Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
NovelToon tiene autorización de Adri pacheco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 8
Hoy es el día.
El día que Mía esperó desde que todo empezó.
El día en el que, si todo salía bien, dejaría de ser prisionera.
Estaba sentada en la cama.
Mirando el reloj.
Las agujas parecían no moverse.
—Falta tan poco… —susurró.
Su corazón latía rápido.
Demasiado rápido.
No sabía si lo que sentía era felicidad…
o miedo.
Porque eran ambas cosas.
Felicidad por volver a ver a su abuela.
Por salir de ese lugar.
Por dejar atrás todo.
Pero miedo…
Miedo de Renzo.
Porque lo conocía.
Sabía de lo que era capaz.
Y aunque confiaba en Hanna…
Renzo tenía poder.
Dinero.
Influencias.
Podía encontrarla.
—No… —negó con la cabeza—. No va a pasar.
Pero la duda seguía ahí.
Entonces pensó en otra cosa.
Lucas.
Su pecho se apretó.
¿Volveré a verlo algún día?
No lo sabía.
Quizás el destino los cruzaría otra vez.
O quizás no.
Luego pensó en sus padres.
En Alma.
Y en todo lo que había pasado.
—No merecía nada de esto… —murmuró.
Su padre nunca la quiso.
Su madre… ni siquiera la miraba.
Siempre fue Alma.
Siempre.
—¿Por qué…? —susurró, con la mirada perdida.
Nunca encontró la respuesta.
—¿Qué tanto pensás?
La voz de Hanna la sacó de sus pensamientos.
Mía se sobresaltó.
—Me asustaste…
Hanna cerró la puerta detrás de ella.
Se veía cansada.
—Recién llego —dijo—. Estoy agotada.
Mía se levantó.
—¿Y Renzo?
—Se quedó —respondió—. Dijo que viene más tarde.
Mía sintió alivio.
—Falta menos de dos horas —continuó Hanna.
Mía asintió.
—Estoy nerviosa… pero sí, estoy lista.
Hanna la observó unos segundos.
—Bien.
Sacó algo de su bolsillo.
El celular.
—Tomá —se lo entregó—. Solo me llamás si es urgente.
Mía lo sostuvo con cuidado.
—¿Estás segura que tu hermano no me va a encontrar?
Hanna la miró seria.
—No.
Se acercó un poco más.
—Solo si vos querés que te encuentre.
Esa respuesta le dejó un sabor extraño.
Pero asintió.
—Confío en vos.
Y lo decía en serio.
El tiempo siguió avanzando.
Más lento que nunca.
—Voy a bañarme —dijo Hanna—. A las 20 tenés que estar en la puerta.
—Sí… gracias, Hanna.
La miró con una sonrisa sincera.
—Si no fuera por vos…
No terminó la frase.
Hanna negó.
—Mi hermano es un idiota.
Mía bajó la mirada.
—Cuando no estés… va a sufrir.
Mía no respondió.
Porque no quería pensar en eso.
—Te voy a extrañar… —dijo en voz baja.
Hanna la miró.
—No nos vamos a volver a ver.
El silencio se hizo pesado.
—Esta es nuestra despedida.
Mía sintió un nudo en la garganta.
—Ojalá encuentres a alguien que te ame como merecés.
Mía sonrió levemente.
—Lo voy a encontrar… y vos también.
Hanna negó.
—El amor no es para mí.
—¿Por qué decís eso?
Hanna no respondió.
Solo la abrazó.
Fuerte.
—Suerte… —susurró—. De ahora en adelante depende de vos.
Mía cerró los ojos.
—Gracias… por todo.
Hanna salió de la habitación.
Y Mía se quedó sola.
Se tiró en la cama.
Mirando el techo.
—Esto es más difícil de lo que pensé…
No tenía nada.
Nada que llevarse.
Y no quería nada de Renzo.
Nada.
O eso creía.
Se levantó.
Fue al clóset.
Miró toda la ropa.
Cara.
Perfecta.
Todo lo que él le había comprado.
—No… —susurró—. No quiero nada de esto.
Pero entonces…
vio una camisa.
De él.
La tomó.
La acercó a su rostro.
El perfume.
Ese aroma.
Cerró los ojos.
Y por un segundo…
todo volvió.
Sus manos.
Sus besos.
Su voz.
—¿Qué me pasa…? —susurró.
Se separó de golpe.
—No.
Pero no la soltó.
La guardó en una mochila.
—Solo esto.
Nada más.
Miró la hora.
Faltaba poco.
Muy poco.
—No pienses… —se dijo—. Solo hacelo.
Bajó las escaleras.
Su corazón latía fuerte.
Abrió la puerta principal.
Miró alrededor.
Dos hombres.
La observaron.
Uno asintió.
Eran ellos.
Sin dudar—
salió.
Caminó rápido.
Llegaron al portón.
Una camioneta roja esperaba.
Subieron.
Y arrancaron.
Silencio.
Nadie hablaba.
Mía miraba por la ventana.
Sus manos temblaban.
Entonces—
El teléfono de uno de los hombres sonó.
—Entiendo —dijo—. Ya vamos.
Colgó.
La miró.
—Señora… agáchese.
Mía frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—La camioneta de su esposo está cerca.
El aire se le fue del cuerpo.
—Hágalo ahora.
Mía obedeció.
Se agachó.
—Ahí vienen —dijo otro.
Mía no resistió.
Levantó un poco la cabeza.
Y los vio.
Tres camionetas negras.
Y en una de ellas…
Renzo.
Su corazón se detuvo.
Por un segundo eterno.
Pero no la vio.
Pasaron de largo.
Pero algo en Renzo…
Se movió.
Giró levemente la cabeza.
—Frena —dijo.
Pero ya era tarde.
La camioneta roja desaparecía en la distancia.
—Nada… —murmuró—. Debe ser mi imaginación.
Y siguió.
La camioneta aceleró.
Mía volvió a sentarse.
Respiraba agitada.
—Ya pasó —dijo uno de los hombres.
Pero ella no podía calmarse.
—Casi…
—Pero no pasó nada —respondió él.
Quince minutos después—
Llegaron a una pista privada.
Un jet los esperaba.
Subieron rápidamente.
Mía miraba todo.
Incrédula.
—Señora… esto es para usted.
Uno de los hombres le entregó un maletín.
—¿Qué es?
—La señorita Hanna dijo que lo abra cuando esté con su abuela.
Mía asintió.
Lo sostuvo fuerte.
—Tiene una habitación —señaló—. El vuelo dura unas once horas.
—¿A dónde vamos?
—No podemos decirlo.
Silencio.
Mía tomó su mochila.
El maletín.
Y entró.
La habitación era pequeña.
Pero cómoda.
Se sentó en la cama.
Y por primera vez…
entendió.
Me fui.
Ya no estaba en la casa.
Ya no estaba con él.
Ya no era prisionera.
O eso parecía.
Apoyó la espalda.
Cerró los ojos.
Pero en su mente…
apareció él.
Renzo.
—No… —susurró—. No mires atrás.
Pero su corazón…
no la obedecía.