Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.
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Capítulo 9 - ¿Cierto que Nico está guapo?
—Nicolás, mi nombre era Nicolás —repitió él con calma.
Lucas sonrió.
—Oh, Nicolás… hasta el nombre es atractivo. Mucho gusto, Nico. ¿Puedo llamarte Nico?
—Mientras no me digan “escolta”, pueden llamarme como gusten —respondió en tono amistoso.
—Bueno, Nicolás —continuó Lucas—, yo soy Lucas y espero que podamos ser amigos. No te pesa?
—¿Qué cosa? —preguntó él, incrédulo.
—Cargar con toda esa belleza.
Nicolás soltó una risa baja. Lucía también, Isabella al final dejó salir una pequeña risa
—Bueno, ya vámonos —intervino ella.
Subieron al auto. Lucas y Lucía no tardaron en retomar el interrogatorio.
—¿Y a qué te dedicas exactamente, Nico? —preguntó Lucía.
—Soy la seguridad personal de la señorita Anderson.
—¿Y dónde hay que votar o qué?
—¿Para qué? —respondió él, sin apartar la vista del camino.
—Para que te multipliques y seas mi seguridad… pero muy privada.
—Qué descarada eres, Lucía —intervino Isabella.
Nicolás no pudo evitar reír.
—Ay, mi amor —añadió Lucía—, al hombre hay que tirársele de cabeza y sin casco. Si no, se nos va. ¿Cierto, Lucas?
Todos rieron.
Todos menos Isabella.
Dejaron primero a los chicos.
—Hasta mañana, señorita —dijo Nicolás al detener el coche frente a la mansión.
—Hasta mañana, Nicolás.
Y por primera vez, su voz no sonó tan cortante.
Un mes después
Habían pasado semanas y ya ambos estaban acostumbrados a la rutina.
Seguían teniendo pequeños desacuerdos, pero nada que alterara el equilibrio.
Eso sí, cada vez que se reunían con Lucas y Lucía, los comentarios atrevidos no faltaban. Nicolás reía y seguía la corriente. En la garra de esos dos, todo parecía inocente… o eso querían creer.
En el club
Los Anderson y los amigos de Isabella habían quedado en el club.
Nicolás estaba a punto de irse cuando Lucía lo detuvo del brazo.
—Quédate a jugar tenis con nosotros.
—No creo que sea buena idea.
—Por favor, se merece una distracción —insistió ella.
Lucas se sumó al complot.
—Señora Sara, ayúdenos a convencer a Isabella de que juegue con nosotros.
Sara, que tomaba un fresco mientras Tomás conversaba con unos amigos, sonrió al ver el grupo.
—Nicolás, pensé que ya te habías ido.
—Lo convencimos de quedarse un rato —dijo Lucía.
—Isabella, anda y diviértete —intervino Sara—. No seas aguafiestas.
—Está bien —respondió ella, resignada.
Terminaron jugando:
Lucía y Nicolás contra Lucas e Isabella.
Y ganaron Lucía y Nicolás.
—Estos dos son unos perdedores —celebró Lucía entre risas.
Invitó a Nicolás a tomar algo —pagaban los perdedores—, pero él negó con la cabeza.
—Tengo un pendiente. Aprovecharé que la señorita está aquí para adelantarlo.
Lucía asintió con cierta decepción disimulada.
Regresaron donde estaba Sara y pidieron refrescos mientras esperaban a Tomás para almorzar.
—¿Quién ganó? —preguntó Sara curiosa.
—Nicolás y yo —respondió Lucía—. Arrasamos.
Luego añadió, sin filtro:
—Señora Sara, ¿cierto que Nico está guapo? Nos veríamos lindos juntos.
Sara rió.
—Bueno… no lo sé. Aunque, ahora que lo dices, también se vería muy bien como novio de Isabella.
Isabella casi se atraganta con el jugo.
Las risas no se hicieron esperar.
—Yo pienso igual —añadió Lucia—. Con nosotros coquetea, pero eso no avanza. ¿Cierto, Luqui?
—En efecto.
—Mamá, por favor —protestó Isabella—. Es un naco. ¿Cómo voy a fijarme en él?
—Pues de naco no tiene nada —replicó Lucía.
—Ay, ya quisiera verlo yo sin nada… —empezó Lucas.
—¡Lucas! —lo interrumpió Isabella.
Sara, todavía divertida, aclaró:
—De escolta tiene poco. Es dueño de su academia. Rubén se formó con él.
Isabella parpadeó.
—¿Qué?
—Sí —continuó Sara—. Es hijo de unos amigos cercanos. Hace poco retomamos contacto.
Lucas abrió los ojos.
—¿O sea que el papucho, además de estar rico… es rico?
Las carcajadas volvieron.
—Pero no entiendo, mamá —insistió Isabella—. Si es el dueño, ¿por qué me cuida él?
—Porque tu padre se lo pidió encarecidamente. Y aceptó. Cuando no está contigo, está pendiente de su academia.
Isabella se quedó pensativa.
—Ahora que lo dices… conozco a su hermana, Manuela. Una vez dijo frente a nuestros padres que yo sería la futura esposa de su hermano mayor. No lo tomé en serio.
—Pues se refería a Nicolás —rió Sara.
—Ay, amiga —añadió Lucía—, seremos cupidos como tu cuñis Manuela.
—Por favor. Ni Dios lo permita.
—¿Ah, no? —provocó Lucas—. ¿O no quieres aceptar que te mueve el piso?
Antes de que Isabella respondiera, Tomás apareció.
—¿De qué hablan? Perdón por tardar, tengo un hambre terrible. ¿Ya saben dónde comeremos?
—Sí, papi, vamos —respondió ella, todavía intentando procesar lo que acababa de descubrir.