Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.
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¡Los mundos que nadie ve y los sueños que no paran!
...Almas en Distinto Cielo...
...✦ ✦ ✦...
...Capítulo VI...
...Los mundos que nadie ve...
...y los sueños que no paran...
...— Porque todos guardamos un universo secreto que nadie nos pidió mostrar —...
◆
...Buenos Aires — Cualquier noche de semana★ ★ ★...
Valeria
Había un ritual que Valeria guardaba con la misma discreción con que otros guardan sus secretos más serios. No era dramático ni misterioso — era, en apariencia, tan simple como sentarse en el borde de la cama después de que los chicos se dormían, abrir la pantalla del televisor viejo y perderse en el mundo de una serie coreana. Pero para ella no era simple. Para ella era la única ventana que le quedaba hacia algo que no dolía.
Los kdramas habían llegado a su vida por accidente, como llegan las mejores cosas: sin que nadie las invite. Una noche de insomnio, un algoritmo que la llevó de click en click, y de pronto una historia en pantalla que le había hecho detener el dedo en el aire. Personajes que amaban de una manera que ella reconocía — con esa intensidad silenciosa, esa paciencia que duele, ese amor que espera sin anunciarse.
Lo que Valeria encontraba en esas historias
...No era el romanticismo lo que la atrapaba. Era el reconocimiento....
...Esos personajes que cargan solos sin quejarse. Que aman sin condiciones y reciben tan poco a cambio. Que tienen una dignidad que el mundo no siempre premia pero que nunca pierden....
...Valeria los miraba y pensaba: yo soy eso....
...Y por primera vez en mucho tiempo, ser eso no le parecía una condena sino una forma de ser extraordinaria que el mundo todavía no había sabido ver....
Nadie en el hotel lo sabía. Soledad lo sospechaba pero respetaba ese silencio. Sus hijos sabían que miraba "cosas raras en coreano" —así lo llamaba Mateo— y lo aceptaban como una de las excentricidades inofensivas de su madre. Nadie sabía cuánto.
Pero había algo que Valeria guardaba todavía más adentro que los kdramas. Algo que ni Soledad conocía. Algo que existía en los márgenes de sus noches, cuando la serie terminaba y el sueño no llegaba todavía y la casa estaba en ese silencio particular de las dos de la madrugada.
Valeria escribía.
No en cuadernos —los cuadernos se podían encontrar. Escribía en una carpeta en su teléfono, protegida con una clave que solo ella conocía, en una letra apretada y veloz que era completamente distinta a su caligrafía de maestra. Escribía historias. Letras de canciones que nunca escucharía nadie. Palabras que encontraban su forma en la oscuridad de su cuarto con una facilidad que a ella misma la sorprendía, como si algo en su interior llevara años esperando permiso para hablar.
De los escritos de Valeria — sin fecha
..."Hay un tipo de soledad que no grita....
...Se sienta a tu lado en silencio...
...y te pone la mano en el hombro...
...como si fuera lo más natural del mundo....
...Esa es la peor....
...La que ya no duele porque ya no sorprende....
...La que aprendiste a llamar compañía...
...porque olvidaste cómo se llama lo otro."...
Escribir la vaciaba de una manera que el trabajo no podía vaciarla, que las conversaciones con Soledad no podían vaciarla, que ni siquiera los sueños podían vaciarla. Era su lugar más propio. El único espacio donde Valeria Aldana no le debía nada a nadie y podía ser, sin disculpas, exactamente lo que era.
Una vez, mirando una serie, había pausado la imagen en una escena. El protagonista —un hombre de esa belleza serena que tienen algunos actores coreanos, alta, de ojos oscuros y presencia tranquila— miraba a la protagonista desde el otro lado de una sala llena de gente. Solo miraba. Y en esa mirada había todo lo que ella había deseado que alguien le diera alguna vez: el reconocimiento de que existía. De que importaba. De que había sido visto.
Valeria había pausado la imagen y se había quedado mirándola un rato largo. Luego había cerrado el teléfono y había escrito tres páginas de un tirón sin levantar los dedos de la pantalla.
No era el actor lo que la había detenido.
Era la mirada. Y la certeza repentina, irracional, imposible de explicar, de que en algún lugar del mundo existía alguien capaz de mirarla así.
◆
Esteban Quiroga llegó un sábado, como solía llegar: sin mucho aviso, con una valija pequeña y esa energía de los que viven en movimiento perpetuo y llevan la alegría pegada al cuerpo como segunda piel. Cuarenta años, el cabello siempre un poco largo para la ocasión, una sonrisa que había aprendido a calibrar para que no dijera demasiado.
Trabajaba en el espectáculo — teatro, algunos programas de televisión, ese mundo de luces y horarios imposibles que a Valeria le resultaba fascinante y completamente ajeno. Vivía en Córdoba. Venía a Buenos Aires cada dos o tres meses a ver a su familia. Y cuando venía, buscaba a Valeria.
Ella lo sabía. Lo había sabido desde los dieciséis años, cuando eran amigos de barrio y Esteban la miraba con esa disimulada intensidad que los adolescentes creen que es invisible. Lo supo durante los años que siguieron, cuando él se fue y volvió y se fue de nuevo y siempre, al volver, la llamaba primero. Lo sabía ahora, cuando él le decía "te extrañé" con un tono que tenía demasiado de verdad para ser solo amistoso.
