto.
Alexander estuvo a punto de decir algo más, pero el sonido del ascensor los obligó a separarse. Vanessa estaba por llegar, y el juego tenía que continuar.