nunca hay que mentirse a uno mismo
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2
El restaurante en Florencia era de esos lugares donde el aire huele a trufa, cuero viejo y dinero antiguo. Las paredes, revestidas de madera oscura y terciopelo, absorbían el ruido, creando una atmósfera de exclusividad casi sagrada. Cuando Carmín y Nina cruzaron el umbral, el murmullo de las conversaciones bajó dos octavas. No necesitaban anunciar su llegada; su sola presencia funcionaba como una onda expansiva que obligaba a los comensales a interrumpir el movimiento del tenedor.
Carmín, enfundada en aquel vestido de seda negra que abrazaba cada una de sus curvas con una devoción casi religiosa, caminaba con la cabeza alta. Y Nina en un hermoso vestido azul media noche que era como su segunda piel , usualmente un arma de defensa, se habían transformado esa noche en un aura de misterio y sofisticación, caminaban con la seguridad de quien sabe que lleva consigo el secreto mejor guardado de México.
—Mesa para dos, per favore —pidió Nina al maître, quien las escoltó con una reverencia que parecía más una rendición.
Las sentaron en un punto estratégico. El local estaba a media luz, con velas que proyectaban sombras alargadas y elegantes. No había demasiadas mesas ocupadas, lo que hacía que el escrutinio fuera más evidente. Carmín sentía las miradas clavadas en su espalda, en el escote que Nina tanto había elogiado, y en esa seguridad renovada que empezaba a arder en su pecho.
—Mira eso, Carmín —susurró Nina, ocultando su sonrisa tras la carta de vinos—. Ni siquiera hemos pedido el primer trago y ya tenemos a todo el establecimiento a nuestros pies. Olvida al idiota ; aquí eres la reina de la Toscana.
En el rincón más oscuro y privado del restaurante, una mesa larga congregaba a un grupo de caballeros. Eran hombres de trajes impecables y relojes que costaban más que el hotel donde las chicas se hospedaban. Estaban allí para cerrar tratos, para mover los hilos del mercado europeo, pero en cuanto las dos chicas aparecieron, los contratos y las cifras pasaron a un segundo plano.
Eran hombres acostumbrados a la belleza fría y lineal de las pasarelas, pero lo que veían en Carmín era algo distinto: un ángel con curvas peligrosas, una belleza vibrante y terrenal que parecía irradiar calor propio. La degustación no era solo para la comida; aquellos hombres las devoraban con la vista, recorriendo con lentitud la línea de los hombros de Carmín y la picardía en los ojos de Nina.
Si las paredes pudieran hablar, o si ellas pudieran leer el pensamiento de aquellos caballeros, ni yendo a confesarse a la mismísima Santa María del Fiore lograrían limpiar tanta picardía. Los pensamientos que cruzaban la mesa de los negociadores eran pecaminosos, llenos de una admiración cruda y fascinada. Se preguntaban de dónde habrían salido aquellas dos visiones, qué hacía un "ángel" de ese calibre en una ciudad tan vieja y qué habría que hacer para que una de ellas les dedicara, aunque fuera, un desprecio.
—El precopeo es vital —declaró Nina, pidiendo una botella de vino tinto de la casa, uno con cuerpo y carácter, justo como su amiga—. Necesitamos entrar en ambiente antes de la cena. Italia nos debe una noche inolvidable y parece que los cobradores ya están listos en aquella mesa del fondo.
Carmín soltó una risa ligera, la primera risa auténtica en días. Tomó su copa y, con un movimiento elegante, giró apenas el rostro hacia la penumbra donde los hombres las observaban. Fue un segundo, un contacto visual fugaz que hizo que uno de los empresarios soltara el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Sabes qué es lo mejor, Nina? —dijo Carmín, saboreando el primer sorbo de vino—. Que hoy no me siento "demasiado" para nadie. Me siento exactamente lo que soy. Y si ellos tienen pensamientos impuros, que se los lleven a la iglesia mañana. Esta noche, la cena es nuestra.
El ambiente estaba cargado. El contraste entre la luz dorada de las velas y la oscuridad del rincón de los caballeros creaba una tensión eléctrica. Carmín , la diseñadora que horas antes lloraba en una habitación , ahora reinaba en el restaurante más lujoso de la zona. Ya no era la mujer a la que dejaron por "gorda"; era la mujer que, con un solo movimiento de cuello, ponía en jaque las negociaciones de la élite italiana.
La noche apenas comenzaba, y el hambre de Carmín ya no era de tristeza. Era un hambre de vida, de reconocimiento y de algo —o alguien— lo suficientemente "jugoso" como para hacerle olvidar por completo que alguna vez existió un hombre en México al que ella amo.
no se vale