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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

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CAPITULO 10

(Narrado por Dante Moretti)

Llegamos a la mansión pasada la medianoche. Las luces del vestíbulo estaban encendidas, como siempre, pero al entrar sentí que el aire era distinto. Esta casa, que durante tres años había sido mi fortaleza y su prisión, ahora me parecía un escenario vacío esperando a que ella le diera sentido. Caminaba unos pasos detrás de ella, observando cómo se movía: ya no arrastraba los pies, ya no iba con la mirada baja, ya no parecía que intentara hacerse pequeña para no molestar. Iba erguida, dueña de cada paso, de cada rincón, de todo lo que había a su alrededor.

Y me hiciste la pregunta que seguramente te ronda la cabeza, que te ronda a ti y a cualquiera que nos haya visto vivir estos tres años: ¿Cómo era nuestra convivencia? ¿Había habido intimidad? ¿Dormíamos juntos?Te lo cuento todo, sin mentiras, sin adornos, tal como fue, tal como lo llevé grabado en el alma durante todo este tiempo.Sí, dormíamos bajo el mismo techo, sí, compartíamos el mismo apellido, sí, todos nos llamaban matrimonio... pero en realidad, durante tres años, éramos dos extraños que vivían en la misma casa.Al principio, cuando llegamos aquí recién casados, todo fue frío y calculado. Yo le asigné el ala este de la mansión: un conjunto de habitaciones grandes, hermosas, sí, pero alejadas de las mías. Mi despacho, mi sala, mi dormitorio, todo estaba en el ala oeste, y yo apenas cruzaba la línea imaginaria que separaba mi espacio del suyo. Creía que así era como debía ser. Creía que ella estaba ahí solo para cumplir con el trato, para llevar mi apellido, para estar presente en las cenas o eventos cuando yo lo decidiera... y nada más.

¿Intimidad? Hubo un tiempo, al principio, muy al principio, cuando todavía yo me engañaba pensando que podía cumplir con mi deber, y cuando ella me miraba con esos ojos llenos de ilusión y amor que me desarmaban. Sí, hubo noches en las que fui a su habitación. Noches en las que me dejaba llevar por esa atracción que siempre sentí, por esa magia que tenía ella, por esa forma en que su cuerpo encajaba con el mío como si estuvieran hechos el uno para el otro. Pero incluso entonces... nunca me entregué del todo. Siempre había un muro. Siempre estaba mi orgullo, mi miedo, mi convencimiento de que ella no era lo que yo quería, de que era solo un trato.Y cada vez que estábamos juntos, cada vez que yo tomaba lo que ella me daba con tanta generosidad y amor... al día siguiente me odiaba a mí mismo. Me odiaba porque sabía que me estaba enamorando, me odiaba porque sabía que le estaba mintiendo, me odiaba porque usaba su cuerpo mientras destruía su corazón.Así que, poco a poco, dejé de ir. Dejé de cruzar esa línea. Me encerré en mi propio mundo, me perdí con Isabella, me convencí de que lo que tenía con ella era lo real, lo que quería. Y Valeria... Valeria se quedó sola. Sola en sus habitaciones, sola con sus pensamientos, sola con su amor que yo tiraba a la basura.

Durante los últimos dos años, apenas nos hablábamos. Si nos encontrábamos en los pasillos, era un saludo seco, distante. Si coincidíamos en la mesa, hablábamos de cosas triviales, de la casa, de las cuentas, sin mirarnos a los ojos. Dormíamos en alas opuestas, como si fuéramos enemigos que compartían territorio, como si tenernos cerca fuera un castigo para los dos.Y lo peor... lo peor es que yo sabía que ella me esperaba. Sabía que, si yo hubiera ido a su puerta, ella me habría abierto. Sabía que ella me habría recibido con los brazos abiertos, con ese amor que nunca dejó de tener, por más que yo la tratara mal.

 Y eso... eso me dolía más que nada. Porque yo quería ir. Dios sabe cuántas noches me quedé parado frente a su puerta, con la mano levantada a punto de tocar, con el corazón a punto de estallar, deseando entrar, deseando pedir perdón, deseando quedarme ahí para siempre... pero mi orgullo, esa maldita barrera que yo mismo construí, me hacía dar media vuelta y volver a mi soledad.

Esa era nuestra convivencia: dos personas que se amaban en silencio y se hacían daño en voz alta. Dos personas que vivían juntas pero estaban infinitamente lejos.Pero ahora... todo eso iba a cambiar. Y lo sabíamos los dos.Caminó hasta el final del pasillo, hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones, y se detuvo un instante, mirando hacia el lado este, hacia donde había vivido encerrada tres años. Luego giró la cabeza y miró hacia el lado oeste, hacia mi zona, hacia mi dormitorio, que siempre había sido prohibido, siempre había sido mío y de nadie más.Sentí que se me paraba el corazón esperando su decisión. Esperando a ver qué hacía, a ver qué decía.Se giró hacia mí, parada en el rellano de la escalera, con la luz de los candelabros iluminando su perfil, haciéndola ver más hermosa, más inalcanzable que nunca.—Sube, Dante —dijo con voz tranquila, sin dureza, pero sin ternura tampoco. Una voz de igual a igual—. Necesitamos hablar. Y no lo haremos aquí, en medio del pasillo.Mi corazón dio un vuelco. Me indicó con un gesto que la siguiera, y empezó a subir las escaleras, hacia... mi ala. Hacia donde nunca nadie había entrado salvo yo.

