De Rusia a México
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La mansión Petrov nunca había albergado tanta tensión contenida. La presentación de Viktor, el "novio" de Masha, fue el catalizador de una tormenta que amenazaba con reescribir las leyes de la familia. Viktor llegó pavoneándose con un reloj que costaba más que la vida de un civil, creyendo que su apellido era un escudo. Masha, envuelta en un vestido negro que gritaba desafío, lo sostenía del brazo con una sonrisa gélida; era una declaración de guerra dirigida al pecho de Alexei, quien permanecía de guardia junto a la puerta, inmóvil como una gárgola de piedra.
La reacción de los hermanos fue una coreografía de desprecio. Ivanito, con los hombros tensos, ni siquiera le extendió la mano, evaluando al intruso como a un saco de boxeo. Mikhail, por su parte, lo analizó con una mirada de escáner forense. Para Misha, Viktor era solo un error de cálculo.
—¿Arquitectura de lujo? —preguntó Mikhail con voz de hielo—. Yo prefiero las estructuras sólidas. Esas que no se derrumban cuando se les quita la cuenta bancaria.
Viktor intentó una broma sobre la "hospitalidad rusa", pero se extinguió bajo el silencio sepulcral. Mientras tanto, Alexei sentía que el aire se le escapaba. Sus celos eran un animal salvaje que Igor mantenía a raya con una mano firme en su hombro.
—Mantén el pulso, cadete —le susurró Igor—. Un soldado no dispara por despecho. Deja que el niño rico se ahorque solo.
Sin embargo, el caos de Masha no era el único incendio. Ivanito cargaba su propio secreto explosivo: se había enamorado de Sonia, la hija de un rival directo de la Bratva. Era un romance de Romeo y Julieta escrito con pólvora; cada encuentro secreto era un acto de traición. El hombre de acción descubría que el campo de batalla más peligroso era el corazón de la hija de su enemigo.
Tras la desastrosa cena, Mikhail se refugió en su santuario. El encuentro con el insípido Viktor solo había subrayado la pureza de su propia conexión. Misha sacó su caja de madera lacada y extendió los dibujos de Camila: la evolución de una niña que nunca había visto físicamente, pero que conocía mejor que a su propio reflejo. Esa noche, el vínculo vibraba con una intensidad dolorosa. Misha sentía el aroma de una lluvia que no caía en Rusia y el calor de un sol ya oculto.
—Estás aquí —susurró, acariciando los ojos café del papel—. Estás tan cerca que puedo sentir tu pulso.
Mikhail no necesitaba radares para saber que Camila ya caminaba por las calles de San Petersburgo, respirando su mismo aire gélido. Mientras sus hermanos se perdían en guerras de celos y romances prohibidos, Misha se preparaba para el impacto del destino. La mansión era una olla a presión: Ivanito arriesgaba la vida por una enemiga, Masha usaba a un títere para herir a Alexei, y Mikhail esperaba el momento en que su dibujo cobrara vida.
Misha le escribía en letra tan fina que hasta el papel le tenía celos.
Hay lugares en mi corazón, que son más tuyos que míos.