Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Vulnerabilidad.
El sol del sur no tenía piedad. Era una masa de fuego que pesaba sobre los hombros de Dominic mientras removía la tierra seca, una tierra que parecía reconocerlo y reclamarle su ausencia. Cada golpe de la azada era un latido de dolor; cada gota de sudor, un recordatorio de que estaba vivo a pesar de sus deseos.
Dominic se detuvo en medio del sembradío. El silencio del campo era tan vasto que se volvía ensordecedor. Miró hacia la casa, esperando ver la silueta de Mabel saliendo con un cántaro, o escuchar la risa que nunca llegó de sus hijos. Pero solo encontró el vacío. Se desplomó sobre sus rodillas, hundiendo las manos en el polvo abrasador.
No podía hacerlo. No podía simplemente terminar con todo; su fe, aunque maltrecha, le decía que el suicidio le cerraría la única puerta que le importaba: la que lo llevaría de vuelta a ellos. Estaba condenado a la inmortalidad de los días lentos. Tenía que esperar a que el tiempo, o el cansancio de su propio corazón, hiciera el trabajo por él.
—Llévenme pronto —susurró a la tierra, pero la tierra solo le devolvió calor.
Cuando el sol finalmente se hundió en el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo sangre que le recordaba a la tragedia del pozo, Dominic emprendió el regreso. Sus pasos eran pesados, arrastrando las botas por el sendero. Lo último que quería era entrar en esa casa que olía a recuerdos muertos y, ahora, a la presencia intrusa de Samira.
Se preparó mentalmente para los gritos, los reproches por el calor, el desprecio por la falta de lujos. Pero al cruzar el umbral, el silencio lo recibió de nuevo.
Dominic entró en la cocina y se detuvo. Samira estaba sentada a la mesa de madera, con la cabeza apoyada en sus brazos. No lucía como la heredera altiva de Orlando, sino como una mujer rota por el agotamiento. Había intentado buscar comida; vio una lata de conservas mal abierta y unos trozos de pan duro sobre el mostrador, señales de un intento fallido por alimentarse. El hambre y el mareo del viaje finalmente la habían vencido.
Dominic no dijo una palabra. No la despertó ni le pidió explicaciones. Pasó junto a ella como si fuera un fantasma más de la propiedad. Con movimientos mecánicos y precisos, encendió la vieja estufa de leña. El crepitar del fuego fue el único sonido que llenó la estancia.
Cortó un poco de cecina, peló unas patatas y puso a hervir una olla. El aroma del guiso rústico, cargado de especias sencillas y el ahumado de la madera, comenzó a llenar la cocina, desplazando el olor a encierro.
Cuando la cena estuvo lista, Dominic sirvió dos platos.
—Come —dijo él, con una voz ronca que apenas usaba.
Samira levantó la vista. Tenía los ojos empañados y el rostro pálido. No respondió, no hubo sarcasmo ni veneno. Se limitó a mirar el plato humeante. Dominic no esperó un agradecimiento; se sentó en el extremo opuesto, comió su parte con la mirada fija en un punto invisible de la pared y, al terminar, lavó su plato y caminó hacia su recámara.
—Mañana hay que empezar temprano —soltó antes de cerrar la puerta, dejándola sola con la penumbra de una lámpara de aceite.
Samira se quedó inmóvil un momento. El hambre era un nudo doloroso en su estómago. Dudó, mirando el guiso con desconfianza, pero el aroma era una invitación que su cuerpo no pudo rechazar. Tomó la cuchara y probó el primer bocado.
Se detuvo en seco. El sabor era intenso, real, lleno de una calidez que nunca había encontrado en los restaurantes de cinco estrellas de su vida anterior. No había pretensiones en esa comida, solo la honestidad de la tierra. Samira comenzó a comer con una urgencia que rayaba en la desesperación, dándose cuenta de que, en medio de su ruina y de aquel exilio forzado, el hombre al que había intentado destruir era el único que, por segunda vez, la mantenía con vida.
Esa noche, el guiso de Dominic Williams fue lo mejor que Samira Johnson había probado en años, no por sus ingredientes, sino porque sabía, por primera vez, a algo parecido a la verdad.