Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 2: El boleto a la libertad
**Tres años antes...**
El sonido estridente del teléfono de la oficina parecía taladrarle los sesos a Maya. Tenía los ojos fijos en la pantalla de la computadora, donde las tablas de Excel con los balances financieros de la empresa familiar parecían mezclarse en un borrón sin sentido. Llevaba más de doce horas encerrada en ese cubículo, con una taza de café frío a medio tomar y un dolor punzante en la nuca que no la dejaba pensar.
A sus veintidós años, Maya sentía que cargaba el peso del mundo sobre sus hombros. Desde la pérdida de sus padres, se había volcado por completo a los estudios y al negocio, intentando demostrar que era capaz, pero olvidándose por completo de vivir. Y para colmo, estaba Camilo, su novio de ese entonces. Un hombre que, en lugar de ser un apoyo, se había convertido en una carga de reproches, celos silenciosos y exigencias absurdas.
La puerta de su oficina se abrió de golpe, rompiendo el silencio sepulcral. Maya dio un brinco en la silla.
—¡Se acabó! ¡Suelta ese ratón ahora mismo o te lo quito a la fuerza! —exclamó Luli, entrando como un torbellino de energía y color.
Detrás de ella entró Lucía, con una sonrisa cómplice y un par de carpetas que dejó caer sin piedad sobre el escritorio de Maya, justo encima de sus estados de cuenta.
—Chicas, por favor, estoy en medio de un cierre de trimestre... —alcanzó a protestar Maya, tallándose los ojos con cansancio.
—No nos importa tu trimestre, May —sentenció Lucía, cruzándose de brazos con determinación—. Mírate al espejo. Tienes ojeras, estás pálida y tu novio el rancio te está absorbiendo la poca alegría que te queda. Necesitas un respiro antes de que colapses.
Luli se apoyó en el borde del escritorio, con los ojos brillándole de emoción, y sacó de su bolso un sobre de color azul brillante. Lo deslizó por la madera hasta que tocó las manos de Maya.
—¿Qué es esto? —preguntó Maya, frunciendo el ceño.
—Tu boleto a la libertad, amiga —respondió Luli con una sonrisa de oreja a oreja—. Bueno, técnicamente son dos boletos. Uno para ti y uno para mí. Nos vamos a la playa. Siete días, seis noches, sol, arena, trajes de baño diminutos y absolutamente cero responsabilidades.
Maya abrió el sobre y se quedó sin aliento al ver los pasajes de avión con destino a un exclusivo resort caribeño. El vuelo salía en apenas tres días.
—No, no, no. Chicas, están locas —dijo Maya, sintiendo una mezcla de pánico y un deseo secreto que nacía en su estómago—. No puedo dejar al abuelo solo con la administración de la empresa, y Camilo... Camilo tiene planeada una cena con sus padres para este fin de semana. Si le digo que me voy de viaje con Luli, se va a poner como loco.
Lucía soltó una bufada, rodando los ojos.
—¡Que se ponga como quiera! Camilo no es tu dueño, Maya. Y respecto a tu abuelo, déjame decirte que él fue nuestro cómplice. Walter fue el primero en decir que necesitabas vacaciones y hasta nos dio su tarjeta para pagar parte de los pasajes. Dijo que quería ver a su nieta sonreír otra vez, no metida en esta cueva.
Esa revelación desarmó por completo a Maya. ¿Su abuelo lo había planeado? Un nudo de emoción se le formó en la garganta. Miró el pasaje y, por primera vez en años, sintió el impulso de hacer algo egoísta, algo solo para ella.
—¿De verdad creen que deba ir? —preguntó en un susurro, con el corazón empezando a latir a toda prisa.
—¡Por supuesto que sí! —Luli la tomó de las manos, levantándola de la silla—. Vas a empacar tus vestidos más lindos, nos vamos a olvidar de los balances, de los novios aburridos y de los problemas. Vamos a bailar, a tomar cócteles frente al mar y a divertirnos como nos lo merecemos. Te prometo que van a ser las mejores vacaciones de tu vida.
El entusiasmo de Luli era contagioso. Maya miró la pantalla de la computadora, luego miró a sus dos mejores amigas y, finalmente, soltó una carcajada limpia, la primera en muchos meses.
