Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 12 – Alianzas en la oscuridad
El sonido del reloj antiguo en la mansión Aranda marcaba las diez de la mañana cuando Valeria regresó a la casa de sus padres, buscando un respiro después de la noche tormentosa. Isabel la recibió con un abrazo frágil, tembloroso, como si temiera que su hija se quebrara entre sus brazos.
—Estás pálida, hija… ¿pasa algo con Adrián? —preguntó con voz baja.
Valeria solo negó con la cabeza, incapaz de confesar lo ocurrido. No quería cargarla con aquel peso. Pero mientras recorría el pasillo hacia el despacho de su padre, escuchó voces detrás de la puerta entreabierta.
La voz grave de Julián se imponía con nerviosismo:
—Ya cumplí mi parte. El matrimonio se celebró. Ahora exijo tiempo para reunir el dinero.
Un segundo de silencio… y luego, otra voz. Profunda, fría.
—El tiempo no es un lujo que pueda darte, Julián. Lo sabes.
Valeria contuvo el aliento. Reconocería esa voz en cualquier lugar: era la del hombre que había visto en una revista financiera, el rival de Adrián. Héctor Salazar.
Su corazón se aceleró. Quiso retroceder, pero una mano fuerte la tomó del brazo.
—¿Acostumbras espiar a tu propio padre? —susurró Adrián en su oído.
Valeria dio un respingo, girándose para enfrentarlo.
—¿Qué haces aquí?
Él la miró con severidad, pero en sus ojos había un brillo distinto, como si llevara tiempo vigilándola.
—Te sigo desde que saliste de la mansión. ¿Acaso crees que voy a dejarte sola después de lo que pasó anoche?
La puerta del despacho se abrió de golpe. Julián salió acompañado de Héctor, quien sonrió al verla, como un depredador que encuentra a su presa.
—Valeria… —dijo Héctor con fingida cortesía, inclinando levemente la cabeza—. Un placer conocerte al fin.
El cuerpo de Adrián se tensó como un resorte. Dio un paso adelante, interponiéndose entre ella y el visitante.
—El placer no es mutuo —espetó con voz cortante—. Y te sugiero que te marches antes de que te haga recordar quién manda en esta ciudad.
Héctor solo sonrió, con la calma de quien guarda un as bajo la manga.
—Ya veremos, Montenegro. El poder cambia de manos más rápido de lo que imaginas.
Tras su partida, el silencio fue tan denso que dolía respirar. Julián evitó la mirada de su hija, murmurando una excusa apresurada antes de encerrarse nuevamente en su despacho.
Valeria, con el corazón en llamas, buscó a Adrián.
—Lo sabías. Sabías que mi padre está metido con él, ¿verdad?
Él no lo negó. Se limitó a observarla, los ojos grises cargados de advertencia.
—Por eso te dije que hay cosas que es mejor no descubrir.
Valeria lo enfrentó, temblando entre la furia y el miedo.
—Ya es tarde para advertencias, Adrián. Prefiero saber la verdad, aunque me destruya, que vivir rodeada de mentiras.
Por un instante, él pareció quebrarse. Dio un paso hacia ella, y su cercanía encendió el aire.
—No sabes lo que pides, Valeria —murmuró, rozando apenas su rostro con la mirada—. La verdad puede costarte más de lo que imaginas.
Ella sostuvo el contacto, sin retroceder.
—Entonces que me cueste.
El silencio entre ambos se volvió insoportable, cargado de una atracción que ninguno quiso reconocer. Hasta que Adrián apartó la vista, volviendo a levantar su muralla.
—Regresa conmigo. Aquí ya no estás segura.
Valeria asintió, aunque sabía que, de ahora en adelante, su mundo nunca volvería a ser el mismo.