Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 1
El despertador no sonó; rugió como una sentencia de muerte a las cinco de la mañana. Me quedé un momento mirando las manchas de humedad en el techo de mi habitación, contando los segundos antes de que la realidad me golpeara el pecho. Treinta mil dólares. Esa era la cifra que flotaba en el aire, el peso muerto que me hundía cada vez que intentaba tomar una bocanada de aire fresco. No era solo dinero; era la libertad de mi padre, la salud de mi madre y el último rastro de dignidad que nos quedaba después de que el negocio familiar se fuera al garete.
Me levanté y sentí el frío del suelo colándose por mis pies. Mi reflejo en el espejo del baño me devolvió una imagen que apenas reconocía: Alexa Hills, una mujer de veinticuatro años con ojos cansados y una mandíbula apretada por la costumbre de tragarse las palabras. Me recogí el cabello en una coleta tirante, tan apretada que me dolía el cuero cabelludo. Ese era mi uniforme de guerra. En la empresa DArgent, la debilidad se olía a kilómetros, y mi jefe tenía el olfato de un depredador sediento de sangre.
Caminé hacia la cocina y preparé un café tan negro y amargo como mi humor. Mi madre ya estaba despierta, sentada a la mesa con un montón de facturas frente a ella. No dijo nada, pero sus hombros caídos lo decían todo. Le puse una mano en el hombro al pasar, un gesto silencioso que prometía que hoy sería diferente, aunque ambas supiéramos que probablemente no lo sería.
El trayecto en el metro fue el mismo caos de siempre. Cuerpos apretujados, olor a metal y desesperación. Al llegar al imponente edificio de cristal de DArgent, respiré hondo. El logo en la entrada brillaba bajo el sol de la mañana, frío y distante. Subí al piso cuarenta, el santuario del hombre que hacía que mis días fueran una tortura psicológica.
—Llegas dos minutos tarde, Hills —la voz de Azkarion DArgent cortó el silencio del pasillo antes de que yo pudiera siquiera dejar mi bolso.
Estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a mí. Su silueta era perfecta, demasiado perfecta para ser real. El traje gris marengo parecía esculpido sobre sus hombros anchos, y la forma en que sostenía su tableta denotaba un control absoluto sobre cada molécula de oxígeno en esa habitación.
—Buenos días, señor DArgent. Hubo un retraso en la línea roja —respondí, manteniendo la voz plana, sin rastro de la irritación que me quemaba la garganta.
Él se giró lentamente. Sus ojos, de un gris tormentoso que a veces parecía casi plata, me recorrieron de arriba abajo con un desdén que ya ni siquiera me molestaba. O eso intentaba creer.
—Las excusas son para los mediocres. Y tú no puedes permitirte ser mediocre, considerando que tu rendimiento es lo único que mantiene a tu familia a flote, ¿no es así?
Apreté los puños detrás de mi espalda. Él lo sabía. Sabía exactamente dónde apretar para que doliera. Azkarion no solo era mi jefe; era mi dueño de facto. Conocía mis deudas, conocía mi historial y disfrutaba recordándome que yo era una pieza reemplazable en su tablero de ajedrez, aunque fuera la asistente más eficiente que jamás había tenido.
—Tengo los informes de la fusión con el grupo Miller listos en su escritorio —dije, ignorando su provocación—. También organicé su agenda para la cena de caridad de esta noche.
Él caminó hacia mí, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume: una mezcla de sándalo, cuero y algo metálico que me recordaba al peligro. Se detuvo a escasos centímetros, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—¿La cena? No iré solo, Hills. Tú vendrás conmigo.
—Señor, eso no está en mi contrato. Mi horario termina a las seis —objeté, sintiendo un nudo en el estómago.
Azkarion soltó una risa seca, carente de humor.
—Tu contrato es lo que yo diga que sea. Necesito a alguien que sepa quién es quién y que no intente acostarse conmigo antes de los postres. Tú eres perfecta para eso; tu desprecio por mí es tan evidente que resulta refrescante.
