Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 7: Traición en el Alba
El ruido del helicóptero era ensordecedor, agitando las copas de los pinos y levantando polvo que se filtraba por las rendijas de la cabaña. Elena se terminó de vestir a toda prisa, con el diario de Antonio apretado contra su pecho. Samael ya estaba en la puerta, con el arma en la mano y la mirada perdida en la niebla que se iba desapareciendo.
—Quédate detrás de mí, Elena —ordenó él, con ese tono de dominación que ya no le sabía a protección, sino a control.
La puerta de la cabaña se abrió de par en par. No hubo disparos, ni explosiones. Solo un silencio aterrador mientras un grupo de hombres de negro formaba un pasillo. Por él caminó Lady Morgana, impecable en un abrigo de lana gris, como si estuviera llegando a una cena de gala y o a una persecución en las montañas. Detrás de ella, Silas guardó su arma con una sonrisa de victoria que le revolvió el estómago a Elena.
—Samael, hijo mío —dijo Morgana, su voz suave y letal—. Ya ha sido suficiente teatro, ¿no crees? La niña ya encontró el diario. El plan salió tal cual lo diseñamos.
Elena sintió que el mundo se detenía. Miró la espalda de Samael, esperando que él se riera o que le disparara a su madre. Pero él no se movió. No negó nada.
—¿De qué está hablando esta mujer? —susurró Elena, buscando los ojos de Samael.
Samael se giró lentamente. Sus ojos grises, que hace solo una hora ardían de amor salvaje mientras la hacia suya frente a la chimenea, ahora estaban fríos, vacíos, como dos lápidas de mármol.
—El diario tenía que ser descubierto por ti, Elena —dijo él, con una voz que no tenía rastro de la ternura de la noche anterior—. Si yo te contaba la verdad, nunca la creerías. Necesitabas encontrarlo "por accidente" para que el vínculo entre nosotros se sellara por la culpa y el pasado.
—¿Todo fue un montaje? —Elena sintió que el aire se le escapaba. Las caricias, la huida, el sexo desesperado en la alfombra... ¿todo era parte de una estrategia para que ella aceptara el "pacto de linaje"?
—Eres un activo valioso para la familia, querida —intervino Morgana, acercándose a Elena y acariciándole la mejilla con un dedo helado—. Samael sabe que para domar a una mujer como tú, no se puede usar solo la fuerza. Había que usar el corazón. Y por lo que veo en tu cara, él hizo un trabajo excelente.
La rabia de Elena estalló. No le importó que Silas la apuntara. Se lanzó contra Samael, Lo agarró por el cuello de la camisa y lo sacudió con rabia, mientras las lágrimas rodeaban por sus mejillas por la traición.
—¡Mírame a la cara, malparido! —le gritó, con la rabia escapándosele por cada poro en medio de tanto dolor —. ¡Dime que lo que pasó anoche fue mentira! ¡Dime que cada vez que me tocabas estabas pensando en este maldito contrato!
Samael la agarró por las muñecas, inmovilizándola con una fuerza que antes la excitaba y ahora le daba asco. La pegó a su cuerpo una última vez, y por un segundo, Elena creyó ver una chispa de arrepentimiento en su mirada, pero fue borrada de inmediato por la frialdad. Él bajó la cabeza y la besó con una violencia amarga, un beso que no sabía a amor, sino a despedida y a dominación pura. Sus lenguas se encontraron en una lucha desesperada, un choque de fluidos y odio que le recordó a Elena que, a pesar de la traición, su cuerpo seguía encadenado al de él.
Samael la soltó bruscamente, dejándola tambaleante.
—Lo que pasó anoche fue necesario, Elena. Ahora, entrega el diario y sube al helicóptero. El juego de la cabaña se acabó.
Justo cuando Silas se acercaba para esposar a Elena, una explosión de humo rojo estalló en donde terminaban los árboles. El sonido de un coche a toda marcha rompió la calma del lugar de los Blackwood.
—¡Ahora, Leni! —gritó la voz de Valeria.
Una camioneta blindada entró derrapando en el claro, barriendo a dos de los hombres de Morgana. Desde la ventana trasera, Maira operaba una unidad de interferencia que volvió locos los sistemas de comunicación del helicóptero.
Elena no lo pensó. Aprovechó la confusión, le propinó un rodillazo en la entrepierna a Silas y corrió hacia la camioneta. Antes de subir, miró atrás una última vez. Samael estaba allí, de pie, sin hacer nada para detenerla, pero tampoco para ayudarla. Morgana gritaba órdenes, pero él solo observaba cómo Elena escapaba.
—¡Arranca, Val! —gritó Elena, cerrando la puerta mientras las balas empezaban a llover sobre el blindaje.
Dentro de la camioneta, rodeada de la ternura protectora de sus amigas, Elena rompió a llorar, pero no de miedo, sino de un odio renovado. Tenía el diario. Tenía la verdad. Y ahora, tenía un objetivo claro: iba a destruir a Samael Blackwood, incluso si tenía que arrancarse el corazón para lograrlo.