Cicatrices que arden
Fueron inseparables… hasta que el mundo los rompió.
Ahora, entre peleas y destino, sus caminos vuelven a cruzarse.
Porque hay amores que no se olvidan…
aunque duelan como una herida abierta.
Un vínculo imposible de romper.
Un amor que nunca dejó de arder.
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Capítulo 11: Buscarte aunque me rompa
El rugido de los motores rompía el silencio de la noche.
Tres motos atravesaban la carretera como si huyeran de algo…
o como si persiguieran algo imposible de alcanzar.
El viento golpeaba sus rostros con fuerza, pero ninguno desaceleraba.
Especialmente no él.
Izana Kurokawa iba adelante.
Demasiado adelante.
Demasiado rápido.
Como si la velocidad pudiera llenar el vacío que sentía en el pecho.
No pensaba.
No quería pensar.
Porque cada vez que lo hacía…
la imagen volvía.
Kakucho alejándose.
Sin mirar atrás.
—¡IZANA, BAJA LA VELOCIDAD! —gritó Takemichi Hanagaki desde atrás.
Pero Izana no respondió.
Ni siquiera giró la cabeza.
Porque si frenaba…
iba a sentir.
Y si sentía…
iba a romperse.
Detrás de ellos,
Manjiro Sano mantenía el ritmo.
Sus ojos estaban serios.
Pensativos.
A su lado,
Ken Ryuguji suspiró.
—Se va a matar —murmuró.
Mikey negó levemente.
—No…
Pausa.
—Primero lo va a encontrar.
Pasaron horas.
Calles.
Rutas.
Cruces.
Nada.
Ni una pista.
Ni una señal.
Ni un rastro.
Izana frenó de golpe.
El sonido de la moto cortando el asfalto fue seco.
Brusco.
Se bajó.
Sin cuidado.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?!
El grito rompió la noche.
Rebotó contra los edificios vacíos.
Takemichi llegó detrás.
—Izana…
—¡NO ESTÁ EN NINGÚN LADO!
Su voz temblaba.
De rabia.
De desesperación.
—Lo perdí…
Silencio.
Mikey bajó lentamente.
—No lo perdiste.
Izana lo miró.
—Solo se fue.
Eso…
dolió más.
—Es lo mismo —respondió Izana.
Draken intervino.
—Necesitamos parar.
—No.
—Sí.
Silencio.
—Si seguís así, no vas a encontrar nada —dijo Draken—
solo te vas a romper más.
Izana no respondió.
Pero tampoco discutió.
La cabaña apareció entre los árboles.
Aislada.
Silenciosa.
El tipo de lugar donde el tiempo se detiene.
Pero la mente no.
Entraron.
El lugar era pequeño.
Dos habitaciones.
Un sofá viejo.
Una mesa de madera.
—Descansen —dijo Draken—
mañana seguimos.
Izana no respondió.
Se sentó.
Mirando al vacío.
Sus manos estaban tensas.
Sus ojos… apagados.
El silencio empezó a pesar.
Takemichi no pudo más.
—Izana…
Nada.
—Tenés que cambiar.
Silencio.
Izana levantó la mirada.
—¿Qué dijiste?
—Tu forma de tratarlo…
Pausa.
—lo está alejando.
El aire se volvió denso.
—No entiendes —respondió Izana.
—Sí entiendo.
Takemichi dio un paso adelante.
—Porque lo vi.
Silencio.
—Tus celos… tu forma de querer tenerlo solo para vos…
Lo miró directo.
—lo asfixian.
Silencio.
—Yo no lo asfixio.
—Lo encadenaste.
Eso…
golpeó.
—Eso fue diferente—
—No.
Takemichi negó.
—Eso fue exactamente lo que lo hizo irse.
Silencio.
Pesado.
—Porque alguien que ama así…
Bajó la voz.
—termina perdiendo.
Eso fue demasiado.
Izana se levantó de golpe.
—Cállate.
Y salió.
El aire frío lo golpeó.
Respiró profundo.
Pero no servía.
Nada servía.
—…idiotas…
Apoyó las manos en la baranda.
Miró el cielo.
Vacío.
—Izana…
Se giró.
Takemichi lo había seguido.
—¿Qué querés ahora?
—Que entiendas.
Silencio.
—No podés obligarlo a quedarse.
Izana lo miró.
—Nunca lo obligué.
—Sí lo hiciste.
Pausa.
—Solo que no lo querés ver.
Silencio.
Dentro de la cabaña…
Mikey estaba sentado.
Pensativo.
Draken se acercó.
—Ey.
—…
—Gracias.
Mikey levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Por decirlo.
Pausa.
—Yo no podía.
Silencio.
—Mikey…
Draken dudó.
—Quiero un beso.
Silencio.
—¿Qué?
—Eso.
Se acercó.
—Y no hay un no por respuesta.
Mikey intentó reaccionar.
Pero no llegó.
Porque Draken lo besó.
Directo.
Sin aviso.
Mikey se tensó.
Pero no se apartó.
Sus manos dudaron.
Pero no lo empujaron.
Un segundo.
Dos.
Y entonces…
respondió.
Apenas.
Pero lo hizo.
El beso fue breve.
Pero suficiente.
