La perdida de un ser amado es difícil de superar; pero al final siempre llega una pequeña luz que comienza a iluminar nuestras vidas hasta cambiarlo todo.
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Un tarde que no sabìa que necesitaba.
El tercer acercamiento hacia Violet, fue una conversación inventada. Amelie le había pedido a su padre que le llevará un cuento que había escrito en la clase de literatura. En él, una niña se perdía en un bosque lleno de lobos que gritaban y árboles que no daban sombra. Pero justo cuando iba a rendirse, aparecía una mujer de ojos grises que sin tocarla, la guiaba de vuelta al camino.
“Ella no hablaba mucho. Pero sabía encontrar la salida porque había estado perdida en ese lugar muchas veces.”
El texto estaba ilustrado con crayones de diferentes colores. Pero la última página tenía una pregunta escrita a mano.
“¿Te gustaría leer la segunda parte conmigo?”
Emiliano se lo dejó en el asiento del auto donde sabía que Violet lo vería al terminar una visita a la empresa. No hubo una respuesta inmediata por parte de ella. Pero dos días después, ella dejó en recepción una pequeña libreta con tapa negra, la cual tenía una nota en la primera hoja.
“Los lobos no siempre se callan. Pero a veces vale la pena seguir caminando. –V”
Esa misma noche, Emiliano observó a Amelie mientras dibujaba en su escritorio. A decir verdad esa pequeña estaba tan concentrada que ni siquiera se había tomado su vaso de leche tibia que tanto le gustaba.
— ¿Qué estás haciendo ahora, pequeña estratega? — Preguntó acercándose un poco más.
— Un mapa para Violet. — Respondió concentrada sin mirarlo.
— ¿Un mapa? — Preguntó él con curiosidad. — ¿Y a dónde la lleva ese mapa?
— No lo sé. — Respondió con calma sin dejar de dibujar. — Solo sé que le cuesta caminar sola. Así que le estoy dejando piedritas como Pulgarcito para que no se pierda.
Emiliano se arrodilló a su lado y examinó el dibujo. Era evidente que su hija buscaba un vínculo más profundo con Violet. Y aunque esto le causaba una ligera preocupación, al mismo tiempo, presentía que algo grandioso surgiría de esa conexión.
— ¿Te has dado cuenta de que estás cambiando su mundo?
Amelie lo miró con seriedad infantil. Por supuesto que no lo sabía, pero ella solo deseaba verla sonreír.
— No quiero cambiar su mundo, papá. Solo quiero que sepa que puede quedarse en el nuestro, si así lo quiere.
Mientras tanto, en su departamento, Violet abrió su bolso y sacó la libreta negra, la carta con la espada y el paraguas, el dibujo de la nube-gato, y el frasco vacío. Los puso todos sobre la mesa como si fueran pruebas de un juicio silencioso. Y por primera vez, desde aquella noche en la que había perdido todo, lloró sin rabia. Solo por la ternura de una niña que no sabía rendirse, por la parte de sí misma que aún quería creer, aunque fuese en secreto. Por ese extraño sentimiento que comenzaba a brotar en un rincón de su pecho. Y sin entender por qué, escribió una frase en la libreta negra.
“No sé si puedo quedarme; pero estoy empezando a querer hacerlo.”
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Una mañana en la oficina, mientras Violet estaba absorta en la revisión de informes, descubrió una hoja de papel doblada que tenía dibujado un pequeño corazón en una de sus esquinas. Esto no la tomó por sorpresa; desde su llegada a la empresa de Emiliano, este tipo de hallazgos se había convertido en algo habitual. Sin darle más vueltas, desdobló la hoja y procedió a leer el mensaje.
*“Hoy papá tiene una reunión larga. ¿Quieres venir a casa conmigo? Puedo enseñarte a hacer chocolate con malvaviscos. No es perfecto, pero calienta el corazón. Solo si quieres.”
“No tienes que hablar mucho. Yo a veces tampoco tengo ganas.”*
Violet sostuvo la nota, mirándola con cautela, como si fuese una trampa disfrazada de amabilidad. Aunque inicialmente consideró rechazarla o ignorarla, finalmente la guardó en su bolso. La invitación era clara, pero Amelie nunca imponía nada; simplemente ofrecía una oportunidad a quien quisiera aceptarla. Pero finalmente sin dudarlo mas la aceptó.
