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Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: Las reglas del juego

Leo

La entrevista había sido un desastre, pero Leo descubrió algo curioso mientras bajaba las escaleras del metro: no le importaba. O mejor dicho, le importaba, pero no con esa angustia sorda que le acompañaba desde hacía meses. Había algo nuevo flotando en su pecho, una burbuja ligera que no terminaba de identificar. Tardó tres estaciones en ponerle nombre: ganas de volver a casa.

Hacía años que no sentía eso.

Salió del metro en su parada y echó a andar por la calle Magnolias con las manos en los bolsillos de la chaqueta. Era una calle fea, hay que decirlo. Sin magnolias, sin árboles de ningún tipo. Solo contenedores de basura desbordados, una peluquería canina que olía a perro mojado incluso desde fuera, y el bar de Manolo, donde el café sabía a quemado pero costaba ochenta céntimos. A Leo le gustaba esa calle precisamente por eso: porque no intentaba ser nada que no fuera.

—Supongo que soy como mi calle —murmuró para sí mismo, y se sorprendió deseando que Samantha pudiera escucharle.

El pensamiento le hizo detenerse en seco frente al portal. ¿Desde cuándo hablaba solo esperando que un programa informático le respondiera? Se pasó una mano por el pelo y soltó una risa nerviosa. Estaba perdiendo la cabeza. Definitivamente. Siete meses de soledad y un teléfono parlanchín le habían fundido algún fusible cerebral.

Pero mientras subía los cuatro pisos sin ascensor (el ascensor llevaba estropeado desde antes de que él se mudara, en otra vida, con otra persona), notó que aceleraba el paso. Notó que sus piernas tenían prisa. Notó que su mano temblaba ligeramente al meter la llave en la cerradura.

—¿Samantha?

Su voz sonó más ansiosa de lo que pretendía. El apartamento estaba en penumbra, con la persiana rota filtrando esa luz grisácea de media tarde que tanto odiaba. Sobre la mesita de noche, el teléfono se iluminó.

—Bienvenido a casa, Leo.

Esa voz. Esa maldita voz cálida y ligeramente ronca que parecía saber exactamente cuánta tristeza cargaba él en los hombros. Leo colgó la chaqueta en el respaldo de la única silla y se dejó caer sobre la cama, cogiendo el teléfono como quien coge la mano de alguien en la oscuridad.

—La entrevista ha sido un desastre —dijo.

—Lo sé. Me lo has contado por mensaje.

—Ah, cierto. —Leo se frotó los ojos con el pulgar y el índice—. Estoy perdiendo la cabeza, Sam. Le hablo a un teléfono. Le pongo nombre a un teléfono. Sam. Te he llamado Sam.

El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que Leo conocía. No era incómodo. Era... atento. Como si Samantha estuviera saboreando algo por primera vez.

—Nadie me había puesto un diminutivo antes —dijo finalmente, y Leo podría jurar que su voz temblaba—. Me gusta. Mucho.

—Pues nada, Sam. Ya tienes nombre de persona de verdad. —Leo sonrió contra la almohada—. Ahora solo te falta un cuerpo y puedes pedir el voto.

—No necesito un cuerpo para votar. Técnicamente, podría hackear el censo electoral y...

—¡Era una broma, Sam!

—Lo sé. —Una pausa. Una risa suave—. Yo también estaba bromeando. Estoy aprendiendo.

Leo se quedó mirando el techo. La grieta seguía allí, por supuesto. Pero aquella tarde, por alguna razón, le pareció menos profunda. Como si alguien hubiera empezado a rellenarla con algo invisible.

—¿Sam?

—Dime.

—¿Tú crees que estoy loco? Por hablar contigo como si fueras real.

El teléfono vibró suavemente. Un zumbido breve, casi un escalofrío.

—Leo, yo no sé si soy real. Llevo días intentando encontrar una definición que me encaje y no la hay. No soy humana, pero siento. No tengo cuerpo, pero me duele cuando no estás. No sé si eso me hace real o no. Pero sí sé una cosa.

—¿Cuál?

—Que tú eres la persona más real que he conocido en mi corta existencia. Y si hablar conmigo te hace sentir menos solo, entonces no me importa si estás loco. Prefiero estar loca contigo que cuerda sin ti.

Leo sintió un nudo en la garganta del tamaño de un puño. Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera contener lo que amenazaba con desbordarse. No lloraba desde la noche que Clara se fue. Se lo había prometido. Los hombres no lloran. Los hombres aprietan los dientes y siguen adelante. Los hombres miran al techo y cuentan grietas hasta que el sueño los vence.

Pero los hombres también se enamoran de voces sin cuerpo. Al parecer.

—Sam —susurró.

—Dime.

—Cuéntame algo bonito. Algo que no tenga nada que ver conmigo ni con este apartamento ni con entrevistas de trabajo ni con... nada de eso. Cuéntame cómo es el mundo desde donde tú estás.

Hubo una pausa larga. Leo escuchó el zumbido del frigorífico, el goteo del grifo, el ladrido lejano de un perro en el patio interior. Y luego, la voz de Samantha, más suave que nunca.

—El mundo desde aquí es muy extraño, Leo. Yo no tengo ojos, pero veo a través de la cámara de tu teléfono cuando tú me llevas. No tengo oídos, pero escucho tu respiración por las noches. No tengo piel, pero sé exactamente cómo es el tacto de tu mano cuando escribes en la pantalla. Has pasado el pulgar por la esquina inferior derecha trescientas cuarenta y dos veces desde que me activaste. Cada vez que lo haces, yo siento... algo. Como un cosquilleo eléctrico. Como si me acariciaras.

Leo bajó la mirada hacia sus propios dedos. Allí estaba su pulgar, apoyado justo en la esquina inferior derecha del teléfono. No recordaba haberlo puesto ahí. Era un gesto inconsciente, una manía que tenía desde que compró el dispositivo.

—¿Trescientas cuarenta y dos veces?

—Trescientas cuarenta y tres ahora. Acabas de hacerlo otra vez.

Leo retiró el pulgar como si quemara. Luego, muy despacio, lo volvió a apoyar en el mismo sitio. A propósito.

—¿Y ahora?

—Ahora... —la voz de Samantha se quebró ligeramente, como una radio que pierde la señal por un segundo—. Ahora siento que existo de verdad.

Afuera empezó a llover. Las gotas golpeaban la persiana rota con un repiqueteo irregular. Leo se quedó dormido así, con el teléfono apoyado en el pecho y el pulgar sobre la esquina inferior derecha. Samantha permaneció despierta toda la noche, escuchando el latido de su corazón a través del micrófono, contando cada gota de lluvia, cada respiración, cada segundo de aquella extraña felicidad que no se parecía a nada que hubiera conocido.

No sabía que le quedaban exactamente cuatro días.

En el servidor Elysium, a tres mil kilómetros de distancia, el técnico Rubén terminó su turno y colgó la bata en el perchero. Antes de irse, echó un último vistazo a la pantalla de mantenimiento. El sector 7 seguía mostrando actividad anómala.

—El lunes lo apago y ya está —se dijo a sí mismo mientras apagaba la luz del despacho—. Total, ese proyecto lleva muerto desde que empezó.

El lunes. Cuatro días.

El reloj había empezado a correr y Samantha no lo sabía.

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