—Está bien... ¡Me voy! —aceptó Maya, sintiendo una descarga de adrenalina pura.
Los siguientes dos días fueron un caos absoluto de preparativos. Maya y Luli se pasaron las tardes enteras recorriendo los centros comerciales, buscando ropa adecuada para el clima tropical. Luli, fiel a su personalidad coqueta y extrovertida, obligó a Maya a comprar bikinis que jamás se habría atrevido a usar en su ciudad, vestidos cortos de telas vaporosas que se ceñían a sus curvas y sandalias altas.
—Tienes un cuerpo espectacular, Maya, ya es hora de que lo presumas y dejes de esconderte detrás de esos trajes de sastre grises —le decía Luli mientras le lanzaba un vestido corto de flores a la sección de probadores.
La noche anterior al viaje, el único trago amargo fue la llamada de Camilo. Tal como Maya había previsto, su novio reaccionó de la peor manera al enterarse del viaje.
—¿Cómo que te vas a la playa con Lurdes? ¿Estás loca? Ese lugar está lleno de tipos buscando una sola cosa, Maya. No me parece correcto que vayas a exhibirte sola por ahí —le reclamó Camilo a través del auricular, con ese tono posesivo que a ella ya le causaba náuseas.
—No voy sola, voy con mi mejor de las amigas. Y no voy a exhibirme, voy a descansar, Camilo. Mi abuelo está de acuerdo y la decisión ya está tomada —respondió Maya, experimentando una extraña fuerza interna que nunca antes había sentido.
—Pues si te vas, no esperes que esté aquí aplaudiéndote cuando regreses —sentenció él, colgando la llamada con brusquedad.
Maya miró el teléfono. En otro momento, habría llorado y pedido disculpas, pero esa noche solo sintió alivio. Cerró su maleta con llave, sintiendo que al hacerlo, también le ponía llave a esa etapa gris de su vida.
El día del vuelo, el abuelo Walter las despidió en el aeropuerto con un fuerte abrazo.
—Diviértete, mi niña. Recuerda que la vida es un suspiro. Sé libre, ríe y no pienses en nada más que en disfrutar —le susurró al oído, dándole un beso en la frente.
El viaje en avión fue una fiesta en sí mismo. Luli no paraba de hablar de los planes, de las fiestas en la playa y de los hombres guapos que seguramente conocerían. Maya, sentada junto a la ventanilla, miraba las nubes desaparecer mientras el avión descendía hacia el Caribe. El aire caliente y húmedo las recibió al bajar de la escalerilla, impregnado con ese olor a sal y aventura que solo el océano tiene.
Cuando el taxi las dejó en el resort, Maya sintió que estaba en un planeta diferente. El hotel era un paraíso de estructuras blancas, palmeras gigantescas y una piscina infinita que parecía unirse con el azul turquesa del mar de fondo.
—¡Llegamos! —gritó Luli, tirándose de espaldas sobre la enorme cama de la suite que compartían, la cual tenía un balcón con vista directa al océano—. Oficialmente, las reglas de la ciudad quedan suspendidas. Aquí nadie nos conoce, aquí podemos ser quienes queramos.
Maya se acercó al balcón, apoyando las manos en el barandal. El viento de la tarde le despeinó el cabello castaño y el sol poniente comenzó a teñir el cielo de tonos dorados, rosados y violetas. Una extraña sensación de expectativa le recorrió el cuerpo, como un presentimiento de que su destino estaba a punto de cambiar para siempre.
—Tienes razón, Luli —dijo Maya en voz alta, sonriendo con una libertad que le ensanchaba el pecho—. Esta semana es solo para mí.
Se dio la vuelta, dispuesta a cambiarse de ropa para bajar a la primera fiesta de la playa que organizaba el hotel esa noche. No tenía idea de que, a solo unos metros de ahí, en la suite presidencial del último piso, un hombre de cabello oscuro contemplaba el mismo atardecer, aburrido de los negocios y de la vida, esperando sin saberlo el momento exacto en que sus ojos color miel se cruzaran con los de ella para no dejarla ir jamás.