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Confesión bajo amenaza
El día parecía transcurrir con normalidad, pero para mí cada segundo era una tortura. Sentía los ojos de Lila clavados en mi espalda en todo momento. Ella sonreía, me servía, me arreglaba el vestido... pero yo veía el veneno detrás de esa sonrisa. Sabía que estaba esperando el momento perfecto para atacar de nuevo.
No podía esperar más. Tenía que hablar con Kaelen.
Caminé decidida hacia el ala oeste del castillo, donde estaban sus despachos privados. Los guardias me conocían y me dejaron pasar sin preguntar. Llegué hasta la gran puerta de madera y, sin esperar, la empujé y entré.
Kaelen estaba sentado detrás de un enorme escritorio lleno de pergaminos y mapas. Tenía una pluma en la mano y parecía muy concentrado. Al escuchar el portazo, levantó la vista con el ceño fruncido.
—¿No te enseñaron a tocar antes de entrar, Elena? —preguntó con su tono autoritario—. Estoy ocupado con asuntos del reino.
—Lo siento, pero esto es urgente —dije yo, cerrando la puerta detrás de mí y echando el cerrojo con un clic.
Kaelen arqueó una ceja, sorprendido por mi actitud. Dejó la pluma y se recostó en su sillón, cruzando los brazos.
—¿Urgente? ¿Qué pasa? ¿Volviste a tener fiebre o te has vuelto loca de repente?
—Estoy más cuerda que nunca —dije yo, caminando hasta poner mis manos sobre su escritorio y mirándolo fijamente a los ojos—. Kaelen... me quieren matar.
Se hizo un silencio sepulcral. La diversión desapareció de su rostro por completo, reemplazada por una seriedad absoluta.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó bajando la voz, peligrosamente calmado.
—Anoche salí al balcón y vi algo... vi a alguien —le conté, hablando rápido, dejando que el miedo y la urgencia fluyeran—. Vi a Lila. Mi doncella. Estaba hablando con un hombre en el jardín. Planeaban envenenarme. Hoy mismo intentó darme una infusión... y vi cómo el líquido quemaba la alfombra. ¡Es verdad! Ella es una traidora.
Kaelen me observaba en silencio, escrutando cada expresión de mi cara. Yo esperaba que se riera, que me dijera que estoy imaginando cosas... pero no lo hizo. Su mandíbula se tensó y sus ojos grises se oscurecieron, llenándose de una furia contenida.
—¿Lila...? —murmuró, como probando el nombre—. ¿Estás completamente segura de lo que dices, Elena? Si esto es una mentira...
—¡No es mentira! —exclamé, desesperada—. ¡Yo la oí! Dijeron que cuando llegue el momento... ella misma me mataría. Y que tú no debías saber nada hasta que fuera tarde.
De repente, Kaelen se puso de pie de un salto. Fue tan rápido que me hizo retroceder un paso. Caminó hacia mí con pasos pesados y me agarró de los hombros, no con fuerza para lastimar, sino para sujetarme, para buscar mis ojos.
—¿Te hizo algo? ¿Te tocó? ¿Te amenazó? —preguntó, y su voz sonaba ronca, cargada de una preocupación y una ira que nunca había escuchado antes.
—No... aún no —susurré, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas por el estrés—. Tengo miedo, Kaelen. No sé en quién confiar. Todos parecen amigos y luego...
No me dejó terminar. Me atrajo hacia él y me envolvió en un abrazo fuerte, protector. Su pecho era un muro de seguridad contra todo lo malo. Acostó mi cabeza sobre su hombro y acarició mi cabello con una ternura que jamás pensé que fuera capaz de tener.
—Shhh... tranquila —susurró contra mi pelo—. Estás a salvo. Estás conmigo. Nadie te va a tocar un solo pelo, te lo prometo.
Sentí su corazón latir rápido contra el mío. Por primera vez desde que llegué a este mundo, no sentí miedo. Sentí protección.
—¿Me crees? —pregunté en voz baja, con la cara hundida en su pecho.
—Te creo —respondió él firmemente, separándose un poco para mirarme a la cara—. Algo en tus ojos... nunca me mientes. Y además, Lila siempre me pareció demasiado... perfecta. Demasiado sumisa. Huele a traición a kilómetros.
Suspiré aliviada, sintiendo como si me quitaran un peso enorme de encima.
—¿Qué vamos a hacer entonces? —pregunté.
Kaelen me soltó y caminó hacia la ventana, mirando hacia los jardines con una mirada asesina.
—Vamos a tenderles una trampa —dijo con voz fría—. Si quieren jugar, jugaremos. Pero esta partida la ganamos nosotros.
Se giró hacia mí con una sonrisa oscura y decidida.
—Esta noche, haremos que crean que su plan funciona. Tú seguirás actuando como la esposa dulce y confiada. Yo me encargaré del resto. Veremos quién es el valiente que quiere tocar lo que es mío.