Cuando se separaron…
—…esto está mal —murmuró Mikey.
Draken sonrió.
—Nunca dijimos que estuviera bien.
Silencio.
Pero ninguno se alejó.
Afuera…
Izana cerró los ojos.
Y por primera vez…
recordó.
—¡Kakucho, ven!
Un niño corriendo.
Riendo.
—¡Si saltas conmigo no te va a pasar nada!
Otro dudando.
—Es muy alto…
—Confía en mí.
Y saltaron.
Juntos.
Siempre juntos.
Izana apretó los puños.
—…idiota…
Pero su voz…
ya no tenía rabia.
Solo dolor.
Porque por primera vez…
no sabía si iba a volver.
🌸🌸🌸🌸......🌸🌸🌸🌸.......🌸🌸🌸🌸......
En otro lado Kakucho
El pueblo era… silencioso.
Demasiado.
No había motores rugiendo.
No había gritos.
No había peleas.
Solo viento.
Árboles moviéndose suavemente.
Y el sonido lejano de algún perro ladrando.
Kakucho caminaba despacio por una calle de tierra.
Sus pasos levantaban polvo.
Ligero.
Casi invisible.
Se detuvo frente a un pequeño cartel de madera.
El nombre del pueblo estaba desgastado.
Como si el tiempo también se hubiera olvidado de ese lugar.
—…esto está bien…
Su voz fue baja.
Casi un susurro.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
nadie lo estaba buscando.
O eso quería creer.
Miró alrededor.
Casas simples.
Puertas abiertas.
Gente caminando sin prisa.
Todo era distinto.
Demasiado distinto.
Y eso…
le dolía un poco.
—…silencio…
Se llevó una mano al pecho.
Porque ahí…
todavía había ruido.
Recuerdos.
Una mirada violeta.
Sacudió la cabeza.
—No…
No iba a pensar en eso.
No ahora.
Siguió caminando.
Pasó por una pequeña tienda.
Luego por un almacén.
Después un puesto de comida.
Todo parecía…
normal.
Y eso lo hacía sentirse fuera de lugar.
Se detuvo frente a un local.
Un cartel decía:
“Se busca ayudante”
Kakucho lo miró en silencio.
—…trabajo…
No lo había pensado bien.
Pero lo necesitaba.
Necesitaba quedarse.
Necesitaba algo…
que no fuera pelear.
Empujó la puerta.
Una campanita sonó.
—¿Sí?
Un hombre mayor levantó la mirada.
—Busco trabajo.
Silencio.
El hombre lo observó.
De arriba abajo.
Notó las marcas.
Las cicatrices.
La postura.
—¿Sabes trabajar?
Kakucho dudó un segundo.
—Aprendo rápido.
El hombre lo miró unos segundos más.
Luego suspiró.
—Empiezas mañana.
Kakucho parpadeó.
—¿…en serio?
—Sí.
Pausa.
—Pero no quiero problemas.
Kakucho bajó la mirada.
—No los habrá.
Mentira.
Pero quería creerlo.
Cuando salió…
El aire se sentía diferente.
Más liviano.
O tal vez…
era él intentando convencerse.
Caminó un poco más.
Hasta llegar a un pequeño puente.
Se apoyó en la baranda.
Miró el agua.
—…estoy solo…
Y esta vez…
no sonó como queja.
Sonó como verdad.
Una verdad que dolía…
pero que también…
era necesaria.
Cerró los ojos.
Y por un segundo…
todo estuvo en calma.
Sin gritos.
Sin peleas.
Sin Izana.
…
Pero entonces…
—…idiota…
Abrió los ojos.
Porque incluso ahí…
incluso lejos…
seguía pensando en él.
Apoyó la frente contra sus brazos.
—¿Por qué…?
No había respuesta.
Solo el sonido del agua.
Y un corazón…
que no sabía cómo dejar de sentir.
El sol empezó a bajar.
El cielo se tiñó de naranja.
Kakucho volvió a caminar.
Lento.
Sin rumbo.
Pero por primera vez…
sin alguien siguiéndolo.
Y aunque dolía…
también era libertad.
O al menos…
una versión de ella.
Se detuvo frente a una pequeña casa.
La puerta estaba entreabierta.
Era donde se iba a quedar.
Entró.
Vacía.
Simple.
Pero suficiente.
Se sentó en el suelo.
Apoyó la espalda contra la pared.
Y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—…mañana empiezo de nuevo…
Sus ojos se cerraron.
—…sin vos…
Silencio.
Pero esa última parte…
fue la más difícil de aceptar.
💕💕💕💕..... 💕💕💕💕..... 💕💕💕💕....
Hay historias que no solo se leen…
se sienten.
Historias donde el amor duele más que cualquier golpe…
donde las decisiones marcan cicatrices…
y donde soltar a alguien puede ser más difícil que quedarse.
Entre miradas que dicen todo…
y silencios que rompen el alma…
esta historia arde en cada capítulo.
Porque cuando amas así…
intenso, caótico, real…
no hay forma de salir ileso.
💔 Y aunque duela… sigues queriendo saber qué va a pasar.
✨ Si te gustó, deja tu mensaje
y dime qué parte te hizo sentir más
con cariño Luna Auol 🌸