Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 10 — A la vista de todos
Samantha
Era viernes por la tarde y el café estaba más tranquilo de lo habitual. Afuera el cielo comenzaba a teñirse de naranja, y el murmullo suave de las personas que pasaban por la calle se colaba por los ventanales abiertos. Me gustaba ese momento del día: cuando la ciudad se calmaba un poco y los clientes dejaban de pedir con apuro.
Estaba acomodando unas tazas cuando sonó la campanita de la puerta. Pensé que sería alguien más buscando café para llevar… pero era Clara.
—¿Qué haces acá? —pregunté, sin disimular la sorpresa.
Ella levantó una bolsita de galletas que había comprado y se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.
—Vine a que no te aburras. Además, quería estudiar fuera de casa. Es deprimente ver siempre la misma pared.
—Claro, esa es la razón —dije, rodando los ojos con una sonrisa.
Se sentó en la mesa cerca del mostrador, sacó su laptop y se puso a revisar cosas mientras hablábamos de todo un poco. Me hacía bien tenerla cerca, incluso en los días en los que sentía que el mundo me quedaba demasiado ajustado.
Y entonces, como si el universo jugara a la casualidad… volvió a sonar la campanita.
Mi corazón se apretó antes de girar.
Era él.
El profesor Herrera.
Entró con la misma calma de siempre, la libreta bajo el brazo y una expresión tranquila. Me saludó con una leve inclinación de cabeza al llegar al mostrador.
—Hola —dijo—. ¿Tienen café de avellanas hoy?
—Sí —respondí, esforzándome por sonar normal—. ¿Lo quiere para aquí o para llevar?
—Aquí —respondió, mirando alrededor. Sus ojos se posaron por un segundo en Clara, que disimuló mal su emoción—. Si no molesto, claro.
—Para nada —dije. Le cobré, le di su taza, y se fue a sentar a su mesa habitual. La misma del rincón. Clara me clavó la mirada cuando él se dio vuelta.
—Te lo juro, si esto no es una señal del destino, no sé qué es —susurró con los ojos encendidos—. ¿Vino ayer y ahora otra vez?
—Shhh —le dije—. Está justo ahí.
—¿Y? No es que lo estemos espiando… bueno, un poco sí, pero con respeto.
Reí bajo, intentando enfocarme en limpiar la barra. Pero no podía evitar mirar de reojo. Él sacó su libreta, anotó algunas cosas, bebió un sorbo de café. Tranquilo, centrado. Como si no hubiera nadie más en el mundo.
Clara me miró con una sonrisa que parecía a punto de estallar.
—Samantha, ese hombre claramente tiene buen gusto en cafés. Y quizás en personas también.
—No empieces —le dije.
—¿No te diste cuenta de cómo te mira? No es como nos mira a todas. Hay algo diferente.
—Es un profesor —susurré.
—Y tú tienes 22. Así que nadie va a ir preso, relájate.
Tuve que contener la risa. Clara tenía esa habilidad de quitarle gravedad a todo sin quitarle valor.
Unos minutos después, él se acercó a dejar su taza vacía y agradeció como siempre. Pero antes de irse, hizo una pequeña pausa y se dirigió a mí directamente:
—¿Trabajas aquí todos los días?
Asentí, algo desconcertada.
—Casi todos, sí. Algunas tardes.
—Entiendo. Entonces probablemente vuelva.
Me miró un segundo más. Ni demasiado tiempo, ni demasiado poco. Justo el necesario para que algo dentro de mí se encendiera sin avisar.
—Buena tarde, Samantha.
Y se fue.
Me quedé quieta, como si acabara de pasar un temblor.
—¿Lo escuchaste? —dijo Clara, boquiabierta—. ¡¡Te llamó por tu nombre!! ¡Y dijo que va a volver!
—Ya ha venido antes… —intenté restarle importancia.
—Sí, pero no había dicho eso. Amiga, se está abriendo una historia hermosa aquí y yo estoy sentada en primera fila.
Sonreí, todavía con las mejillas calientes.
No sabía qué estaba pasando.
Pero me gustaba demasiado como para fingir que no.