 Hacia donde ella nunca había pisado en tres años.

La seguí, con las manos sudando, con el alma en vilo, con esa mezcla de miedo y emoción que ella sola lograba despertar en mí. Caminamos por el pasillo que llevaba a mis habitaciones: mis cuadros, mis libros, mis muebles oscuros, todo lo que siempre había sido mi refugio, mi lugar de poder, mi soledad.Abrió la puerta de mi dormitorio y entró. Yo me quedé un segundo en el umbral, como si estuviera entrando en un lugar sagrado, como si ella fuera ahora la dueña absoluta de todo, incluido mi propio refugio.Entré y cerré la puerta detrás de mí. El silencio se hizo denso, cargado de recuerdos, de todo lo que habíamos sido y todo lo que podíamos llegar a ser.

Ella se acercó a la gran chimenea de mármol que presidía la habitación, dejó las carpetas con los documentos de su padre sobre la mesa auxiliar, y se giró hacia mí. Se quitó la chaqueta del traje, dejando ver su camisa blanca, ajustada, sencilla, que marcaba su figura, y sentí cómo me ardía la piel solo con mirarla.—Ya sabes cómo vivimos hasta ahora —empezó a decir, y su voz rompió el silencio suavemente—. Sabes que durante tres años fui tu sombra. Sabes que dormía sola, que comía sola, que vivía sola aunque tú estuvieras a pocos metros. Sabes que no esperabas cosas que yo te daba, y tú las tirabas. Sabes que... —se detuvo un segundo, bajando la mirada, como si le costara decirlo— sabes que hubo momentos, al principio, en que te di todo. Mi cuerpo, mi confianza, mi amor. Y tú... tú me usabas y luego me dejabas más vacía que antes.-

Sentí una punzada de dolor en el pecho, un dolor agudo, vivo, merecido. Bajé la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.—Lo sé —susurré—. Lo sé todo, Valeria. Y me odio por cada segundo de ello. Me odio por cada noche que te dejé sola. Me odio por cada vez que te tuve y te traté como si fueras nada. Me odio por haber desperdiciado el tiempo, por haber desperdiciado todo de ti.-

Ella dio unos pasos hacia mí, despacio, y cuando volvió a hablar, su voz era más fuerte, más firme, cargada de decisión.—Pues escucha bien, Dante. Porque ahora las reglas cambian.-

Levanté la vista, la miré, esperando.—A partir de esta noche, nada es igual. —Señaló la habitación, todo a su alrededor—. Esta casa es tan mía como tuya. Todo lo que hay aquí, todo lo que hay en la empresa, todo lo que somos... es compartido, pero bajo mis condiciones. Y sobre todo... —se acercó un poco más, hasta que sentí su calor, hasta que sentí que el aire se me acababa— sobre todo nuestra convivencia.-

Hizo una pausa, y sus ojos se clavaron en los míos, profundos, escrutadores.—No volveremos a vivir como extraños que se cruzan en los pasillos. Eso se acabó. —Mi corazón empezó a latir con fuerza, esperando, deseando, temiendo lo que iba a decir—. Pero tampoco... tampoco vas a tener acceso a mí como cuando querías y me llamabas. Eso también se acabó.-

Se mordió el labio un instante, y vi en ella un rastro de vulnerabilidad que intentaba ocultar.—Hubo intimidad entre nosotros, sí. Y yo te amaba tanto, que habría repetido cada momento mil veces aunque tú me destrozaras después. Pero ahora... ahora mi cuerpo, mi confianza, mi corazón... todo eso está cerrado bajo llave. Y si quieres volver a tener algo de eso... si quieres volver a estar conmigo, a dormir conmigo, a tocarme, a ser mi marido de verdad... vas a tener que ganártelo. Paso a paso. Día a día. Como si fuera la primera vez. Como si no nos conociéramos. Como si no hubiera pasado todo este dolor.-

Se acercó todavía más, y puso una mano sobre mi pecho, justo donde me latía el corazón desbocado.—Esta noche, por ejemplo... —susurró, y su aliento me rozó la cara, enviando escalofríos por todo mi cuerpo— esta noche dormiremos aquí. Los dos. En esta habitación. Pero tú en ese sofá.- Señaló el gran sofá de cuero al otro lado de la sala— y yo en la cama. Y así será cada noche, hasta que yo decida que ya es hora de que compartamos todo de nuevo. Hasta que yo decida que has recuperado el derecho a estar a mi lado, a tocarme, a ser parte de mí.-