A las cuatro de la tarde. Violet se encontraba frente a la puerta de la casa de Amelie. No traía ni flores, ni dulces, ni una sonrisa, solo sus zapatos inmaculados y una expresión neutra, aunque menos tensa de lo habitual.
Amelie abrió la puerta con una sonrisa. Llevaba puesta una bata de cocina que le quedaba considerablemente grande.
— ¡Puntual! — Exclamó feliz. — Eso me gusta.
Violet alzó una ceja ante la emotividad de la niña. De inmediato comenzó a arrepentirse pero finalmente se quedo.
— No soy de las que se retrasa… ni siquiera cuando no sabe a qué viene.
— Entonces esto será interesante. — Respondió Amelie dándole paso para que entrara. — Bienvenida a una tarde sin preguntas difíciles.
El caos infantil reinaba en la cocina; tazas con residuos de cacao, cucharas y malvaviscos estaban esparcidos por la encimera. Aunque Emiliano tenía ayuda para la limpieza de la pequeña casa, a él le gustaba permitir que Amelie se expresara a través del arte culinario, siempre bajo la condición de que limpiara todo el desorden al finalizar.
— ¿Confías en mí para preparar chocolate? — Preguntó Amelie, mientras vertía la leche con la seguridad de una chef profesional.
— Con supervisión. — Respondió Violet, quitándole una cuchara con firmeza. — Esta va en el azúcar, no al cacao.
— ¿Entonces si te importa el resultado?
— Me importa el orden. — Respondió Violet. Pero su tono ya no tenía filo.
Mientras el líquido burbujeaba suavemente, Amelie puso música instrumental. El ambiente se llenó de una calidez que Violet no esperaba.
— ¿Por qué haces esto? — Preguntó Violet de pronto.
— ¿El chocolate?
— No. ¿Porque intentas acercarte a mí a toda costa?
Amelie pensó por un momento. Luego se encogió de hombros como si no fuera gran cosa.
— Porque tú tienes mirada de “no me toques”… pero también de “ojalá alguien me tocara el alma sin romperla”.
La frase hizo que Violet soltara el cucharón. Provocando que se quedara quieta respirando hondo.
— No soy buena con la gente. — Admitió Violet sin mirarla.
— Tampoco lo era mi papá. — Dijo Amelie, con una sonrisa leve. — Pero yo era chiquita y no me di cuenta, así que tuve tiempo de enseñarle.
— ¿Y ahora me quieres enseñar a mí? — Preguntó observando a la niña con detenimiento.
— No. Contigo solo estoy… esperando a que bajes la guardia. Yo puedo esperarte; no tengo prisa.
Violet sonrió brevemente. Aunque no comprendía del todo porque lo hacía, le agradaba sinceramente cómo se sentía al hablar con Amelie, quien la hacía sentir que no era necesario estar siempre a la defensiva.
Después de tomar chocolate, fueron al jardín. Allí, Amelie le enseñó su árbol favorito, su escondite secreto para desahogar las tristezas y la piedra con forma de media luna que había enterrado para su madre, con la esperanza de que "floreciera desde el cielo".
Violet se agachó junto a la piedra y la observó fijamente. Por un momento sentía que podía dejar atrás todo su dolor. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, hablo sobre aquello que le producía tanto dolor.
— Yo también iba a tener una hija. — Habló suavemente como si temiera romperse. — Pero no pude llegar a conocerla. Estaba dentro de mí cuando… Pasó algo malo. — Dijo con tristeza. — Alguien me traicionó, y al final se fue antes de llegar.
Amelie no pronunció palabra. Simplemente colocó su pequeña mano sobre la de Violet, con delicadeza, intentando transmitirle consuelo y calor; sintiendo que con eso era suficiente.
Cuando Emiliano llegó al atardecer, encontró a ambas dormidas en el sofá. Amelie reposaba sobre Violet, y esta última tenía la mano posada sobre el cabello de la niña, en un gesto que parecía habitual entre ellas.
Él se abstuvo de hacer ruido, y se quedó observándolas sin interrumpir su descanso. Finalmente, una sonrisa se dibujó en su rostro, pues comprendió que su hija no había llegado por casualidad, sino que su alma inmensa había llegado con el fin de cambiar la vida de algunos, ayudándoles a sanar.