⚠️➕21 no denunciar ⚠️, ZAIRO y RUBÍ, una pareja de sicarios independientes, que cobran millones por cada trabajo bien realizado...
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11: aterrizaje en Bogota
El jet privado tocó tierra en el Aeropuerto Internacional El Dorado poco después de las once de la mañana, hora local. El vuelo había sido largo y turbulento en algunos tramos, especialmente sobre Centroamérica. Zairo y Rubí bajaron con paso cansado pero alerta. El aire de Bogotá los recibió frío y ligero, con ese olor característico a eucalipto y gasolina que siempre marcaba la llegada a la capital colombiana. A más de dos mil seiscientos metros de altura, el cuerpo sentía inmediatamente el cambio: la respiración un poco más corta, el cansancio del viaje más pesado.
Un conductor enviado por su contacto local los esperaba en la zona VIP con un cartel discreto. Los llevó en un SUV negro con vidrios polarizados hasta el hotel Sofitel Bogotá, un edificio elegante en la zona de Chapinero. El lugar combinaba lujo moderno con toques coloniales: mármol en los pisos, muebles de madera oscura y vistas a las montañas verdes que rodeaban la ciudad. Habían reservado una suite junior en el piso dieciocho, con sala separada, cama king size y un balcón pequeño que daba hacia el norte de la ciudad.
Al entrar en la habitación, Rubí soltó la maleta junto al sofá y se dejó caer de espaldas en la cama con un suspiro largo.
—Dios… el vuelo me dejó hecha polvo —murmuró, quitándose los zapatos con los pies—. Este aire tan delgado me tiene la cabeza ligera.
Zairo cerró la puerta con doble llave y activó el dispositivo de interferencia que siempre llevaban. Se acercó a la ventana, corrió ligeramente la cortina y observó el paisaje urbano antes de girarse hacia ella.
—Descansemos primero. El jet lag y la altura no son buenos aliados. Mañana empezamos a movernos en serio.
Se quitaron la ropa de viaje y se pusieron cómodos: Zairo con un pantalón de algodón gris y sin camisa, Rubí con una camiseta holgada y bragas. Pidieron al servicio a la habitación un almuerzo tardío: bandeja de frutas frescas, arepas con queso, jugo de lulo y café colombiano fuerte. Comieron sentados en la cama, con la televisión encendida en un canal de noticias local pero con el volumen bajo.
Mientras masticaba un trozo de mango, Rubí sacó su tablet y abrió el mapa de Bogotá.
—Nuestro contacto dice que hay un lugar llamado “El Paraíso Privado”, un club exclusivo en la zona de Usaquén. Ahí se reúnen gente del cartel, empresarios turbios y gente con mucho dinero que quiere pasarla bien sin que los miren demasiado. Música, licor, mujeres… y muchos tratos que se cierran en los reservados del fondo.
Zairo asintió, limpiándose las manos con una servilleta.
—Ese parece el mejor punto de entrada. Tú entras como una mujer que busca diversión cara. Te acercas a uno de los hombres clave del lugar, cualquier es objetivo. Lo seduces lo suficiente para que quiera llevarte a un lugar más privado. Una vez solos, lo presionamos con información o con algo que lo haga hablar de la katana.
Rubí levantó una ceja y sonrió con picardía a pesar del cansancio.
—¿Vestido provocador y todo?
—Exacto. Algo que nadie pueda resistir. Tienes que ser imposible de ignorar. El objetivo es que te invite a uno de los privados o incluso a su casa. Ahí es donde sacamos la información.
Ella se recostó contra los almohadones, terminando su jugo.
—Me gusta el plan. Es limpio. Seducción, conversación y salida rápida. Pero hoy no. Estoy muerta. El vuelo, la altura… necesito dormir al menos ocho horas seguidas.
Zairo se acercó y le quitó la tablet de las manos con suavidad. La dejó en la mesita de noche y se acostó a su lado, atrayéndola contra su pecho.
—Hoy solo descansamos. Nada de planes detallados, nada de salir. Dormimos, comemos y recuperamos fuerzas. Mañana por la mañana revisamos el lugar desde lejos, compramos lo que necesites para el vestido y afinamos los detalles.
Rubí se acurrucó contra él, sintiendo el calor familiar de su cuerpo. El brazo herido de Zairo todavía estaba vendado, pero ya no le dolía tanto.
—Suena perfecto. Extraño cuando las misiones nos dan un día de respiro.
Se quedaron en silencio un rato. Afuera, la ciudad de Bogotá seguía su ritmo: cláxones lejanos, el sonido de la lluvia ligera que empezaba a caer y el viento frío que movía las cortinas del balcón. Dentro de la suite, el ambiente era tranquilo y cálido. Zairo acariciaba lentamente la espalda de Rubí con movimientos perezosos, mientras ella trazaba líneas invisibles sobre su abdomen.
Pasaron la tarde así, entre siestas cortas y conversaciones sueltas. Hablaron de cosas simples: de la comida colombiana que querían probar, del clima tan diferente al de Acapulco, de cómo extrañaban el mar. Evitaron mencionar la katana. Era su forma de recargar baterías antes de volver al trabajo.
Al atardecer pidieron cena ligera: ceviche de camarón y una botella de vino tinto chileno. Comieron en el balcón, abrigados con las batas del hotel, mirando cómo las luces de la ciudad empezaban a encenderse entre las montañas. El frío bogotano les recordó un poco Vancouver, pero aquí había algo más vivo, más caótico.
Cuando regresaron a la cama, Rubí se quitó la camiseta y se pegó completamente a Zairo. No buscaron sexo; solo cercanía. Él la abrazó con cuidado, besando su frente y su cabello.
—Mañana compramos el vestido —murmuró él—. Algo ajustado, que muestre justo lo necesario para volver loco a cualquiera.
Rubí sonrió contra su pecho.
—Y tú vas a estar celoso todo el tiempo que esté dentro del club, ¿verdad?
—Un poco —admitió él con honestidad—. Pero confío en ti. Sabes cómo manejar a esos tipos. Solo asegúrate de que yo esté cerca cuando salgas.
—Siempre —respondió ella, ya con los ojos cerrados—. Somos un equipo.
El sueño los alcanzó rápido. Durmieron profundamente, entrelazados bajo las sábanas blancas del hotel elegante.
A la mañana siguiente despertarían con la mente más clara y el cuerpo más descansado. Entonces empezarían los preparativos reales: reconocimiento del club “El Paraíso Privado”, compra del vestido perfecto y afinación del plan de seducción. La katana estaba en algún lugar de Colombia, y ellos estaban dispuestos a seguir su rastro hasta donde fuera necesario.
Por ahora, en esa suite tranquila de Bogotá, solo quedaba descansar y recuperar fuerzas para lo que venía.
me gusta la forma que describe cada personaje, la forma qué hace, qué el lector se imaginé esas escenas dónde él personaje vive ese momento de placer,angustia, desesperación y miedo todo eso me gusta sentir en las historias y si una historia no me atrapa con el título o la sinopsis, no la leo no es que sea exigente, pero creó que como lector quiero disfrutar de esa adrenalina o sentimiento que como escritores quieren transmitir le felicito por otra, historia y espero que puedan llegar a mas lectoras 👏👏💐💐
pero me quedo una duda 🤔🤔 que pasó con la traidora de Mariana, no me diga que piensa hacer una 2da historia 🤣🤣🤣 no creó pero si quiero saber si Mariana se fue a dormir con los peces 🤣🤣