Victoria Pérez descubre un secreto íntimo y peligroso de su jefa, Christina Jonas. Una verdad capaz de destruir la imagen impecable de una mujer con un matrimonio perfecto… y de abrirle a una simple empleada la puerta a un sueño que siempre le fue negado.
Convencida de tener el control, Victoria decide usar ese secreto para avanzar. Pero la extorsión se vuelve contra ella cuando el poder cambia de manos y el precio deja de pagarse con silencio o ambición, para exigirse en obediencia y entrega.
¿Qué sucede cuando los límites morales se quiebran y el cuerpo se convierte en moneda de cambio? A veces, la verdadera trampa no es la obligación… sino el deseo que despierta.
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INICIO - VICTORIA PÉREZ
NARRADOR
Victoria Pérez a sus veinticuatro años aprendió que una vida sencilla y predecible era su mejor opción. Después de un pasado tormentoso que luchó para olvidar y enterrar en lo más profundo de su memoria, creyó haber alcanzado la paz que tanto ansiaba y necesitaba.
Ese martes fue tan normal como cualquier otro día de lunes a viernes. Despertó faltando cinco minutos para que sonara su alarma. Se preparó el mismo café sin azúcar que había tomado desde sus dieciocho años cuando perdió a las personas que debieron protegerla y le fallaron.
Después de su café y de comer dos tostadas con queso crema, ella se vistió formal como cada día. Usó un vestido negro que no mostraba más piel de la que debía y sus zapatos de tacón del mismo color. Eran cómodos y si dentro de sus tareas ese día debía llevar muchas copias o café, le ayudaban a prevenir un accidente.
Llegó a la empresa dedicada a la publicidad, que hacía un año le había ofrecido un contrato efectivo, faltando diez minutos para comenzar su labor. Había aprendido que ser puntual le evitaba preguntas y miradas reprobatorias.
El último año había ocupado el mismo puesto en recepción. Fue contratada por su apariencia y lo sabía. Tenía un rostro agradable, cabello rojizo hasta debajo de los hombros y facciones delicadas. Ella inspiraba confianza y calma. Nada más.
Victoria sonreía por cortesía. Había días en los que estaba sentada durante horas, respondiendo el teléfono, desviando llamadas o filtrando correos. Los días más ajetreados debía hacer copias y llevar café. Ella era un lindo accesorio con funciones que cualquier persona podía cumplir y también reemplazable.
En su hora de receso abrió su bolso y tomó su teléfono para revisar con una pequeña chispa de esperanza su correo. Tenía una respuesta de la última editorial a la que le había enviado su manuscrito.
"-Señorita Victoria, después de revisar su manuscrito lamentamos informarle que su novela no cumple con nuestros estándares actuales..."
No hizo falta continuar leyendo. Ella había aprendido esas líneas de memoria durante los últimos meses. Ella no era escritora, pero se había esforzado. En esas líneas había depositado el momento más doloroso de su vida de una manera que no generara morbo.
Sus noches de insomnio en las que únicamente los malos recuerdos la perseguían, ella corregía párrafos, tomaba apuntes, revisaba que su ortografía fuera perfecta y reemplazaba palabras usando sinónimos que creía adecuados.
Victoria había llorado al describir respetuosamente el momento más doloroso y traumático vivido. Sonrió al escribir los últimos capítulos donde narraba que su protagonista encontraba el amor y la oportunidad de confiar en alguien que no le fallaba. Ella no había encontrado el amor, pero era justo que su protagonista lo hiciera.
La dueña de una editorial le había dicho claramente por qué su novela era rechazada y ella lo había entendido. El mercado actual buscaba historias con morbo, obscenas, con relaciones tóxicas o peligrosas. Ella no quería escribir eso.
Muchas veces la habían rechazado, hasta que una editorial le hizo una nueva propuesta, publicar de manera independiente su novela. Al saber los costos y contemplar su economía actual no podía permitírselo. Su empleo cubría sus necesidades básicas y pagaba las cuentas tales como el alquiler de su pequeño apartamento en una zona segura de la ciudad.
Victoria no tenía nada valioso que pudiese vender para cubrir los costos de publicar su obra. Eso dolía tanto como no poder hacer reconocido su pasado con la esperanza de cambiar la vida de algunas mujeres que estuvieran viviendo una situación como la que ella había experimentado.
Faltando una hora para salir de la empresa, una mujer apresurada le entregó un pendrive del que debía hacer copias para una presentación importante. Ella se puso de pie y fue al pequeño cuarto. Hizo las copias y abandonó su escritorio para llevarlas a una de las salas de juntas en el que únicamente estaba su jefa, Christina Jonas.
Victoria se congeló un momento en su sitio y agachó la mirada. Esa mujer a la que pocas veces había visto le resultaba intimidante. Christina imponía respeto con solo su presencia cuidada y fría. No necesitaba levantar la voz para ser escuchada. Tenía una vida perfecta, un esposo adinerado y un trabajo exitoso.
Christina levantó su mirada y la observó un breve segundo, conteniendo el aliento.
--Tu nombre-- Fue lo único que dijo con voz plana
--Victoria Pérez, señora Jonas-- Respondió sin mirarla a los ojos
--Bien-- Fue lo único que dijo Christina antes de volver a concentrarse en su laptop
Aquella tarde, Victoria salió de su trabajo con la desilusión latente en su pecho. Llegó a su apartamento prolijamente ordenado, limpio en exceso. Fue a su cuarto y se acostó sobre la cama. Tomó su desgastado cuaderno, dónde había escrito su novela de manera reducida, y lo sostuvo contra su pecho.
Dejando el cuaderno dentro de su mesa de noche, ella comenzó a revisar sus cuentas impagas y el dinero que poseía. Lo que le sobrara no podría cubrir ni la impresión de las portadas de su novela.
--Algún día podré hacerlo-- Repitió en voz alta para no derrumbarse, como lo hacía cada día. Ese era su sueño, su única ambición
Antes de dormir, ella comenzó a navegar por internet leyendo los testimonios de varias mujeres que en su situación habían podido ganar dinero de manera rápida y fácil. Los testimonios no eran alentadores ni afines con sus valores morales intactos.
Un enlace se reprodujo en su computadora, uno que jamás había visto. Una mujer en lencería provocativa estaba tocándose y hablando con voz sensual. Había que pagar para ver o también podía interactuar con esa persona usando un chat privado por escasos minutos
Ella cerró esa ventana emergente haciendo múltiples clics. Detestaba esos anuncios, los aborrecía. No podía entender como una mujer podía exponerse de esa manera por dinero, ella jamás lo haría. No disfrutaba ser mirada, prefería ser invisible.
La belleza que para una mujer como Christina era un arma, para alguien como Victoria era una maldición.
ahora se va hacer la ardida 😡😡 ojalá no se dejen al chantaje de esta