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Renacida Para La Venganza

Renacida Para La Venganza

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Andres

Tras ser traicionada y asesinada por su esposo, Valeria renace tres años en el pasado armada con el conocimiento del futuro para destruir a sus enemigos y construir un imperio financiero imparable.

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La Caída del Muro de Cristal

La Torre Soler se alzaba como un faro de cristal y acero sobre el horizonte de la ciudad, pero esta noche no era solo un edificio de oficinas. Era el epicentro de un cambio sísmico en el orden financiero mundial. Las luces de la fachada proyectaban el nuevo logotipo: un fénix estilizado cuyas alas abrazaban las iniciales S y T. El nacimiento oficial del Consorcio Soler-Thorne.

En el ático, donde apenas unas semanas antes Valeria había sentido el sabor amargo de la muerte, ahora se celebraba la victoria. Los hombres y mujeres más poderosos del planeta, desde magnates del petróleo hasta visionarios del Silicon Valley, caminaban sobre suelos de mármol pulido, bebiendo champán y discutiendo el milagro de la "Reina de Hielo".

Valeria se miró en el espejo de su suite privada. Llevaba un vestido de seda blanca que parecía hecho de luz líquida, con una espalda descubierta que mostraba la elegancia de su nueva fortaleza. Ya no había rastro de la fragilidad que Julián solía explotar. Su mirada era serena, profunda, la mirada de alguien que ha visto el abismo y ha regresado con secretos.

—Estás lista —dijo Adrián, entrando en la habitación. Llevaba un esmoquin negro que resaltaba su presencia imponente. Se detuvo detrás de ella, observando su reflejo conjunto en el espejo.

—Parecemos una pareja de otra época —murmuró Valeria, apoyando su cabeza en el hombro de Adrián—. Una que está a punto de cambiar el mundo o de verlo arder.

—Ya lo hemos cambiado, Valeria. —Adrián le tomó las manos—. El mercado ha reaccionado a la fusión con una subida del doce por ciento. Isabella Volkov está perdiendo aliados por horas. Sus suministradores en Asia están empezando a llamarnos para negociar. El muro de cristal de su imperio se está agrietando.

—Lo sé. Pero las grietas son peligrosas, Adrián. —Valeria se giró hacia él—. Sebastián me ha informado de que Isabella ha desaparecido de Moscú. Su jet privado fue visto en una pista secundaria en la frontera con Canadá. Está cerca. Siento que esto no es el final de un camino, sino el inicio de un laberinto mucho más oscuro.

—Que venga. —Adrián le dio un beso suave en la frente—. Esta torre es una fortaleza. Mis equipos de seguridad controlan cada entrada, cada sensor, cada frecuencia de radio. No hay forma de que entre sin que lo sepamos.

Bajaron juntos al gran salón de baile. La orquesta tocaba una pieza de Vivaldi que llenaba el espacio con una energía vibrante. Valeria se movía entre los invitados con la gracia de una anfitriona perfecta, pero sus ojos no dejaban de escanear la sala. Cada sombra, cada camarero, cada reflejo en el cristal era objeto de su escrutinio.

Mientras conversaba con el Primer Ministro sobre los beneficios de la tecnología neural para el sistema de salud pública, Valeria sintió una vibración en su muñeca. Era su reloj inteligente, conectado directamente al sistema de seguridad de Sebastián. Un código rojo parueda en la pantalla: *Brecha en el sector 4 - Garaje*.

—Disculpe, señor Primer Ministro —dijo Valeria con una sonrisa impecable—. Un pequeño asunto operativo que requiere mi atención.

Buscó a Adrián con la mirada, pero él estaba en el otro extremo del salón, rodeado de inversores. Valeria no podía esperar. Se dirigió hacia el pasillo de servicio, donde Sebastián la esperaba con una expresión de máxima alerta.

—Han entrado, jefa —susurró Sebastián, entregándole un pequeño auricular—. Seis hombres. Profesionales. No son mercenarios comunes; son fuerzas especiales de Volkov. Han anulado los sensores del garaje con un pulso electromagnético localizado.

—¿Dónde están ahora?

—Subiendo por el hueco del ascensor de carga. Se dirigen directamente al ático. Quieren interrumpir la gala de la forma más sangrienta posible.

Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza, pero no era miedo. Era una furia fría y calculadora. Recordaba un pasadizo en la estructura de la torre, un conducto de ventilación reforzado que su padre había diseñado como salida de emergencia secreta y que Julián nunca llegó a descubrir.

—Sebastián, lleva a los invitados al refugio del nivel 5. Dile a Adrián que se encargue de la evacuación. Yo voy a interceptarlos en la sala de control del piso 38.

—¡Es peligroso, señorita! —exclamó Sebastián—. ¡Déjeme a mí!

—Ellos tienen los códigos de anulación de los ascensores, Sebastián. Solo yo puedo activar el bloqueo mecánico manual desde la sala de control. Si no lo hago, llegarán al salón de baile en tres minutos. ¡Ve ahora!

Valeria corrió por los pasillos de servicio, sus zapatos de tacón resonando contra el metal. Al llegar a la sala de control del piso 38, se lanzó sobre los paneles manuales. Sus dedos volaron sobre las palancas de acero, activando los frenos de emergencia magnéticos en el hueco del ascensor de carga.

Un estruendo sordo vibró a través de la estructura del edificio. El ascensor se había detenido en seco.

Valeria miró los monitores de seguridad. Los seis hombres de negro estaban atrapados en la cabina metálica, a mitad de camino entre los pisos. Pero uno de ellos no estaba allí.

—¿Dónde está el sexto? —murmuró ella.

