Jeremy aceptó una propuesta laboral que le garantizaba el éxito profesional; el único problema era que lo llevó a la ciudad donde vivía Alisson, su primer y más grande amor, con quien las cosas no habían terminado nada bien hace diez años atrás. Al llegar no esperó encontrarse con la noticia de que su ex había fallecido el día anterior.
Asistió al funeral para despedirse como no pudo hacerlo antes, cuando puso una rosa en el ataúd, no pudo evitar derramar una lágrima; y eso fue suficiente para crear la conexión. Al llegar a su departamento, mientras terminaba de bañarse y limpiar el espejo empañado, vio a través del mismo el rostro de Alisson; acababa de toparse con el fantasma de su ex.
Ahora Alisson le pide ayuda para atrapar a su asesino, porque le asegura que ella no se mató, aunque no recuerda quien lo hizo. ¿Podrá Jeremy descubrir la verdad de la muerte de Alisson? ¿Podrá descubrir la verdadera razón de su separación?
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1. Regresando diez años después
La ciudad no había cambiado tanto como Jeremy esperaba. A través de la ventanilla del taxi, los edificios desfilaban con una familiaridad que le resultaba incómoda.
Las fachadas de ladrillo gastado, los letreros de neón parpadeantes en las esquinas, incluso el tráfico denso de la avenida principal, todo seguía ahí, como si el tiempo hubiera decidido congelarse en su ausencia.
Había imaginado que volver encontraría un lugar irreconocible, una versión tan transformada que pudiera recorrerla sin que nada le perteneciera. Se equivocaba.
O quizá sí había cambiado, pero no de la forma en que uno nota los cambios desde afuera. No eran los edificios ni las calles lo que le resultaba distinto, sino la sensación incómoda de estar caminando sobre recuerdos que no había pedido volver a pisar.
Cada esquina guardaba un eco. Cada acera parecía conservar la huella de pasos que había jurado no repetir. La ciudad era la misma, pero él ya no era quien la había recorrido antes, y esa disonancia le producía un mareo sutil, como caminar sobre un suelo que se mueve bajo los pies sin que nadie más lo perciba.
El taxi se detuvo frente al edificio donde ahora viviría. Jeremy observó la estructura a través del cristal tenía líneas limpias, vidrios reflectantes, concreto gris sin ornamentación. Moderno e impersonal. Un bloque de departamentos que podría estar en cualquier ciudad del mundo, sin historia, sin memoria. Perfecto para alguien que venía a trabajar, no a recordar.
El taxista murmuró el importe sin girarse. Jeremy sacó unos billetes del bolsillo de su chaqueta y los dejó sobre el asiento del pasajero. No esperó el vuelto. Abrió la puerta y el calor del exterior lo recibió como una palmada, denso y pegajoso, cargado de ese aire seco que conocía demasiado bien.
Bajó con su maleta, una sola maleta, porque no planeaba quedarse más de lo necesario, y se quedó unos segundos mirando alrededor. La acera frente al edificio era estrecha, bordeada por un árbol escuálido cuyas raíces habían levantado partes del concreto.
Al otro lado de la calle, una lavandería a cielo abierto exhibía tendederos con ropa que se movía con lentitud bajo el sol de la tarde. Un perro dormía bajo la sombra de un carro estacionado. Nada extraordinario. Nada que justificara la opresión que comenzaba a cerrársele alrededor del pecho.
El aire tenía ese mismo olor seco que recordaba. Una mezcla de polvo, gasolina y algo más, algo sin nombre que no pertenecía a ningún elemento químico sino a la memoria misma, a la forma en que el cuerpo reconoce un lugar antes de que la mente lo admita. Ese algo le apretó el pecho sin previo aviso, como una mano invisible que se cerrara alrededor de sus costillas y tirara hacia adentro. Jeremy tragó saliva y apartó la mirada de la calle.
No debería haber aceptado ese trabajo. El pensamiento llegó con la claridad brutal de las verdades que uno se empeña en ignorar. Se quedó ahí, de pie junto a la maleta, con el sol cayéndole sobre los hombros y la certeza pesándole en el estómago.
Había otras opciones. Siempre las hubo. Podría haber seguido en la ciudad donde vivía, cómodo en la rutina que había construido con cuidado, rodeado de paredes que no le pedían nada. Podría haber dejado que la oferta pasara de largo, como habían pasado otras antes.
Pero lo había hecho. Había aceptado. Porque era la oportunidad que cualquiera en su posición soñaría, el proyecto, el equipo, el presupuesto que solo se presenta una vez en una carrera. Porque era el paso que definía todo lo que venía después, la línea que separaba los que se quedan mirando de los que finalmente se mueven. Porque necesitaba demostrarse algo que no podía nombrar, algo que tenía que ver con volver y no desmoronarse.
Y porque, en teoría, ya había pasado suficiente tiempo. Diez años desde la última vez que había caminado por estas calles con otro propósito que no fuera escapar. Diez años desde que había cerrado la puerta de un departamento que ya no existía y había jurado que no volvería. Diez años de ciudades nuevas, rostros nuevos, proyectos nuevos, todo construido sobre el principio de que lo que quedaba atrás podía enterrarse lo suficientemente profundo como para que nunca saliera a la superficie.
Diez años eran suficientes para olvidar a alguien. ¿No? La pregunta se quedó flotando en el aire caliente de la tarde, sin respuesta. Jeremy la dejó ahí, suspendida, como se dejan las preguntas que no se quiere contestar. Cerró los ojos un instante, solo un instante, y cuando los abrió, su expresión había vuelto a la neutralidad practicada que llevaba años perfeccionando.
Tomó el mango de la maleta. Las ruedas chirriaron contra el concreto cuando la arrastró hacia la entrada del edificio. El portero automático le abrió con un zumbido, y Jeremy cruzó el umbral sin detenerse. El lobby era exactamente lo que esperaba, piso de mármol gris, recepción desierta, un reloj de pared marcando una hora que no le importaba. Todo limpio, todo funcional, todo vacío de significado.
Llamó al ascensor. Las puertas se abrieron de inmediato, como si lo estuvieran esperando. Entró, pulsó el botón de su piso y vio cómo el lobby desaparecía detrás de las puertas metálicas. El ascensor subió con un zumbido suave, sin sacudidas, sin rastros del pasado colándose por las rendijas. Subió al departamento sin mirar atrás.