Una vez más Thiago (Rayo) tendrá que enfrentar a sus amigos, pero está vez su estrategia será otra,.
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Una noche de cabeza.
13
Alberto movió suavemente su mano, subiéndola hasta la mitad de la pierna de Aurora para luego bajarla con la misma delicadeza hasta la rodilla.
—¿Te quema? Dime, ¿qué sientes?—
Alberto sospecha que ella tiene un enorme orgullo que no le permite ver más allá de lo que en realidad está pasando.
La chica dejó escapar un leve gemido, aunque seguía resistiéndose.
¿Acaso la estaba torturando? Eso parecía. El joven se inclinó hacia ella; sus frentes se tocaron, y por un instante creyó que iba a besarla.
Aurora cerró los ojos, intentando no verlo.
—Tienes mal puesto el cinturón—. Él sonrió, pero en realidad lo que hizo fue lo contrario: desabrochó el cinturón sin que ella lo notara. Luego, le acarició el rostro.
—Estás sudando mucho—.
La joven sintió que todo su ser se estremecía. Alberto era el hombre que quería, pero como había dicho antes, no lo obligaría; prefería aguantar. Ya que él no la ama y eso lo tiene muy presente.
—Demonios… ¿tu orgullo no te permite pedírmelo? Puedo ayudarte, solo demuestra que lo quieres.
—No puedo, Alberto…—
Ella volvió a estremecerse al sentir su mano en la pierna, pero no cedió. En ese momento Alberto suspiró y dijo:
—Bien, entonces vamos al hospital—.
Puso el auto en marcha, aunque en el fondo sentía que así tendría un pretexto para volver a estar con ella y aclarar lo que lo inquietaba.
—Alberto, te dije que nunca te obligaría; prefiero soportar esto a que estés con alguien que no quieres. No me malinterpretes… para mí, tú eres…—
Ella no se dio cuenta de que el auto ya se había detenido.
—Aurora…— murmuró él, con una mirada que parecía atravesarla.
—Ven conmigo—.
Bajó del vehículo y lo rodeó hasta su puerta y la ayudó a salir, sujetándola de la muñeca.
Estaban en un estacionamiento subterráneo. Ella pensó que irían al hospital. Caminaba con dificultad; sus piernas temblaban, su cuerpo aún estaba alterado… pero pronto recibiría su “medicamento”.
En recepción, Alberto dijo con firmeza:
—Esta noche me quedaré en la suite—.
Avanzó como si conociera el lugar.
—¿Suite…?— Aurora se alarmó, pero el ascensor cerró sus puertas. Ya era tarde para salir de ahí.
En ese momento, Alberto levantó la mano y la cámara dejó de grabar. Su anillo contenía un chip capaz de interferir en la señal. Luego conocerán una de sus técnicas nuevas, esa ni Rayo la conoce. Pero al interrumpir la señal, estaba cuidando su integridad y la de la chica.
Una vez hecho esto, la atrajo hacia él y la besó, con un impulso que parecía imposible de contener.
Entre caricias, le susurró:
—¿También yo me resistí aquella noche?
—Solo en el auto—.
—¿Te di tanta pelea como tú ahora?
—No lo hiciste—.
La espalda del joven chocó contra la pared. Ella, al fin, cedió y lo besó con intensidad.
—Ayúdame… quítame esto que siento— murmuró.
Alberto sonrió, complacido.
—Así está mejor—.
Cuando llegaron al último piso, salieron tomados de la mano, intentando aparentar calma.
En la suite, él sacó su teléfono y envió un mensaje:
"Papá, gracias por tu ayuda. Esta noche no llegaré a casa; mañana te lo explico."
Dejó el móvil en la mesa y la tomó en brazos. No quería aprovecharse de su debilidad, pero la forma en que ella lo miraba y respondía a su cercanía le hacía imposible ignorar lo que sentía. Pero esta vez, Aurora estaba consciente, y eso confirmaba que sus recuerdos no mentían.
—Aurora…— dijo mirándola fijamente—. Sigo enojado; te pusiste en peligro y terminamos aquí juntos—.
—Si te molesta, puedo ir a la ducha—.
Ella intentó apartarse, pero él no se lo permitió.
—No me dejarás así…— le susurró antes de besarla en el cuello.
¿Por qué, si supuestamente amaba a Mariana, aquella chica lo atraía tanto? Quizá porque llevaba un par de días deseando que esto sucediera.
Ahora estaban en paz… al menos en apariencia. Hace unos días, ella lo había salvado; ahora le tocaba a él.
Lejos de ahí, Rayo observaba cómo ardía el club. Hacía tiempo que no sentía tal adrenalina. Sonrió y miró a Efraín.
—Me encargaré de Petro y del dueño del negocio. No volverán a poner a nadie en peligro—.
Antes de subir al coche, se dirigió a Berni:
—¿Sabes dónde está mi hijo?—
Rayo lo sabía, a él no se escapa nada, pero era deber del hombre cuidar al heredero.
—Señor, el joven no permitió que lo siguiera; estaba molesto conmigo—.
—¿Y sabes por qué?—
Rayo parecía sereno, aunque no lo estaba.
—Tuve que llegar a la circunvalación para dar la vuelta…—
—¿A la circunvalación? El tiempo es oro— gruñó—. Mira allá atrás: ese es mi auto, y no está mal estacionado. En casos así, no puedes parpadear. ¿Y si lo hubieran recibido con armas? Llegaste tarde, y yo ya había controlado la situación. Alberto es mi hijo, es tu deber cuidar su espalda, eras su hombre de confianza.
—Señor, no volverá a pasar—. Berni estaba totalmente arrepentido, hizo lo imposible por llegar a tiempo, y no tuvo éxito.
—Por supuesto que no volverá a pasar…—
Por mi parte, estás despedido. La decisión final quedaría en manos de Alberto. Rayo dejó que su hijo sea quien decida el destino de ese hombre.
Unas horas más tarde, Alberto ya había dejado atrás su enojo. Aurora había borrado cualquier otro sentimiento que no fuera el deseo de tenerla cerca.
Al final, la abrazó con fuerza, como si quisiera grabar ese momento en su memoria. Ella, sentada en la cama, lo miró entrar al baño.
"Alberto vino por mí… Nunca pensé que lo haría."
Recordó cuando pidió a la recepcionista que no diera información sobre ella; no era por ocultarse de Alberto, sino porque él mismo le había advertido que Pedro podía tomar represalias.
Estaba perdida en sus pensamientos, cuando Alberto volvió, le apartó un mechón del rostro y le preguntó:
—¿Te sientes mejor?—
Ella lo miró con timidez, y sonrojándose lo recorrió con la mirada.
—Aurora…— dijo sonriendo—. No cualquiera tiene el privilegio de mirarme así… así como no cualquiera me pone una noche de cabeza. Te busqué por todas partes—.