Alana Díaz es una estudiante decidida a graduarse por sus propios méritos, lejos de los lujos y el caos de la gran ciudad. Pero su vida da un giro irreversible al entrar como pasante en el imperio de Leonardo Salvatore, un CEO tan influyente como implacable que no está acostumbrado a que le digan que no.
Lo que comienza como una relación profesional se convierte en un juego de seducción y peligro. Tras un violento "accidente" que deja a Alana vulnerable y bajo el cuidado personal de Leonardo en su lujoso Penthouse, la barrera entre el jefe y el protector se desvanece, dando paso a una pasión que ambos intentaron contener.
Sin embargo, el amor no es lo único que crece entre ellos. Mientras Alana lucha por mantener su independencia, una red de envidias, secretos de élite y una madre dispuesta a todo por mantener el "apellido" amenazan con destruirlo todo. En un mundo donde el dinero lo compra todo, ¿podrá el amor de una "pueblerina" sobrevivir a la furia de quienes lo quieren ver cae
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CAPÍTULO 12
LEONARDO SALVATORE
Escuchar a Alana decir que se iba a ir me dejó un poco triste, empezaba a sentir algo por ella. Pero no podía oponerme a lo que ella quisiera hacer. Al final, somos dos seres que apenas se conocen.
Ella se fue a su cuarto. Llevaba su cara roja. Terminé de cenar. Me acerqué a la ventana a contemplar la ciudad. Pensé en como ayudar a Alana económicamente sin que ella pudiera negarse y que no pensara que yo pediría algo a cambio.
Fui a su cuarto, golpee la puerta.
—Alana, ¿puedes salir un momento?
Ella abrió la puerta.
— Salimos a caminar un rato, por favor. Necesito estirar las piernas, pero no quiero ir solo.
— Está bien.
Ella llevaba un pantalón flojo negro y una camiseta verde olivo también floja, algo desordenada el cabello. Ella nunca se maquillaba, era sencilla y natural. Y creo que eso es lo que me gustaba de ella.
Después de algún tiempo sin estar en ninguna relación y no tener interés en nadie, aparece ella, y como un tornado va derrumbando todas esas paredes a su paso.
Salimos del edificio, en silencio. Eran alrededor de las 9 de la noche.
—Quiero pedirte una disculpa por como te traté al inicio, con la situación del celular — rompí el hielo.
—Está bien. Está disculpado.
Seguimos caminando.
De repente ella se detuvo en seco. Dio la media vuelta y empezó a caminar en sentido contrario. Me quedé viéndola. La seguí sin apresurar el paso.
Un grupo de 5 chicas se le acercaron. Me quedé a unos cuantos pasos. Luego de un par de minutos la dejaron sola.
— ¿Son tus compañeras de clases? — su actitud cambió completamente, parecía qué estaba a punto de desbordarse como un río.
—Son de la universidad — ella bajó la mirada al piso — quiero regresar.
—¿Pasa algo con ellas? ¿Te molestan?
— Es por eso que me voy a mudar el día de mañana. No quiero que me vean como una interesada que busca en usted algo más.
— Entonces te están molestando. Te pregunto, ¿Te interesa las opiniones de esas chicas?
— No debería, pero— una lágrima salió de su ojo derecho — mejor regresemos.
Regresamos en un silencio que ensordecía. Cuando entramos, ella caminaba hacía su cuarto. Le tomé la mano, ella se giró.
— ¿Y si fuera yo el que te busca y el que te quiere conocer como algo más?
Ella me miró en un silencio que no entendía.
— No me confunda más — ella soltó su mano con suavidad y sonrió.
— Como no hay marcha atrás y mañana vas en busca de un lugar, déjame invitarte hoy a una copa de despedida.
—¿Copa? Yo no tomo licor.
— Solo una copa de vino — le sonreí.
— Nunca he probado vino y no sé si me vaya a gustar.
— Siéntate. Voy a servirte una sola copa y verás que no tiene mal sabor.
Alana se sentó en el sofá. Yo saqué las copas y el vino. Le serví un poco.
Honestamente, ella me gusta.
Ella tomó el primer sorbo. Puso una cara chistosa.
—Es un sabor muy... Raro — ella cerró sus ojos y empezó mover sus labios, saboreando el vino, como si tratara de descifrar el sabor.
Sus labios son bonitos. Me dieron ganas de besarla. Sonreí para mí. Caminé a la ventana.
—Puedes regalarme un poco más.
— Con gusto. Tómalo despacio. Puede marearte rápido por ser primeriza y usted señorita, no cenó.
— Es que no logró saber qué sabor tiene. Además, está bueno.
Le serví una segunda copa. Ella se veía relajada. Me senté a su lado. Ella no estaba tan distraída en su prueba de vino que no le incomodó que me sentará cerca. Me serví una segunda copa.
— Me hace sentirme feliz
—¿Quién? — le pregunté.
— El sabor de esto. Una más, por favor.
— Es la última.
Ella me dio una sonrisa bonita. Le serví su tercera copa.
— Alana, es la última. Voy a guardar la botella. Tres copas para la primera vez es demasiado — guardé la botella.
— ¿Por qué me hace sentir bien, feliz? Es como si mi vida miserable se borrara.
— Creo que ya te tocó un poco el vino.
Nos quedamos viendo sin decir nada. Ella se mordió los labios.
— Señor Leonardo, usted es — se llevó la mano a la boca tapando la sonrisita — es guapo.
—¿Te parezco guapo? Es bueno escucharlo. Parece que tres copas te dan sinceridad y valor.
Ella se terminó la última copa. Se levantó.
— Es hora de ir a la cama. Mañana es un día largo. Buenas noches.
— Espera — le tomé la mano y me puse de pie.
Limpié de sus labios una gota de vino, pero al sentir sus labios en mis dedos me avivó las ganas de besarla. Me acerqué a sus labios, y la besé.
Ella me empujó y caminó rápido hacia al cuarto y se encerró.
Ese beso era lo que yo necesitaba para saber que Alana es lo que quiero.
pobre leo cuando lo sepa 🥺🥺
leo
creen que eres un niño que pueden jugar contigo demuestrsles que no
debe pagar