Sonrió levemente, una sonrisa triste pero llena de poder.—Te dije que tienes una prueba, Dante. Y empieza ahora mismo. Convivir conmigo, respetarme, ganarme cada día, ver lo que tienes tan cerca y no poder tomarlo hasta que yo te lo permita. ¿Crees que puedes con eso? ¿Crees que puedes aguantar la tortura de tenerme aquí, de saber que soy tuya por apellido, pero que tienes que esperar a que me gane de nuevo para serlo de verdad?-

La miré, y en ese momento entendí que esta era la prueba más dura, más difícil, más perfecta que podía ponerme. Tenerla cerca, verla todos los días, dormir en la misma habitación, saber que estaba ahí... y tener que esperar, tener que merecer, tener que demostrar. Era mi castigo, sí, pero también mi oportunidad. Porque al menos... estaba aquí. Al menos no me había echado. Al menos me dejaba intentarlo.

Tomé su mano de mi pecho, la apreté suavemente entre las mías, con todo el amor que desbordaba, con toda la promesa que llevaba dentro.—Puedo con todo lo que me pongas —le dije, con voz firme, llena de devoción—. Puedo dormir en el suelo si hace falta, si sé que es en tu habitación. Puedo esperar toda la vida, si sé que al final, si soy bueno, si me gano tu perdón... volverás a ser mía. Y yo volveré a ser tuyo, como debió ser desde el principio.-

Ella retiró su mano despacio, y se giró hacia la cama, empezando a desabrocharse los botones de los puños de su camisa, con esa naturalidad que me mataba.—Pues entonces, empieza ahora. Ve acomodándote. Mañana será un día largo. Tenemos que empezar a mover todo lo de tu padre. Tenemos que empezar a ver dónde están esas fortunas, qué claves recuerdo, qué pasos dar. Y también... —se detuvo, y me miró por encima del hombro, con un brillo oscuro y peligroso en los ojos— también tenemos que estar atentos. Porque sé que Isabella no se quedó sentada esperando. Sé que ahora que lo ha perdido todo, que la hemos humillado, que la hemos echado... va a atacar. Y va a atacar donde más nos duela.-

Asentí, serio, volviendo a la realidad, volviendo a la trama que se nos venía encima.—Lo sé. Y no te va a pasar nada. Mientras yo esté aquí, mientras respire, nadie te va a tocar. Ni ella, ni nadie.-

Ella asintió, y se dio la vuelta del todo, dándome la espalda para terminar de prepararse para dormir.—Lo sé. Porque ahora... ahora estás de mi lado. Y eso, Dante... eso es lo que más miedo le da a ella.-

Fui hacia el sofá, me quité la chaqueta, la corbata, los zapatos, y me acomodé lo mejor que pude. Era duro, era incómodo, sí... pero mirando hacia la cama, viendo su silueta bajo las sábanas, sabiendo que estaba ahí, en mi habitación, que me había dejado quedarme, que ya no me tenía por enemigo... era el lugar más cómodo, más perfecto del mundo.Apagó la luz principal, dejando solo una pequeña lámpara encendida a un lado. En la penumbra, su voz volvió a llegar hasta mí, suave, bajita, como un susurro que solo yo debía escuchar.—Dante...—Dime —respondí al instante, incorporándome un poco, atento a cualquier cosa que necesitara.—¿De verdad cambiaste? ¿De verdad no es un capricho, ni culpa, ni miedo... sino amor?Le contesté sin dudar, con toda la verdad, con todo lo que llevaba dentro desde hacía tres años:—Te amé cuando te trataba mal, Valeria. Te amaba y me odiaba por ello. Te amaba y me mentía a mí mismo para no admitirlo. Te amaba en silencio, en la distancia, en mi soledad. Y ahora... ahora que por fin puedo decirlo, ahora que por fin puedo mostrarlo... te amo mil veces más. Te amo con todo lo que soy. Y te voy a amar cada día, hasta que me dejes demostrártelo todo.-

Hubo un silencio largo. Y luego, muy bajito, casi inaudible, escuché lo que me dio más esperanza que nada en el mundo:—Pues demuéstramelo. Porque si es verdad... todavía tenemos tiempo. Todavía podemos ser nosotros.-

Cerré los ojos, con una sonrisa en los labios, con el corazón lleno, sabiendo que esta noche había empezado todo. Que la convivencia había cambiado, que las reglas eran nuevas, que la intimidad sería un premio y no un regalo que yo despreciaba. Y sabía también que, al día siguiente, la guerra empezaría de verdad: por el dinero, por la verdad, contra Isabella, contra todo lo que nos quisiera separar.Pero ahora, al menos... estábamos juntos. Del mismo lado. Y yo estaba dispuesto a ganar esta guerra, aunque me costara el alma.

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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