Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 8
Leonardo
El timbre sonó a las nueve de la noche.
Los mellizos dormían en la canasta, después de una segunda ronda de biberones y un cambio de pañales que me tomó veinte minutos pero logré sin despertarlos del todo. El penthouse estaba a oscuras, porque no había tenido tiempo de encender las luces, y yo seguía en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada contra los armarios, demasiado cansado para moverme.
El timbre sonó otra vez.
Me arrastré hasta la puerta con la lentitud de un anciano. Cuando abrí, no esperaba a nadie.
Y allí estaba Valeria.
Ya no llevaba el uniforme celeste. Llevaba unos jeans gastados, una camiseta negra que le quedaba holgada, y una chaqueta de mezclilla que había visto mejores días. Su pelo, suelto esta vez, le caía sobre los hombros en ondas oscuras.
En sus brazos, una bolsa enorme.
—No me pregunte por qué estoy aquí
dijo antes de que yo pudiera hablar.
— Solo sé que usted no tiene nada para que estos niños duerman bien, y yo no iba a poder dormir sabiendo que están en una canasta.
Me aparté para que entrara. No dije nada. No porque no quisiera, sino porque si abría la boca, probablemente me pondría a llorar.
Vale entró con la seguridad de quien conoce el terreno, aunque el penthouse estuviera a oscuras y yo apenas pudiera ver su cara. Dejó la bolsa en la isla de la cocina y empezó a sacar cosas.
Dos moisés portátiles. Plegables, de esos que se usan para viajar. Ropa de bebé, varios bodies de algodón. Mantas más suaves que las que tenían. Un termómetro digital. Y en el fondo de la bolsa, una caja grande de pañales de la talla correcta.
—Esto es de segunda mano
dijo, mientras colocaba los moisés en el suelo de la sala, separados pero cerca el uno del otro.
— La ropa también. Las mantas son nuevas, pero las compré en el supermercado. No es nada lujoso, pero...
—¿Por qué hace esto?
la interrumpí. Mi voz sonó ronca, extraña, como si no la hubiera usado en días.
— Usted no me conoce. No nos conoce.
Vale dejó de mover las mantas. Por un momento, el penthouse estuvo tan silencioso que pude oír su respiración.
—Cuando yo tenía quince años
dijo, sin mirarme.
— mi madre murió. No tenía familia. No tenía a nadie. Una vecina me recogió en su casa, me dio un plato de comida caliente, y no me preguntó nada. Solo estuvo allí.
Se volvió hacia mí. En la penumbra, sus ojos marrones brillaban con algo que no era lástima.
—No me pregunte por qué hago esto
dijo.
— Solo sepa que hoy usted necesitaba ayuda. Y yo sé lo que es necesitar ayuda y no tener a nadie.
No supe qué responder. No había palabras para lo que sentía en ese momento. Así que hice lo único que se me ocurrió, me acerqué a ella, tomé su mano, y la apreté con la misma fuerza con la que me había aferrado a los mellizos todo el día.
—Gracias
dije. Y esta vez la palabra sí supo a lo que tenía que saber.
Vale me miró un segundo más. Luego retiró su mano con suavidad, sin brusquedad, y volvió a su trabajo.
—Ahora
dijo, con un tono que pretendía ser práctico pero que yo ya empezaba a reconocer como su manera de esconder sus emociones.
— vamos a trasladar a estos dos a sus nuevas camas. Y después, usted va a dormir. Porque mañana tiene que hacer las pruebas de ADN, comprar todo lo que falta, y aprender a cambiar un pañal sin que parezca que está desactivando una bomba.
—¿Y usted?
pregunté.
— ¿Usted qué va a hacer?
—Yo me voy a mi casa. Porque mañana trabajo. Y dentro de una semana tengo un examen final que no puedo perder.
—¿Estudia?
—Diseño Gráfico. En la Academia de Bellas Artes.
Me quedé mirándola con renovado asombro. Esta mujer que limpiaba mi penthouse, que había aparecido con moisés de segunda mano y ropa usada, que hablaba con la autoridad de quien ha vivido más de lo que su edad sugiere... estudiaba Diseño Gráfico en una de las mejores academias de Roma.
—No me mire así
dijo, mientras trasladaba a Lucía al moisés con una delicadeza que me dejó sin aliento.
— No soy una heroína. Solo soy una mujer que tiene que pagar sus estudios y que sabe un poco de bebés.
—No la estaba mirando como a una heroína.
—¿Entonces cómo?
—Como a alguien que hace más con menos que cualquier persona que conozco.
Ella se quedó quieta, con las manos todavía sobre la mantita de Lucía. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Luego se enderezó, tomó su bolsa vacía, y caminó hacia la puerta.
—Mañana vuelvo a las ocho
dijo, con la voz un poco más ronca que antes.
— Por favor, para entonces tenga algo de comida para usted. No puede cuidar niños con el estómago vacío.
—Vale
la llamé cuando ya tenía la mano en el pomo.
Se volvió.
—Mañana, cuando vuelva, ¿me enseña a hacer todo esto? No solo a cambiar pañales. Todo. A cuidarlos. A saber qué necesitan. A no sentir que en cualquier momento voy a hacer algo mal.
Ella me miró un largo rato. Luego, por primera vez desde que la conocía, sonrió con algo que no era media sonrisa, no era ironía, no era distancia.
Era una sonrisa completa. Con los dientes. Con los ojos. Con esa pequeña arruga en la comisura de los labios que ya se había grabado en mi memoria.
—Mañana empezamos las clases, papá Fontana
dijo.
—Prepárese. Va a ser el curso más difícil de su vida.
Y antes de que yo pudiera responder, cerró la puerta y se fue.
Me quedé allí, en el pasillo, con las luces apagadas y de mis hijos en la sala, y por primera vez desde que abrí la puerta esa mañana, sentí que no estaba completamente solo.