En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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Veneno enmascarado
El regreso de las montañas fue como descender de un sueño de seda para caer de golpe en un campo de minas. Pero esta vez, Fah no sentía miedo. El aire gélido de la cumbre parecía haberse quedado instalado en sus pulmones, dándole una calma que asustaba.
Dará sabía que el ataque en el puerto había sido solo el preludio. Alguien quería medir su fuerza, y la mejor forma de responder era apareciendo en la Gala de las Sombras, el evento anual donde la élite del crimen y la política se reunía bajo máscaras de oro y terciopelo
.
La preparación para la gala fue un ritual de guerra disfrazado de etiqueta. Dará contrató a los mejores sastres para que diseñaran algo único para Fah. El resultado fue un traje de tres piezas en un tono negro medianoche, con solapas de seda y un corte que realzaba su figura andrógina y atlética. Sus botas, de cuero finísimo, ocultaban una pequeña daga en el lateral.
—No eres una invitada, Fah —le recordó Dará mientras le ajustaba la máscara veneciana de plata que cubría la mitad superior de su rostro—. Eres mis ojos. Tu misión es moverte entre la multitud, escuchar los susurros y encontrar al hombre conocido como "El Escorpión". Se rumorea que tiene el contrato para mi cabeza.
El salón de baile del Gran Hotel Imperial era un laberinto de espejos, lámparas de cristal y fragancias costosas. Dará entró del brazo de Fah, capturando todas las miradas. Dará lucía un vestido rojo carmesí que caía como sangre fresca, contrastando con la elegancia severa y masculina de Fah.
—Disérsate —susurró Dará al oído de Fah, rozando apenas su lóbulo con los labios—. Búscalo. Yo mantendré a los lobos ocupados en la mesa de baccarat.
Fah se separó con un asentimiento casi imperceptible. Se movió por el salón con la gracia de una pantera. Había aprendido que el traje no era solo ropa, era una armadura. Se acercó a las barras de mármol, pidió una bebida que no probó y agudizó el oído.
En la terraza, lejos de la orquesta, Fah divisó a un hombre con una máscara de cuero negro que observaba a Dará con una intensidad depredadora. El hombre sacó un pequeño dispositivo y susurró algo. Fah se acercó, fingiendo estar un poco ebria, tambaleándose ligeramente.
—¿Buscando a alguien? —preguntó Fah, su voz profunda y controlada.
El hombre se giró, sorprendido por la audacia de la joven. —Buscando el momento adecuado, niño. No deberías estar aquí.
—Soy la sombra de lo que estás buscando —respondió Fah, enderezándose de golpe y bloqueando su salida—. Y las sombras no suelen ser muy amigables con los insectos.
Antes de que el hombre pudiera reaccionar, Fah notó un detalle: un camarero se dirigía hacia la mesa de Dará con una bandeja de copas de cristal. Había algo en su forma de caminar, una rigidez innecesaria.
Fah no tuvo tiempo de interrogar al hombre de la máscara. Le propinó un golpe certero en el plexo solar que lo dejó sin aire y corrió de regreso al salón. El vals estaba en su punto máximo. Dará estaba a punto de tomar una copa de la bandeja.
—¡Dará! —el grito de Fah no fue fuerte, pero su tono hizo que Dará se detuviera en seco.
Fah llegó justo a tiempo. En lugar de quitarle la copa, tomó la mano de Dará y la atrajo hacia sí, iniciando un baile improvisado y brusco que derribó la bandeja del camarero. El cristal estalló en el suelo, y el líquido transparente comenzó a burbujear sobre la alfombra, quemando las fibras de seda.
El pánico estalló en el salón. El camarero intentó huir, pero los guardias de Dará, alertados por la acción de Fah, lo interceptaron en segundos.
Dará miró el líquido corrosivo en el suelo y luego a Fah. La joven estaba frente a ella, jadeando levemente, con los ojos brillando tras la máscara de plata. No había rastro de la chica que quería saltar del puente. Había una guerrera que acababa de salvar a su reina frente a toda la alta sociedad.
Dará se acercó a ella y, delante de todos los invitados atónitos, le quitó la máscara a Fah. Le acarició el rostro con orgullo, marcando su territorio más que nunca.
—Parece que mi mascota tiene un instinto para el veneno —dijo Dará lo suficientemente alto para que los invitados escucharan—. El Escorpión acaba de perder su aguijón.
Esa noche, en el yate de regreso, Dará no pidió que Fah se recostara en su regazo. Esta vez, la sentó a su lado, en el mismo nivel, y le entregó una copa de vino real.
—Ya no eres solo mi sombra, Fah —dijo Dará, mirándola con una mezcla de deseo y respeto—. Eres mi mano derecha. Y mañana... mañana iremos a buscar a quien envió ese veneno. Juntas.