Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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El peso de la traiciòn.
En una camilla de hospital, se encontraba una joven mujer, sus facciones eran delicadas y hermosas; pero en estos momentos parecía una mujer común y corriente luchando por sobrevivir mientras se aferraba a la vida. Después de unos días de lucha constante por despertar, finalmente lo había logrado. El pitido lento e insistente de un monitor fue el primer sonido que percibió al intentar abrir los ojos, esta era una señal de que seguía viva.
Sin embargo, pronto sintió un dolor punzante, como si su cuerpo hubiera sido ensamblado de nuevo a la fuerza, recorriendo cada fibra de su ser. Continuó intentando abrir los ojos, pero la intensa luz blanca la forzó a cerrarlos al instante.
— Sheila, finalmente has despertado. Tranquila… no te esfuerces.
Al escuchar una voz grave, aunque a la vez suave, la mujer finalmente logró abrir los ojos. Delante de ella estaba un hombre alto, de aspecto elegante y rasgos atractivos. En su mirada se notaba la preocupación, pero ella percibió algo más, una sensación que no logró descifrar.
— ¿Quién… eres? — Preguntó ella con la garganta seca.
El hombre la observó por un instante, y convencido de lo que haría, respondió sin ninguna duda.
— Soy tu esposo.
El mundo de la joven se detuvo por un instante. Confundida, frunció ligeramente el ceño ante esa afirmación. Ella no recordaba absolutamente nada; ni su nombre, ni su pasado, y mucho menos a aquel hombre.
Sin embargo, la seguridad en la voz de él y la forma en que la miraba la impulsaron a aferrarse a sus palabras como a la única verdad existente, además, al parecer él si la conocía. Sin más opciones, decidió creerle, comenzando así lo que ella consideraba su vida.
La mansión Soto se alzaba imponente, era una muestra de elegancia y perfección, aunque también de frialdad. Era un lugar donde el orden era absoluto, cada objeto en su lugar exacto; excepto ella. Desde el primer instante que pisó ese lugar, no se sorprendió por los lujos ni la inmensidad de este. Lo que terminó de confirmar que realmente pertenecía allí.
Pero a pesar de sus esfuerzos por integrarse día tras día, aprendiendo a moverse en lo que se suponía era su vida, y de su cautela al recorrer pasillos silenciosos bajo miradas llenas de desprecio, la sensación de que algo no estaba bien persistía. Y esa sensación se intensificaba aún más, especialmente cuando su supuesto esposo no estaba, porque ese era el momento en el que todo se transformaba. Las palabras amables desaparecían, dejando paso a sonrisas que se crispaban en gestos de fastidio.
— No eres más que una inútil.
— Ni siquiera recuerda quién es.
— Es una vergüenza para esta familia.
Eran las palabras que escuchaba a diario, pero simplemente se limitaba a escuchar, mientras callaba y ocultaba sus emociones, intentando resistir. No sabía quién había sido antes, solo tenía la certeza de que en ese lugar había aprendido rápidamente a cómo actuar frente a ellos; debía ser alguien que no respondía y soportaba.
— Felicidades, Sra. Soto. Usted está embarazada.
Su mundo se detuvo de nuevo al escuchar las palabras del doctor. Cómo era posible si le habían dicho que sería difícil debido a que su cuerpo no podría resistirlo, debido a su fragilidad. El doctor continuó hablando.
— Pero debido a su condición, puede ser un embarazo de alto riesgo. Lo recomendable es que se mantenga en reposo absoluto y tener una buena alimentación.
Sheila salió del consultorio después de su revisión, pero su mente aún trataba de asimilar lo que estaba sucediendo. Había decidido ir al doctor porque llevaba días sintiéndose mal, lo que menos esperaba era recibir esta noticia, una que aunque le generaba un poco de temor, también la hacía sentir una inmensa alegría. Sus manos, temblorosas, se posaron sobre su vientre, sintiendo una calidez desconocida que inundaba su pecho y crecía sin control. Por primera vez desde que despertó, sintió que algo le pertenecía, algo genuino. Algo que nadie podría arrebatarle, o eso creía.
Al regresar a la mansión, iba desbordada de felicidad y con grandes ilusiones. Se imaginaba el rostro de su esposo radiante de alegría al darle la noticia, ya que él le había dicho en muchas ocasiones cuánto deseaba tener un hijo suyo. Finalmente, ese sueño estaba a punto de hacerse realidad.
Al verlo esa noche, no pudo contener la emoción y corrió hacia él. Su corazón latía con fuerza, lleno de felicidad y esperanzas.
— Tengo que darte una noticia…
Esas fueron las únicas palabras que logró articular, porque él la interrumpió de inmediato, y sin darle oportunidad de decir nada más, la sujetó del brazo con brusquedad y la obligó a seguirlo. Ella no entendía lo que sucedía, por lo que no pudo reaccionar ante la repentina y violenta acción.
— Sal. — Hablo él con desprecio.
— ¿Q-Qué…?
Fue lo único que pudo articular antes de que la puerta se abriera abruptamente. Un empujón seco la arrojó al suelo helado del exterior, sintiendo como el impacto le robaba el aliento.
— A partir de hoy, tú y yo no somos nada. — Dijo él con una voz fría e irreconocible. — Ya no me sirves.
Sheila sintió como todo se desmoronaba a su alrededor. El hombre que le había dado una vida, aunque a veces sintiera que no pertenecía a ese lugar, ella lo había aceptado de esa manera, porque de igual manera no recordaba nada más. Pero ahora, esa misma persona la desechaba como si fuera un objeto. No entendía porqué estaba sucediendo esto; fue entonces cuando la vio, detrás de él, una mujer apareció. Hermosa y elegante. Aferrada a su brazo como si siempre le hubiera pertenecido.
— Begonia es mi prometida ahora. — Dijo él con frialdad. — Por lo tanto no puedo permitir que sigas aquí.
Él cerró la puerta de golpe, dejándola sola y tendida en el suelo. El estruendo resonó en su pecho, y el frío invernal le caló hasta los huesos, pero esto era insignificante comparado con el abrumador vacío que acababa de instalarse en su interior.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse en silencio, congelándose al contacto con su piel. Intentó hablar, de encontrar una explicación a lo que sucedía, pero la voz se le anudó en la garganta.
¿Por qué le estaba pasando esto? Ella era su esposa; ¿cómo podía él comprometerse con otra persona? Estos pensamientos eclipsaban su dolor físico, porque ahora lo que le dolía sin consuelo era el alma.
— Señora, venga conmigo.
Unos brazos cálidos la sostuvieron tratando de ayudar a levantarla. Esta era la señora Fátima. La única persona en esa casa que alguna vez la miró con humanidad.
— No debería estar aquí. Se va a enfermar. — Habló con preocupación.
— ¿Por qué…? — Su voz se quebró finalmente. — ¿Por qué me hace esto? Yo… Yo fui una buena esposa.
— Mi niña lo que nunca entendí… — Dijo observándola con tristeza. — …es por qué usted soportó tanto