Se alejó hacia su escritorio de caoba oscura, dejándome allí, temblando de una rabia contenida que amenazaba con desbordarse. El resto de la mañana fue un desfile de llamadas, correos electrónicos y humillaciones sutiles. Azkarion me hacía repetir presentaciones tres veces solo porque una fuente no era de su agrado, o me mandaba a buscar un café específico a cinco manzanas de distancia bajo la lluvia, solo para dejarlo enfriar en la mesa sin darle un sorbo.
Hacia el mediodía, el hambre empezó a pasarme factura, pero él no me permitió tomarme un descanso. Había una tensión extraña en el aire hoy. Azkarion estaba más inquieto de lo habitual, revisando documentos legales que no tenían nada que ver con la fusión Miller. Vi de reojo un sobre negro sobre su escritorio, con un sello de cera que no reconocí. Cada vez que su mirada caía sobre ese sobre, su expresión se endurecía, volviéndose algo casi inhumano.
—Hills, tráeme el archivo de propiedad de la sede en Londres. Ahora —ordenó sin levantar la vista.
Fui al cuarto de archivos, un lugar pequeño y agobiante lleno de estanterías que llegaban al techo. Busqué entre las carpetas, con el corazón latiéndome con fuerza. Estaba cansada. Realmente cansada. La falta de sueño y la presión constante estaban erosionando mis defensas. Apoyé la frente contra el metal frío de una estantería y cerré los ojos por un segundo. Solo un segundo.
"Solo un poco más", me dije a mí misma. "Paga la deuda y vete". Pero sabía que a este ritmo, me tomaría diez años saldar lo que debíamos. Y mi padre no tenía diez años.
Cuando regresé a la oficina con el archivo, Azkarion estaba hablando por teléfono. Su voz era baja, un susurro amenazante que me erizó los vellos de la nuca.
—...no me importa lo que cueste. Quiero que ella esté allí. El contrato debe ser impecable. No habrá errores esta vez.
Colgó en cuanto me vio entrar. Sus ojos brillaron con algo que no supe identificar: ¿expectación? ¿Caza? Me entregó una pila de papeles para triturar, pero entre ellos, mi mirada captó un nombre que me heló la sangre. El nombre de la antigua empresa de mi padre.
—Señor DArgent... ¿por qué tiene documentos sobre la liquidación de "Hills & Co"? —pregunté, rompiendo mi propia regla de no hacer preguntas personales.
Él se levantó lentamente, rodeando el escritorio con la elegancia de un lobo rodeando a una presa herida. La luz de la tarde entraba por los ventanales, bañando la oficina en tonos dorados y sombras alargadas.
—Curiosidad, Alexa. Me gusta saber cómo fracasan las personas. Es una lección valiosa para no repetir sus errores. Tu padre fue descuidado. Confió en la gente equivocada.
—Él no fue descuidado —siseé, perdiendo los papeles—. Fue estafado por gente como usted, que solo ve números donde hay vidas humanas.
El silencio que siguió fue absoluto. Podía oír el tic-tac del reloj de pared, un sonido rítmico que marcaba el final de mi carrera. Había cruzado la línea. Azkarion se detuvo frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Esperaba un grito, una carta de despido, una humillación pública. Pero no hizo nada de eso.
En lugar de eso, extendió la mano y rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. El contacto fue eléctrico, una sacudida que me dejó paralizada. Su piel estaba fría, pero su mirada quemaba.
—Tienes fuego, Alexa. Es una lástima que lo uses para defender a un hombre que ya está derrotado.
Me aparté de un tirón, mi respiración agitada.
—No vuelva a tocarme.
—¿O qué? ¿Vas a renunciar? —me desafió, con una sonrisa ladeada que era pura maldad—. Adelante. Vete. Pero recuerda que mañana es el último plazo para el embargo de tu casa. Sin este sueldo, sin mi referencia... ¿qué vas a hacer?