Se encontraron en un café cerca de su casa. Esteban pidió un cortado y la miró de esa manera —esa que ella reconocía y ante la cual siempre miraba hacia otro lado.
"Estás igual," dijo.
"Estoy más vieja."
"No. Estás igual. No sé cómo lo hacés." Pausa. "¿Cómo estás, Valeria, de verdad?"
Ella revolvió el café. Pensó en la cuota de Alma. En el gas. En Franco. En la serie que había pausado tres noches atrás mirando esa mirada en pantalla.
"Bien," dijo. "Siempre bien."
Esteban la miró un momento más de lo necesario. "Algún día vas a dejar de responder eso."
"Y ese día te cuento todo." Sonrió. Él también sonrió. Y los dos supieron que esa conversación tendría que esperar, como esperaba siempre.
Valeria lo quería. De una manera genuina, sin ambigüedad, que era exactamente el problema: lo quería como se quiere a alguien que merece más de lo que uno puede darle. Esteban merecía una mujer que pudiera recibirlo de verdad. Y Valeria, con sus muros y sus miedos y su corazón que había aprendido a funcionar en modo de emergencia permanente, no podía ser esa mujer. Al menos no todavía. Al menos no con él.
Esa noche, sola en su cuarto, le escribió a Soledad.
"Vino Esteban."
La respuesta llegó en segundos: "¿Y?"
"Y nada. Café. Charla. Se fue."
"Val, ese hombre te adora."
"Lo sé."
"¿Y entonces?"
Valeria miró el techo. Pensó en todos los entonces que no tenían respuesta.
"Tengo miedo, Sole. No del amor. Del después del amor."
...Tokio — Las mismas semanas★ ★ ★...
Sebastián
El proyecto Buenos Aires avanzaba con la eficiencia que Sebastián imprimía a todo lo que tocaba. Contratos revisados. Permisos en proceso. El equipo de Jinho coordinando los detalles del rodaje. Su propia agenda armada con esa precisión de quien sabe que el tiempo es el único recurso que no se recupera. Todo en orden. Todo bajo control.
Todo, excepto lo de siempre.
El sueño había cambiado en las últimas semanas. Ya no era solo el rostro. Ya no era solo la voz pidiendo un abrazo. Ahora había detalles que se acumulaban: una mano pequeña sobre una pantalla de teléfono, letras escritas con rapidez en la oscuridad. Una luz de lámpara muy baja. El sonido lejano de una voz en un idioma que no era japonés ni inglés. Y ese aroma — siempre ese aroma que no pertenecía a ningún perfume del mundo pero que su cuerpo conocía mejor que su propia respiración.
Sebastián no hablaba de esto con nadie. Ni con su asistente ni con Jinho ni con los abogados de Milán que lo llamaban dos veces por semana. Solo con su madre. Y a su madre no le daba detalles —Midori no necesitaba detalles. Midori operaba en frecuencias más largas que los detalles.
Lo que sí hacía Sebastián, en esas semanas de preparación, era observar. Había algo en él —quizás heredado de su madre la escritora, quizás aprendido en años de leer contratos entre líneas— que lo llevaba a estudiar a las personas con una atención que la mayoría no notaba porque la confundían con distancia. No era distancia. Era exactamente lo contrario: era una presencia tan concentrada que se parecía al vacío.
Observaba a las mujeres de su entorno. No con deseo — eso había apagado hace cinco años con la misma certeza con que se apaga una vela de un soplido. Las observaba con esa curiosidad clínica de quien estudia algo que conoce bien en teoría pero que ya no forma parte de su práctica. Veía sus estrategias, sus métodos, las maneras en que construían conversaciones diseñadas para acercarse. Y sentía, cada vez, la misma cosa: nada.
Nada hasta que cerraba los ojos y llegaba ella. Que no hacía nada. Que no construía nada. Que simplemente era, con esa presencia sin esfuerzo que tienen las cosas reales.
Midori lo llamó un domingo a la tarde.
"Camille preguntó por vos."
Sebastián no respondió de inmediato.
"¿Y?" dijo finalmente.
"Nada. Te lo digo porque me lo preguntó. No porque crea que importa." Pausa. "¿Importa?"
"No."
"Bien." Otro silencio. La voz de Midori cambió de registro — ese tono más quieto que usaba cuando decía lo que realmente quería decir. "¿Seguís soñando?"
"Sí."
"¿Cómo es ahora?"
Sebastián miró por la ventana. Tokio bajo la lluvia. "Más cerca. Siempre más cerca." Hizo una pausa. "Como si el sueño supiera que me estoy acercando yo también."
Midori no respondió enseguida. Cuando lo hizo, su voz tenía la calidad de las cosas que se dicen una sola vez y no se repiten porque no hace falta:
"Entonces apurate, Sebastián. El alma no tiene paciencia infinita."
Colgó el teléfono y se quedó con esa frase dando vueltas. El alma no tiene paciencia infinita.
Faltaban dos semanas para Buenos Aires.
...Ella escribía en la oscuridad palabras que nadie leería. Él soñaba con una presencia que se acercaba....
Dos soledades paralelas que no sabían que estaban, desde siempre, escritas la una para la otra.
...✦ ✦ ✦...
Continuará en el Capítulo VII