—Detrás de ti, Valeria.

Valeria se giró lentamente. En la puerta de la sala de control estaba Isabella Volkov. Ya no llevaba vestidos de terciopelo ni esmeraldas. Vestía un traje táctico negro, con una pistola con silenciador en la mano derecha. Su rostro estaba demacrado, sus ojos hundidos por una obsesión que la había consumido.

—Isabella... —dijo Valeria, manteniendo la voz firme—. Has venido personalmente a hacer el trabajo sucio. Eso es muy poco aristocrático de tu parte.

—La aristocracia es para los que tienen tiempo para las sutilezas, niña —siseó Isabella, dando un paso hacia ella—. Tú me lo has quitado todo. Mis cuentas, mi reputación, mi legado. Mi primo está en una celda en Viena y mis socios me han dado la espalda. Si voy a caer, te aseguro que te llevaré conmigo al infierno.

—Tú ya estás en el infierno, Isabella —respondió Valeria, moviéndose lentamente hacia un lado, buscando el interruptor del sistema de extinción de incendios por gas—. Solo que aún no te has dado cuenta de que el fuego lo encendiste tú misma el día que mataste a mi padre.

—¡Tu padre era un estorbo! ¡Como tú! —Isabella levantó el arma, apuntando directamente al corazón de Valeria—. ¿Crees que por haber regresado de la muerte eres especial? Solo eres un peón que ha tenido suerte. ¿Crees que yo soy la mente maestra? —Isabella soltó una carcajada amarga—. Yo solo era la mano que ejecutaba las órdenes del Círculo de los Doce.

Valeria se congeló. "¿El Círculo de los Doce?" Aquel nombre no figuraba en ninguno de sus recuerdos del futuro.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Valeria, su dedo rozando el interruptor.

—Hablo de los verdaderos dueños del mundo —dijo Isabella, su mirada volviéndose casi mística—. Los que decidieron que la tecnología de tu padre era demasiado peligrosa para estar en manos de una sola familia. Yo fui enviada para absorberte. Fallé. Pero ellos no fallan, Valeria. Si me matas hoy, solo estarás acelerando tu propia ejecución.

—En ese caso —dijo Valeria—, prefiero morir luchando que vivir de rodillas.

Valeria pulsó el interruptor. Una ráfaga de gas halón inundó la sala. Isabella disparó, pero el proyectil impactó en un panel lateral. Valeria se agachó y se movió por el suelo, guiándose por su memoria táctil. La granada de aturdimiento de Sebastián hizo el resto.

Minutos después, Isabella estaba inmovilizada contra el suelo, con Sebastián y Adrián rodeándola.

—Se acabó, Isabella —dijo Adrián, mirando a la mujer caída—. El muro de cristal ha caído.

Isabella, con la cara contra el mármol, soltó una risa ahogada. —El muro ha caído... pero el invierno acaba de empezar. Busquen la caja negra en el despacho de Alberto. Pregúntense por qué su madre nunca tuvo un funeral de cuerpo presente.

Valeria sintió que la habitación daba vueltas. "¿Mi madre?" Ella había muerto en un accidente de avión cuando Valeria era una niña. O eso le habían dicho siempre.

Se llevaron a Isabella, pero sus palabras quedaron flotando en el aire como un veneno persistente. La gala se reanudó, pero el brillo de las joyas ahora le parecía a Valeria una burla.

Adrián la llevó a la terraza, buscando la paz de la noche.

—No dejes que sus mentiras te afecten, Valeria —dijo Adrián, tomándola de los hombros—. Isabella está loca. Solo quiere sembrar la duda antes de desaparecer en una celda.

—¿Y si no es una mentira, Adrián? ¿Y si mi vida entera ha sido una construcción de ese Círculo del que habló? —Valeria miró hacia el horizonte—. Siento que apenas hemos raspado la superficie. Julián fue el inicio, Isabella fue el desarrollo... pero el verdadero enemigo aún no tiene rostro.

Adrián guardó silencio por un momento. Luego, sacó la pequeña caja de acero y cristal.

—Entonces enfrentémoslo juntos. No como una temporada que termina, sino como una vida que comienza. Valeria Soler... ¿me harías el honor de ser mi esposa y luchar a mi lado, sin importar cuántos capítulos nos queden por delante?

Valeria miró el anillo de diamante negro. Era fuerte, sólido, real.

—Sí —dijo ella, con una determinación que renació de sus cenizas—. Sí, Adrián. Porque para ganar esta guerra de cien capítulos, necesito a mi lado al único hombre que sabe que la victoria no es el final, sino el derecho a seguir luchando.

Se besaron, pero la cámara de la ciudad no se alejó para un final feliz. Se enfocó en una figura que observaba desde un edificio adyacente con binoculares de alta potencia. Un hombre con un tatuaje de un reloj de arena en la muñeca —el símbolo de los Doce—.

El hombre tomó su radio. —Objetivo asegurado. El compromiso se ha realizado. Procedan con la Fase 4: La Infiltración del Heredero.

Valeria se separó de Adrián, sintiendo una mirada en su nuca. Miró hacia la oscuridad de los edificios vecinos, pero no vio nada. Sin embargo, en su bolsillo, su teléfono vibró. Era un correo electrónico anónimo con un archivo adjunto titulado: *"Lo que Alberto nunca te contó sobre el 14 de mayo"*.

El 14 de mayo. El día de su nacimiento. Y, según su padre, el día que su madre murió.

Valeria apretó el teléfono. La venganza contra Julián había terminado. La guerra por la verdad de su sangre acababa de comenzar.

Continuará...

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